Jackie y Grace se ignoraron al coincidir en Sevilla

Es conveniente recuperar el lema isabelino: «tanto monta, monta tanto», porque Jackie y Grace, que marcaron una época y fueron iconos de aquellos EE UU de los 60, siempre estaban a la greña. Contrastan por su personalidad, aspiraciones y eco en la calle. Lo demostraron en una Sevilla que salía de la Semana Santa e iniciabla la Feria de Abril y la ciudad disfrutó ávida de morbo. Olía a azahar, juerga y buena disposición. Por lo menos con anfitrionas como Cayetana de Alba –entonces aún espléndida pero nada próxima– y la marquesa de Saltillo, que sigue pimpante poniendo luz más allá de su colección de diamantes históricos. Me acerqué a la rubia marquesa, vecina del emblemático hotel Doña María tan ligado a la vida sentimental de Fran Rivera, a veces llena de claroscuros. Fue nido de sus amoríos furtivos, también usado por Carmen Ordóñez. Cae frente a La Giralda y abunda en permisividad por encima de lo respetuoso. Si sus macizas puertas hablasen... Sí que lo hacía la refinada Saltillo. Mientras la de Alba presidía en España el Banco de Sangre, su íntima lo organizaba en la capital bética. De su iniciativa, sugerida por la marquesa de Nervión, nació el baile de debutantes que devolvió a la Casa de Pilatos su brillo de antaño. Le pregunté a la marquesa cómo logró aunar personalidades tan distintas. La duquesa de Medinacelli prestó todo tipo de ayudas para que, cada mayo, debutasen allí 30 mocitas. «Disponed de lo que queráis, como si fuera vuestra casa», nos ofreció Mimi Medinaceli en un alarde de generosidad. No sabía la que se le venía encima. Tras el verano empezábamos a preparar la fiesta, donde Marisol se puso de largo igual que Olimpia Torlonia y Carmen Fierro y nos dió mucha lata porque no le gustaba el traje».

Grace y Jackie parecían reinonas a las que el americanismo no aproximaba sino que les servía de acicate comparativo más allá de lo físico. La todavía aura de la primera dama convertida en mito lacrimógeno –las apariencias engañan– tal luego Isabel Pantoja, y la princesa monagesca, que arrastraba fama de arribista al dejar el cine por casarse con Rainiero aportando el clan Sinatra a mayor gloria –o desgracia– de Montecarlo. Alternaban con Onassis y una Callas a la que luego remplazó. Conscientes del antagonismo, Cayetana alojó en Dueñas a Jackie y a Grace la metimos en el Alfonso XIII, donde, en un baño, Lina le probó el traje de flamenca. «Tenía una talla 40 y lo había pedido en rosa pálido con tres volantes al tobillo. Grace lo escogió blanco de guipour con la manga hasta el codo y pasacintas al tono. A juego iban también el mantoncillo y los zapatos», me cuenta la marquesa. Jaqueline resultó más pomposa y quedó sorprendida al ver que Cayetana había impreso papel de cartas con su nombre, que también figuraba en la puerta del cuarto que ocupaba. Ella le prestó la mantilla blanca que lució en los toros. En la fiesta ocuparon la misma mesa y se saludaron con frialdad. Podía cortarse el hielo pese a los buenos oficios protocolarios de Ignacio Pablo Romero. Glaciales y molestas, no se dirigieron la palabra, creando malestar por encima de la formalidad social. «¿Cómo fue posible traerlas al baile que sólo se hizo cuatro años, el último presidido por la Reina Sofía?», pregunté a la marquesa promotora de este baile benéfico. Me respondió que Cayetana se lo pidió a la reina Victoria Eugenia, muy amiga de Grace, a la que protegía dándole su respaldo. De Jackie se encargaron Antonio Garrigues y Díaz-Cañabate, entonces embajador en Washington, que parecía entenderse muy bien con la viuda de Kennedy».No volvieron a toparse –ni ganas– pero Sevilla conserva el buen recuerdo de aquella visita entre Semana Santa y la Feria. Creo que ellas no lo han olvidado allá donde estén al fin en paz tras tanta guerra.