Que Felipe vuelva a los bonsáis no significa que añore la Moncloa, creo

El expresidente Felipe González. EFE/ Víctor Lerena
El expresidente Felipe González. EFE/ Víctor LerenaVíctor LerenaEFE

No es verdad que las aficiones nos protejan de las pasiones: Felipe González empezó con los bonsáis cuando aún le apasionaba el poder, ¿no? Ahora ha vuelto a ellos en su confinamiento extremeño junto a Mar García Vaquero en la finca «El penitencial». Pese a tal nombre, este Felipe que nunca fue penitente jamás le perdonará a Sánchez lo que le está haciendo a su PSOE. Allí respiran en soledad aires puros. También se dedica a la escultura, no se sabe si en plan Giacometti o Botero, pero sí que decora la casa con sus obras y con los viejos muebles familiares que restaura Mar. ¿Qué interpretación psicoanalítica podemos intuir en este retorno de Felipe al cultivo de los árboles diminutos? ¿Es una fina alusión a la japonesa del enanismo que ve en la política actual? ¿Al circo en el que crecen los enanos? ¿A su definitiva decisión de andarse por las ramas? Difícil diagnóstico cuando no sabemos si practica el estilo Chokkan (verticalidad del árbol), el Moyogi (verticalidad informal), o el Kengai (en cascada: el árbol puesto cabeza abajo). Desestimada la cascada por razones de edad (79 años) y la atenta presencia de Mar, que siempre impone, puede que su estilo preferido sea el Fukinaghasi, también conocido como «barrido por el viento»: el árbol inclinado a un costado. Parece indudable que, como a todo buen socialista que se precie y a medida que ha ido sumando dinero y años, los vientos le han llevado al escepticismo aburguesado, o sea, hacia un centrismo bonsái socialdemócrata bien esculpido. Si después de los bonsáis se dedicara a hacer haikus, podría escribir: «La mariposa felipista revolotea/ya exangüe/ante el sanchismo» o «En mi razón/ están todas las dudas/que Sánchez no tiene».

No creo que le tiente volver a la Moncloa por asalto ni que siquiera sienta nostalgia de la afición al billar que le inculcó Coll, ni de las noches de whisky, flamenco y puro habano cuando El Lebrijano le cantaba fandangos en la «Bodeguiya»: «Que a las puñaladas traperas/yo nunca me acostumbré/ más vale saberlo a tiempo/para nunca más volver…».