Roban a fotógrafos que siguen a Urdangarín

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Habrá que resucitar al Poirot cinematográficamente tan bien encarnado por Peter Ustinov. Le da el punto irónico y reticente exigido por el personaje. Su creación está entre las grandes revisiones del protagonista de las novelas de Agatha Christie, tanto que hoy acaso debería visitar Ginebra para detectar qué esconde un robo así. Cunden las sospechas especuladoras porque es rarísimo en una ciudad tan tranquila –¡y aburridísima!– toparse con estos casos: dos fotógrafos de una agencia española han sido saqueados de cuanto tenían en su coche confiadamente aparcado a pocos metros de donde residen los duques de Palma. Y aunque es zona ahora con extremada vigilancia –por eso choca hurto con rotura de cristales–, no ha sido un caso único, desapareciendo cámaras, bolsa de objetivos y ordenadores que –tranquilos por la bonanza social suíza– dejaron en el vehículo para caminar más despreocupados y ligeros por si urgía una persecución, aunque éstas también son inéditas en la ciudad, punto de exilio de otros personajes destacados. Recuerdo que allí conocí a John John Kennedy a punto de maridar cuando Cartier revivió fastuosamente su famoso modelo «tank française», invitando a «vips» de cada país, una elitista comitiva encabezada por el malogrado heredero nortemericano. Charles Aznavour lo hizo por Francia –aunque de nacimiento es armenio– y Bertín Osborne fue el embajador español. Se molestó mucho el jerezano ante lo que tomó por desprecio. ¿Qué motivó el aireado cabreo de Bertín? Constatar que sólo a John John le regalaron el reloj en cara versión aurífera, mientras el resto hubo de conformarse –aunque esto es un decir, cundieron los malos gestos ante la descortesía– con una versión en acero. Y encima, rematando el colmo, llevaba correa de piel en vez de la metálica más cara.

Pero volviendo a Ginebra. El exilio de los Urdangarín Borbón no puede considerarse lo reposado que imaginaron que les resultaría acogerse a la siempre caracterísitica placidez del lago Leman, donde son tradicionales los paseos y también su circuito para carreras a pie. Allí, por cierto, vimos hacer «footing» a Kennedy, que, sorprendentemente y quizá malpensando que podrían rastrearlo, iba perfectamente maquillado como para una sesión bajo los focos, en contraste con su camiseta sin mangas y su deportivo pantalón corto. El caso es que el hurto del que les hablaba no fue el único incidente –y esto da para escamarse– que sufrieron los informadores desplegados en la zona. Como los que padecieron los enviados especiales de Ana Rosa Quintana, a quienes destrozaron los cristales del coche. ¿Casualidad, infortunio o actitud amedrentadora para calmar lo que parece o toman por acoso incómodo? Quizá les recuerde al asedio permanente que tuvo su barcelonesa casa –me resisto a llamarlo palacio, es una torrre grandota y parcheada arquitectónicamente– en Pedralbes, zona abundante en residencias menos ostentosas y algunas modernistas. Nadie entendió su ubicación cuando la compraron ya que un poco más arriba, rematando la Diagonal y tras el Club de Polo, está el más discreto Esplugas, donde residen desde Josep Carreras a Arancha Sánchez Vicario, ahora afincada en Miami sin perder su arraigo barcelonés. Lo dicho: que investigue el señor Poirot.