Rajoy se plantea no ser presidente de honor a diferencia de Aznar

En el partido crece la exigencia de que el que gane entre los afiliados, si no hay empate, sea el líder

Rajoy, durante una de sus entrevistas como presidente del Gobierno / Jesús G. Feria
Rajoy, durante una de sus entrevistas como presidente del Gobierno / Jesús G. Feria

En el partido crece la exigencia de que el que gane entre los afiliados, si no hay empate, sea el líder.

El debate entre el «viejo PP» y el «nuevo PP» ha entrado de lleno en la campaña para la sucesión de Mariano Rajoy al frente del partido. Aunque es otra variable que tampoco está claro cómo puede afectar a la opinión de las bases. La mala relación de la dirección popular con el ex presidente del Gobierno José María Aznar viene de lejos y no sólo afecta a Génova, sino que es una ruptura con toda la estructura, prácticamente, del mando, tanto nacional como regional.

De hecho, Rajoy se ha ido del PP bajo el patrón de hacer justo todo lo contrario del modelo que siguió Aznar para gestionar su sucesión. Y aunque está prevista su intervención en el Congreso Nacional de finales de julio, lo que no tienen nada claro en su círculo de máxima confianza es que su intención sea asumir la Presidencia de Honor del PP, como en su día hizo Aznar. Al contrario, en ese entorno de Rajoy se inclinan por la tesis de que vistas las decisiones que ha tomado hasta ahora, lo más razonable es que tampoco entre sus intenciones esté la de mantener ese puesto honorífico pero que puede ir más allá de lo simbólico según se ejerza.

Tras un largo historial de desencuentros Aznar escenificó su ruptura total con la dirección del PP por carta y por teléfono cuando en diciembre de 2016 anunció que renunciaba al cargo de presidente honorífico y que no acudiría al Congreso Nacional. La situación había llegado al punto de que el PP tenía que defenderse de su presidente de honor por las duras críticas que le llegaban no sólo de él sino también a través de FAES. Los Estatutos señalan como requisito único para ocupar ese puesto de honor el haber ostentado la Presidencia del PP.

Rajoy no ha dejado de sorprender a su partido desde la moción de censura que les obligó a abandonar el poder. Ni pensaban que fuera a ser tan rápido el Congreso de su relevo ni que su salida de la política fuese a ser tan brusca, sin un periodo de transición que permitiese ordenar la situación sin caer en el «libro azul» o en el «dedazo». Ahora lo que sorprendería es que Rajoy ocupase el puesto que quedó vacante con la renuncia de Aznar.

En la campaña de esta suerte de primarias a doble vuelta con la que el PP elegirá a su nuevo presidente nacional ayer entró precisamente en juego el nombre de Aznar, como arma arrojadiza contra uno de los candidatos, Pablo Casado. El «aznarismo» ha perdido su capacidad de influencia en el poder orgánico, e incluso hasta está mal visto porque se vincula con los casos de corrupción que tanto daño han hecho a las siglas y también porque han molestado profundamente las enmiendas y algunos de los gestos de Aznar. Y en este contexto irrumpió ayer la insinuación de María Dolores de Cospedal de que Casado es el candidato de Aznar. Es una obviedad, o así se lee dentro de partido, porque es casi el único que ha mantenido puentes abiertos con el «aznarismo». Pero en un momento de desconcierto absoluto, aunque Aznar no tenga mando alguno, tampoco se sabe lo que pesa esta circunstancia entre las bases que se han inscrito para votar el jueves.

El «golpe» de la ex secretaria general iba dirigido a poner en cuestión una de las banderas que quiere patrimonializar quien ha sido portavoz de Rajoy durante estos últimos años, la de que representa la renovación.

En la Cadena Ser, Cospedal señaló que la juventud «por sí sola no supone regeneración» y sí implica «menos experiencia», además de precisar que ve a la candidatura de Casado «próxima» al expresidente Aznar. Casado le respondió desde «Espejo Público», en Antena 3. «Me extraña que personas que llevan 30 años haciendo política con Aznar digan que soy el candidato de Aznar». También defendió que al PP le gusta que la gente del partido esté «orgullosa de su historia y que no reniegue de ella».

La ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría evitó la polémica, como tampoco entró a contestar a las críticas que en campaña le está dedicando el ex ministro José Manuel García-Margallo. «Estoy haciendo poco destrozo porque quiero que haya un partido fuerte, unido y que salga a ganar».

La campaña va a llegar a su fin sin que se hayan visualizado relevantes diferencias programáticas entre los principales aspirantes, aunque haya habidos amagos de enmienda de la etapa anterior, sobre todo por parte de quien fuera portavoz del partido. En la candidatura de Sáenz de Santamaría siguen creyendo que su fuerza está en ser la mejor valorada en la encuestas electorales; y en la de Cospedal, su imagen de mujer de partido. Pero a estas alturas la incertidumbre es la seña más destacada en todas las sedes regionales. Mientras que en el partido sigue creciendo la exigencia de que si los militantes señalan a un candidato con cierta holgura, él o ella debe ser el nuevo líder e ir a un Congreso de una sola candidatura. También exigen lista única para el caso de que haya dos casi empatados, aunque ahí sería más difícil de articular. Los líderes provinciales no tienen controlado el voto de más del 30 por ciento de los afiliados.