Ser «indepe» ahora es «cool»

Jóvenes universitarios y con un perfil poco reivindicativo convierten la acampada secesionista en una especie de «botellódromo» de fin de semana.

Una de las concentraciones que hubo el viernes por la noche en Barcelona y que se mezclaban con el ambiente de las fiestas de la Mercè
Una de las concentraciones que hubo el viernes por la noche en Barcelona y que se mezclaban con el ambiente de las fiestas de la Mercè

Jóvenes universitarios y con un perfil poco reivindicativo convierten la acampada secesionista en una especie de «botellódromo» de fin de semana.

Era una gran prueba de fuego para medir el empuje real de las bases independentistas en plena campaña por la «movilización permanente». La acampada que impulsaron las entidades a las puertas del TSJC apuntaba a una nueva demostración de músculo de la sociedad civil, pero quedó descafeinada por la mermada concentración que obtuvieron y por el estilo que tomó: el paseo Lluís Companys pareció por momentos el prólogo a las fiestas de la Mercè, convirtiéndose en un espacio donde el ambiente festivo y cervecero se superpuso con claridad al tono reivindicativo que pretendía. Ahora ser «indepe» está de moda.

La protesta arrancó el jueves por la mañana y se prolongó hasta el viernes por la tarde con una dinámica mucho más serena y jaranera que el miércoles, cuando se desataron episodios de tensión contra las actuaciones de la Guardia Civil. Los organizadores, Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, se habían encargado de abastecer de provisiones a los manifestantes, que tenían comida y refrescos a cambio de un donativo.

Por momentos, daba la sensación de que los miles de universitarios congregados se movían más por el deseo de guateque que defender la causa que les impelía a estar allí. Y es que en pleno arranque de curso en el mes de septiembre, las urgencias de clase son mínimas y cuentan con el aliento del profesorado. A medida que fue entrando la noche, los jubilados tomaron el camino de vuelta a casa y el terreno quedó libre para los tres centenares de jóvenes que permanecieron: algunos fueron desplegando sus tiendas de campaña entre el espacio que se iba abriendo mientras que en el centro del paseo se organizaba una gran y bulliciosa piña que coreaba las clásicas consignas – «votaremos», «detenidos, libertad» o «ni un paso atrás»– y entonaba indistintamente canciones catalanas y españolas. «Esto parece a veces una concentración pro unidad de España», se quejó Pau, un estudiante de Medicina de la Universidad de Barcelona. Lo cierto, también, es que la atmósfera que destilaba la concentración distaba mucho de las protestas al uso de la comunidad universitaria: mucho más griterío, más reivindicativas (apenas hubo pancartas o carteles) y asamblearias. En este caso, solo en algunos pequeños corrillos se debatía acerca del asunto por el que se protestaba. En la mayoría, el tema de conversación poco tenía que ver. Quizá ello puede encontrar una respuesta en la diversidad de perfiles: había desde estudiantes de derecho en la Pompeu Fabra a futuros ingenieros de la Universidad Politécnica de Cataluña, pasando por universitarios de la Universidad de Barcelona y de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Tampoco faltó la presencia de uno de los promotores, Jordi Sánchez, presidente de la ANC. Sánchez se marchó pasadas la una de la madrugada, reivindicando la respuesta de las bases independentistas pero inquieto por una cuestión. «Me preocupa el ruido que puede generar y recibir protestas de los vecinos», aseguró. No obstante, el ruido se fue diluyendo hasta apagarse casi por completo a las tres. El cansancio empezaba a hacer mella. «Nosotros estuvimos ayer hasta las cinco de la mañana delante de la conselleria de Economia», explicaban Joan y Carles, estudiantes de Ingeniería Civil, con gesto agotado. Habían ido sin más pertrechos que una «estelada» y durante la protesta conocieron a dos chicas que sí habían traído su tienda de campaña, María y Carla, matriculadas en derecho en la Pompeu Fabra, y dispuestas a darles cobijo si hiciera falta. Carla, en conversación con María, le exponía por qué su radical independentismo: «A mí no me gusta ni España, ni los españoles ni el Estado español». Carla, en cambio, respondía que solo estaba de acuerdo con la última idea. Otras, como Júlia y Joana, iban con pertrechos más básicos, pero igual de efectivos y actuaron más por responsabilidad. Júlia ha terminado su carrera y ahora ha iniciado un máster para ejercer como abogada. «Me voy a dormir porque mañana a las 9 tengo clase». Joana, sin embargo, aseguró que pretendía permanecer: «Hasta que no liberen a los presos, no me voy de aquí». Marc, por ejemplo, se mostró como un verdadero convencido por la causa. Tiene 25 años, y pese a que estuvo la noche anterior delante de la conselleria de Economia, repitió aunque no acampó. A las 4 se marchó porque al día siguiente trabajaba como ambulanciero. «Yo estoy aquí perdiendo horas de sueño y no me importa porque creo que lo que está haciendo el Gobierno es un golpe de Estado», afirmó.

Pese a que la noche fue monopolizada por los jóvenes estudiantes, también algún jubilado vigoroso se echó a la aventura. Es el caso de una pareja de 73 y 72 años, Francesc y Mercè. «Nosotros tenemos familia en España y nos gusta y hemos recorrido todo el país, pero lo que está haciendo el Estado no tiene nombre», criticaron. Las provisiones se acaban en la barra del bar. Solo queda agua y ensaladas. En ese momento irrumpen unos cuantos lateros, vendiendo cervezas por un euro. El balance: el paseo invadido por multitud de desechos más propios de un «botellódromo».