Política

Un forjador de consensos

La Razón
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Las grandes noticias sobre Adolfo Suárez me han sorprendido siempre fuera de Madrid. La primera vez fue el 19 de marzo de 1976, cuando me enteré de su decisión de encabezar las listas de Centro Democrático, el embrión de lo que luego fue UCD. Aquel día, yo estaba en Melilla en una reunión del recién creado Partido Popular y a cuyo frente se encontraba quien luego fue mi ministro Pío Cabanillas.

Aunque esperada tras el anuncio de su familia y muy pendiente de las informaciones que nos llegaban desde Madrid, la muerte de Adolfo Suárez me ha sorprendido en Manila (Filipinas) encabezando una delegación de los Ministerios de Asuntos Exteriores y Cooperación, y de Economía y Competitividad, así como de empresarios españoles que quieren asomarse al sureste asiático, uno de los mercados más promisorios en los próximos años.

Adolfo Suárez fue un ser humano excepcional, con una enorme capacidad de empatía, de hacerte sentir importante. Su capacidad para forjar consensos y acuerdos se basaba en lo que fue su principal cualidad como ser humano. Su capacidad de reconocer que cualquiera que hablase con él, por discrepantes que fuesen sus opiniones, podía tener razón. Ése era Adolfo Suárez.

Otra característica de Adolfo Suárez fue su amor por España. Suárez, como todos los grandes líderes políticos que en el mundo han sido, tenía una idea muy clara de España que le dictaban tanto la razón como el sentimiento, y que le acompañó hasta que su salud le abandonó. Una idea de España que le permitió interpretar con absoluta claridad el deseo del Rey de hacer de España una patria generosa para todos los españoles cualquiera que fuese su filiación política.

Ése fue exactamente el mensaje que lanzó Don Juan Carlos desde el mismo momento al que accedió al trono, mensaje que había recogido de su padre en el Manifiesto de Lausana de 1945 y de los que en Múnich se habían reunido en 1962 para lanzar la gran idea de la reconciliación nacional. Por eso Adolfo Suárez se empeñó en pasar de una España de los vencedores a una España de todos, los vencedores y los vencidos cerrando para siempre el tristísimo episodio de la Guerra Civil.

Recuerdo que él siempre decía que en UCD no se preguntaba a nadie de dónde venía si no adónde iba y, por eso, aquel partido fue capaz de integrar a personas que, habiendo servido al régimen anterior, eran conscientes de la necesidad de cambiarlo y a personas que, viniendo de la oposición moderada, sabían que el cambio de régimen sólo podía ser fruto de un gran acuerdo nacional.

Esa capacidad de forjar consensos y ese deseo de integrar a todos los españoles le permitió dirigir una transición política cuyo éxito sorprendió a todos dentro y fuera de España.

Tuvo la intuición de que antes de llamar a los españoles a las urnas era fundamental restablecer las libertades fundamentales que harían posible la convivencia. Antes de ir a votar, los españoles tuvimos que acostumbrarnos a interiorizar que el restablecimiento de las libertades no significaba necesariamente la apertura de viejas heridas y o la reedición de un nuevo enfrentamiento civil.

«Habla pueblo, habla» y «Libertad sin ira» fueron las dos canciones que marcaron toda una generación que hizo del entendimiento con el otro su estrella polar. Este clima de entendimiento fue el que permitió alumbrar una etapa de acontecimientos prodigiosos: la legalización del Partido Comunista el Sábado de Gloria, el regreso del exilio de Josep Tarradellas en octubre de 1977 con su célebre «Ja soc aquí», la fiesta democrática que representaba las elecciones del 15J, el saludo respetuoso entre un Adolfo Suárez que venía del Movimiento y de Dolores Ibárruri, la Pasionaria; y la Constitución de la Concordia del 6 de diciembre de 1978. Constitución que no supuso el triunfo de una España sobre otra. Una Constitución de todos y para todos.

Esta Constitución nos ha permitido disfrutar del periodo de libertad más extenso y del reconocimiento de autonomía de las nacionalidades y regiones, y del progreso material que hemos disfrutado nunca.

Precisamente, esta recuperación de las libertades y esa incipiente apertura que España comenzaba a vivir tutelada por Adolfo Suárez nos permitieron reencontrarnos con el mundo del que habíamos estado excluidos durante casi 40 años. Primero fue el Consejo de Europa y después vino la petición de adhesión a la Comunidad Económica Europea. Dos hitos fundamentales que mostraron una imagen de España como socio respetado y fiable.

Las muestras de condolencias que durante estos días estamos recibiendo dan buena prueba del afecto y respeto que la España democrática despierta en todo el mundo gracias a la inmensa figura de Adolfo Suárez.

Yo fui diputado constituyente y director general en el primer gobierno de la nueva España democrática. La última vez que tuve ocasión de mantener una larga charla con Adolfo Suárez fue durante su visita a Melilla, pocos días antes de su dimisión como presidente del Gobierno y el asalto al Congreso por el coronel Tejero, donde el presidente Suárez nos enseñó la fibra de la que estaba hecho.

La valentía que demostró no fue accidental. Fue consecuencia de que él era muy consciente de que era el presidente de España, y de que su patria debía ser honrada y respetada sobre todas las cosas, como posteriormente reconoció durante una entrevista con un medio de comunicación.

Adolfo Suárez se ha ido sin ser capaz de recordar que él fue, junto con el impulso del Rey, el que devolvió a los españoles las libertades de las que hoy disfrutan. Pero si él no lo recordaba, sí que todos los españoles lo tienen muy presente y todos los que en el mundo saben que fue una figura clave de la historia patria.