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Los padres de los terroristas: «Los muertos están mejor que nosotros»

El Ghaz y Halima, padres de los terroristas Mohamed y Omar Hichamy, hablan de su sufrimiento en el último año. El progenitor sufrió un ictus el pasado mes de mayo que atribuye al estrés postraumático

  • Los padres de los Hichamy acudieron el pasado viernes al rezo de mediodía en la mezquita de Ripoll. El Ghaz tiene que apoyarse en una muleta tras el ictus que sufrió
    Los padres de los Hichamy acudieron el pasado viernes al rezo de mediodía en la mezquita de Ripoll. El Ghaz tiene que apoyarse en una muleta tras el ictus que sufrió

Tiempo de lectura 5 min.

16 de agosto de 2018. 05:13h

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Laura L. Álvarez Ripoll. 16/8/2018

El año pasado no estaba para mucha tele y por eso no vio nada pero hace unos días, cuando aún faltaban un par de semanas para el aniversario del 17-A, se topó con las imágenes, sin anestesia, en algún informativo. «No me di cuenta de que hablaban de los atentados y, de repente, oí disparos y vi a chicos que caían al suelo: eran mis hijos». Halima es la madre de Mohamed y Omar Hichamy, los únicos hermanos terroristas que murieron juntos. Fueron abatidos por la Policía en el paseo marítimo de Cambrils, frente a la playa del Regueral, a eso de la 1:30 de la madrugada del 18-A (la tarde anterior, su primo Younes Abouyaaqoub había producido el ataque de la Rambla). Su madre les reconoció en las imágenes por la ropa que llevaban puesta aquel día y que les seguía lavando y planchando. La mujer atiende a este periódico en la puerta de su casa, con las manos manchadas de harina porque la pillamos haciendo pan árabe. «Cocino porque la vida sigue y tengo más familia que atender pero yo aún no me lo creo», dice. Tiene una hija mayor que sigue viviendo en Ripoll y que le dio hace tres años un nieto al que cuida casi todas las mañanas. Su marido, El Ghaz, sufrió un ictus el pasado mes de mayo y acude casi a diario al hospital a rehabilitación. «Le dio eso porque estaba muy nervioso después de todo lo que pasó, nos dijeron que podía ser por estrés postraumático», asegura. Y es que este año, al menos en esta casa situada a la entrada de la localidad, ha sido duro. Al principio tuvieron que aguantar las miradas criminalizadoras que venían a tacharles de cómplices. Pero ella insiste en que nunca imaginó que sus hijos fueran a cometer tal barbarie. «Estamos peor este año que el pasado. Ahora es cuando me doy más cuenta de que no están, que no hay movimiento en casa», dice señalando hacia atrás, al pasillo con dos puertas cerradas que corresponden a las habitaciones de su hijo mayor, Mohamed (24 años) y del pequeño, su «niño mimado», Omar (21). «Ellos, los muertos, están mejor que nosotros», sentencia. Dice que «cómo iba a saber» que harían algo así si «limpiaba sus cuartos y nunca vi armas ni nada raro».

La semana previa a los atentados Halima se encontraba de vacaciones en Marruecos. Llegó al aeropuerto de Barcelona justo la noche antes de la explosión de Alcanar. Volvía con su cuñada, Hanno Ghanim, la madre de otros dos terroristas: Younes y Houssaine Abouyaaqoub y habían quedado con sus respectivos hijos pequeños (Omar y «Houssa», como todos le conocían) en que iban a buscarles con el coche. «Omar dijo que no podían usar su coche porque tenía el maletero ocupado con un motor o algo así» y fueron en el de los Abouyaaqoub», recuerda. «Llegaríamos a Ripoll sobre las 4:00 horas de la madrugada y yo le dije a Omar que me iba a acostar porque estaba muy cansada del viaje. Él me dijo que esperaría un poco más para el rezo de las cinco de la madrugada. Luego él durmió hasta las 13:00 horas, que le desperté para comer pero no quiso, dijo que prefería seguir durmiendo. Una hora o así después se levantó y me dijo que salía un momento, que vendría enseguida. Fue la última vez que le vi».

