Ha muerto sin arrepentirse

Ayer nos despertamos con la noticia del fallecimiento de Josu Uribetxeberria Bolinaga. La muerte llamó a su puerta 856 días después de que saliese en libertad por una enfermedad «terminal» que le daba un máximo de 9 meses de vida. No me alegro de su muerte, pero tampoco la siento. Bolinaga cumplió tan sólo 15 años de cárcel por el asesinato de 3 guardias civiles y el secuestro de Ortega Lara. La rabia y la tristeza me invaden al comprobar, una vez más, lo barato que sale matar y sembrar el terror en España. Instituciones penitenciarias le concedió el tercer grado que permitió al juez Castro firmar su liberación, en contra de los informes forenses de la Audiencia Nacional, y valorando únicamente unos informes médicos que resultaron ser falsos. Su enfermedad era evidente, como también lo era la posibilidad de tratarle en prisión, hasta que verdaderamente llegaran sus últimos días. Le regalaron dos años y medio con su familia y amigos; un regalo en forma de humanidad y clemencia a un monstruo que nunca mostró la más mínima compasión con sus víctimas.

Los días pasaban y el contador de la vergüenza no dejaba de avanzar, 856 días, tres navidades, dos veranos, paseos o txikitos con amigos pero ni el más mínimo rastro de humanidad, arrepentimiento, perdón a sus víctimas o colaboración con la justicia. Bolinaga murió ayer en su casa de Mondragón, acompañado de sus familiares y amigos. Murió sin haberse arrepentido y sin colaborar con la justicia. Se fue para siempre sin haber ayudado a esclarecer la decena de atentados terroristas de los que seguro tenía información.

Ni siquiera con su muerte, las víctimas descansamos. Han sido casi tres años de una humillación diaria, casi tres años con la presencia injustificada de un sanguinario asesino que ha caminado libre por las calles de nuestro país con total impunidad.

El sufrimiento y la humillación no acaba para las víctimas: se ha ido Bolinaga, pero nos queda Ventura Tomé.

*Presidenta de la AVT