Aove, la gran diferencia de tomar aceite de oliva virgen extra para tu corazón

Cuando hablamos de grasa no podemos meter toda en un mismo saco ya que no todas son de la misma calidad

La vuelta a la rutina después del verano suele venir acompañada, como el año nuevo, de buenos propósitos. Muchos de ellos están relacionados con mejoras en la alimentación y la incorporación de actividad deportiva, quizás para corregir esos excesos del verano.

La vuelta a la rutina después del verano suele venir acompañada, como el año nuevo, de buenos propósitos. Muchos de ellos están relacionados con mejoras en la alimentación y la incorporación de actividad deportiva, quizás para corregir esos excesos del verano.

De las comidas fuera de casa y del “terraceo” regresamos a nuestros hogares y al plato casero y es ahí donde interviene nuestra fuerza de voluntad para mantener a raya todos aquellos productos que poco o nada aportan a nuestra salud y que nos resultan tan tentadores. La reducción de fritos y, en general, del consumo de grasas es uno de los pilares de estos propósitos relacionados con la mejora de los hábitos alimenticios. Pero, la grasa, en su justa medida, también es necesaria para nuestro organismo así que ¿cuál es la fórmula para controlar sus efectos en nuestro cuerpo?

La grasa (lípidos) que no quemamos se queda en nuestro organismo. Eso está a la vista de todos. Así que, para controlar su alto aporte calórico debemos seguir dos caminos: el ejercicio y la reducción de cantidad, tal y como recomiendan en Aceites Lis.

Pero cuando hablamos de grasa no podemos meter toda en un mismo saco. No todas son de la misma calidad y mientras el consumo de algunas –trans- no aporta nada bueno a nuestro organismo otras nos ayudan a protegernos de enfermedades. Además, su uso es cotidiano, bien porque la necesitamos para cocinar o porque la utilizamos para proporcionar más sabor a nuestros platos, convirtiéndose así en uno de los principales agentes palatables. Es decir, la grasa da sabor y hace la comida más apetecible. Y, si lo usamos cada día, ¿cómo evitamos sus efectos más negativos?

Aove, grasa de origen vegetal y alta calidad nutricional

La Organización Mundial de la Salud recomienda reducir el consumo total de grasa a menos de un 30% de la ingesta calórica diaria como forma de prevenir el aumento insalubre de peso entre la población adulta. A partir de esta recomendación, el siguiente paso será seleccionar las grasas qué consumimos.

El aceite de oliva virgen extra es sin lugar a duda, uno de los más recomendados para hacer este aporte que recomienda la OMS ya que es una grasa de origen vegetal monoinsaturada, es un producto 100% natural que no se ha sometido a ningún tipo de transformación, como sí que ocurre con otros productos derivados, como el aceite de oliva, el más consumido en nuestros hogares.

El aceite de oliva, un producto refinado que se consume mezclado con aceites de oliva virgen o virgen extra, ha pasado por procesos químicos o calóricos que hacen que haya perdido parte de valor nutricional que sí contienen tanto el aceite de oliva virgen como el virgen extra, este último siempre en mayor medida.

La clasificación de la grasas en nuestra alimentación

En una clasificación básica de grasas saturadas e insaturadas (poli y monoinsaturadas) podríamos decir que las primeras son las perjudiciales para nuestra salud y las segundas las que nos benefician. ¿Por qué? Pues básicamente porque mientras las saturadas contribuyen a aumentar los factores de riesgo frente a enfermedades cardiovasculares, el segundo grupo, el de las insaturadas y concretamente las monoinsaturadas –cuyo principal baluarte es el aceite de oliva virgen extra- ayudan a proteger nuestro organismo frente a este tipo de patologías, además de poseer propiedades antiinflamatorias y de prevención de enfermedades degenerativas por su composición rica en antioxidante.

Por eso, cuando hablamos del aporte calórico de las dietas, no podemos quedarnos en la cantidad y debemos analizar la calidad de las mismas. De hecho, y según nos recuerdan desde la Fundación Española de la Nutrición (FEN) la clasificación de los alimentos según su composición en ácidos grasos está siendo incorporada a las Tablas de Composición de Alimentos más importantes.

En el caso del aceite de oliva virgen extra, el etiquetado de Aceites Lis ya recoge en esta clasificación del contenido graso y nutricional del producto. De forma detallada, en este producto la mayor parte del contenido graso, hasta un 76% se corresponde con ácidos grasos monoinsaturaros, mientras que el resto se divide entre un10% de contenido de ácidos grasos poliinsaturados y un 14% de ácidos grasos saturados.

El aove, el más rico en ácido oleico

El ácido oleico, el ácido graso monoinsaturado más representativo de la serie omega 9, es el principal componente del aceite de oliva virgen extra, por eso este producto típico de la dieta mediterránea es siempre el más recomendado para incorporar a nuestra alimentación y, especialmente, como grasa de adición. Es decir, añadiendo una pequeña cantidad en crudo.

Entre los beneficios más estudiados y reconocidos de la ingesta de grasas monoinsaturadas está su contribución a mantener niveles normales de colesterol sanguíneo, ayudando a reducir el conocido como “colesterol malo”, que provoca la obstrucción de las arterias. La principal consecuencia es que la sustitución de grasas trans y saturadas por monoinsturadas, incorporando a nuestra dieta alimentos como el aceite de oliva virgen extra, ayuda por lo tanto a reducir el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares.

El tipo de grasas que incorporamos a nuestra dieta no sólo afecta al sabor de lo que comemos y la posibilidad de engordar, sino que también tiene una consecuencia directa en nuestra salud, de ahí que todos los especialistas recomienden la máxima reducción de grasas trans –cuya prohibición ya se ha llegado a plantear desde numerosas organizaciones internacionales- y su sustitución por otros productos que cuiden más de nuestra salud, como las fuentes de grasa ricas en ácido oleico.