Halima lamenta que de su hijo mayor no pudo despedirse: «A Mohamed ni siquiera le vi. Hablé con él por teléfono antes de volver de Marruecos y me preguntó si ya tenía la maleta hecha, que no me olvidara de nada. Le dije sí, que ya tenía todo empaquetado, que tenía muchas ganas de verle y que viniera también al aeropuerto a buscarme. Él me dijo “vale, mami” pero no fue así. Ya no le volví a ver», recuerda. Dice que le parece «increíble» que esos días, con lo «normal» que se comportaban sus hijos, fueran las vísperas de los atentados. Puede que en realidad ni ellos supieran que ya se iban a llevar a cabo. Quizá faltaba más tiempo, cocinar más «madre de Satán» y acumular más bombonas en Alcanar para preparar un atentado mejor coordinado y más sangriento pero la explosión accidental en la casa de Tarragona, donde el líder de la célula murió, precipitó todo. Sobre Abdelbaky Es Satty, captador de sus hijos, no guarda mal recuerdo. «Parecía un hombre normal». Halima, por ser mujer, no tenía un trato directo con él como pueden tenerlo los hombres. «En Ramadán o alguna fiesta a lo mejor vino a casa pero yo no puedo salir de la cocina si un hombre que no es de la familia está en el salón. Se les deja solos», explica.

En su relato, Halima omite de forma voluntaria cómo se enteraron de la muerte de sus hijos y los momentos inmediatamente posteriores. Dice que tardaron «bastante» en entregarles los cuerpos de sus hijos.

Como era deseo de la familia, los cadáveres fueron repatriados a Marruecos. Terminar de pagar estos gastos es otra de las preocupaciones de esta mujer: «Fueron 4.600 euros cada uno. Lo hicimos en diciembre», recuerda, al tiempo que niega haber recibido ninguna ayuda institucional para ello a pesar de que el cónsul de Marruecos en Gerona se había comprometido. Los cuerpos sin vida de los hermanos Hichamy están enterrados junto a los de sus primos, los hermanos Abouyaaqoub en Mrirt, una localidad situada a unas dos horas al sur de Fez. «Están los cuatro juntos», dice nostálgica porque no puede ir a verlos con frecuencia. Del resto de terroristas, aunque apenas tiene trato con las familias, dice que el cuerpo de Youssef Aallá fue el que más tardaron en entregar a la familia porque estaba en peor estado, ya que el mediano de los Aallá murió en la explosión de Alcanar y su cuerpo quedó desmembrado.

Ahora, Halima no tiene muchas ganas de mirar al futuro pero dice que sólo le queda «luchar». «Lo peor es El Ghaz. Cuando le dio el ictus estuvo mucho tiempo en el hospital de Gerona. Ahora sólo va por el día a tratamientos y viene por la noche a casa, pero los médicos me han dicho que no se recuperará al 100 por cien, que más o menos se va a quedar como está. Ha mejorado algo pero tiene el lado izquierdo paralizado. Ha perdido la visión de ese ojo y le cuesta andar», asegura. Aunque el año pasado sí habló con este diario, ahora es reacio ahora a hablar con periodistas. «Lo asocia todo a lo que pasó y se pone muy nervioso», dice Halima. El Ghaz necesita una muleta para caminar y está mucho más desmejorado que el año pasado cuando, aún en shock, se preguntaba cómo sus hijos, teniendo «buenos trabajos», se habían metido en esto. Él, que tanta madera ha cortado y cargado en estos montes prepirenaicos para sacarlos adelante. Y ellos, que habían podido estudiar, «¿para qué? ¿Para preparar muertos», decía.

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