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La madre que te parió

La columna de Carla de la Lá

Hay una película que refleja clarísimamente la diferencia entre el amor de madre y el resto de los amores que podamos sentir, disfrutar o incluso sufrir en esta vida: Maléfica, sí, la de Angelina Jolie.La película no tiene mucho de qué hablar salvo por ese sublime y políticamente incorrecto mensaje que lanza su guionista Linda Woolverton, como quien tira una piedra y esconde la mano

Hay una película que refleja clarísimamente la diferencia entre el amor de madre y el resto de los amores que podamos sentir, disfrutar o incluso sufrir en esta vida: Maléfica, sí, la de Angelina Jolie.La película no tiene mucho de qué hablar salvo por ese sublime y políticamente incorrecto mensaje que lanza su guionista Linda Woolverton, como quien tira una piedra y esconde la mano. A veces pienso que no llegó a ningún sitio salvo a mi corazón.

Pero díganme queridas, ¿lo recibieron?

Una película insignificante menos por el avanzado y sorprendente discurso, nada convencional ni complaciente sobre la maternidad que arrojan al final, con total ligereza. Amigos míos, me parece oportuno rescatarlo a las puertas del primer domingo de mayo y se lo voy a relatar.

Para los que no se acuerdan, o no tuvieron ocasión de verla o les dio pereza la peli, como me la daba a mí_la vi por pura casualidad en un tren_ Maléfica es una versión de La bella Durmiente de Charles Perrault o Disney desde la perspectiva de la bruja mala.

Como todo el mundo sabe, Maléfica condena a la niña el día de su bautismo al que no es invitada. Al parecer, entre los reyes y la poderosa hechicera existían algunas diferencias previas, de las que como público no tenemos noticia con exactitud y esto motiva que la señora sea retirada de la lista de invitados para asistir a la fiesta más brutal del reino. Ella no está de acuerdo con ser excluida y aparece en pleno evento un poco cabreada con un obsequio para toda la familia. Un regalo con muy mala baba: un sortilegio implacable por el que la princesa quedará dormida sin remedio al cumplir los 18 años para siempre, como muerta. Y con ella todo el mundo.

Maléfica se recoge pronto para no pasarse con el ponche y seguir presumiendo de un rostro terso, hidratado, nutrido y exento de líneas de expresión: bruja sí, pero fea ni de coña.

La corte se queda, como todos imaginan y además saben, hecha polvo, empezando por los reyes y todos sus allegados; pero en medio de tan monumental corte de rollo, aparece por fortuna la invitada final, un hada rezagadita y regordeta que sorprende con el último presente para la pequeña: el antídoto. Mediante este generoso y oportuno regalo, la venturosa visita aporta una cláusula contra el perverso hechizo de Maléfica: la gachí se despertará de su fatídico letargo mediante un beso, pero no un beso ordinario, amigos, uno de amor verdadero.

Como todos saben, sus padres, los monarcas, para protegerla de su ineluctable destino la envían con las tres hadas madrinas a criarse bien hermosa, feminista, socialista y sana en el bosque. Y Aurora, la ingenua infantita, crece cantando como una campesina cualquiera, alejada de los lujos y deleites de la corte pero sobre todo alejada de la maldición. Y allá que viven muy felices en una choza roñosa, cutre y bastante guarra porque las hadas, todo hay que decirlo, son unas pedazo vagas y unas desgarramantas que no saben ni hacer una mierda de bizcocho, entre las tres, sin la varita.

Por el contrario, Maléfica, es ejecutiva, resolutiva y de altísima direccionalidad; las encuentra, sabe dónde se esconden y permanece cerca, muy cerca de la criatura durante años, toda la infancia y juventud de la chica.

Como Aurora es una almita de cántaro, se hace amiga suya, para controlar mezquinamente que los acontecimientos se sucedieran de acuerdo a sus funestos planes; lo que ocurre es que la irónica suerte decide que en el contacto con tan vulnerable y linda criatura, Maléfica comience a quererla sin darse cuenta.

Así, la bruja mala se convierte en la madre de su víctima a la que ha convertido en huérfana de hecho alejándola de su familia. Maléfica es su madre moral, sentimental y efectiva, la quiere y la ha visto crecer; es su experimento y su responsabilidad y sólo desea respaldarla y favorecerla, aunque no la haya parido ella, es lo de menos. Por supuesto que ya no quiere que se pinche la niña pero Aurora es un poco taruguilla y se pincha con la rueca y a dormir.

No voy a contar toda la película, vamos al momento crítico, la bella durmiente, dormida, el príncipe luchando a tope contra todos los elementos en plan caminantes blancos. Al fin llega sobre el lecho de la princesa, afina el morro, la besa y nada de nada; vuelve a besarla con más pasión aún, la babosea incluso; hace acopio de toda la pasión habida y por haber en todos los mujeriegos príncipes de cuantos cuentos de hadas en el mundo han sido. Vuelve a intentarlo, pero ella no despierta.

Maléfica, que había seguido los acontecimientos horrorizada con su propio maleficio, sufriendo más que ningún otro personaje, se aproxima al lecho de la muchacha. Para la corajuda maga, esa moza amodorrada es una hija. Le pide perdón de todo corazón, derrama sus lágrimas sobre ella, no puede despedirse y perderla, no sabe qué hacer e impotente la besa entre sollozos. Entonces Aurora abre sus preciosos ojos. Se ha cumplido el hechizo ante un beso de amor verdadero: no el amor apasionado, no el enamoramiento, ni el morreo, ni el encoñe, ni la complacencia, ni el compañerismo, no, queridos, el amor maternal, el único totalmente legítimo y puro por ser el único desinteresado.