La muerte del niño «coyote» en la frontera

Un disparo de un policía de fronteras acabó con la vida de Sergio, de 15 años, en el lugar donde empieza el sueño americano. Su muerte ha dejado a la luz una vida de pobreza 

Su madre muestra una fotografía  de su hijo
Su madre muestra una fotografía de su hijo

Poco después de que un agente de la «migra» (patrulla fronteriza estadounidense) acabase con la vida de Sergio Hernández, de 15 años, de un disparo en el ojo, su madre fue a limpiar su sangre del suelo. «No quería que nadie pasase por encima. Cuando fuimos mi hija Rosario y yo ya había pisadas», nos cuenta María Guadalupe, de 52 años. Ésta es la última historia con la que se escribe la tragedia de la frontera. María Guadalupe parece mayor de lo que indica su edad. Sus ojos claros contrastan con su piel color bronce, curtida por el sol, la pobreza y ahora el dolor. Lupe, como le llaman las vecinas, nos recibe en casa de una de sus hijas. Ha visto el vídeo de la muerte de su hijo que grabó un juarense con su teléfono móvil. Emitido por la cadena Univisión, las imágenes muestran a un agente disparando a Sergio debajo del Puente Negro de mercancías que atraviesa el Río Grande, línea divisoria entre Juárez (México) y El Paso (Estados Unidos). Turno de noche Sólo se le saltan las lágrimas cuando le preguntas por los sueños de su hijo. «Quería ser Cipol (policía)», dice. Todavía habla de Sergio en presente. Tiene la mirada perdida. Sólo se le alcanza a oír un hilo de voz. Estos días se queda en casa de su hija Rosario, de 25 años, que tiene tres hijos y trabaja en una maquila (fábricas situadas en la frontera). Allí, se encarga de meter el teclado y el ratón de los ordenadores Dell en una caja. Las piezas se envían desde Estados Unidos para que se ensamblen en México. Luego, se enviarán de nuevo a EE UU para venderse por entre 800 y 2.000 dólares. La joven, empleada «en el tercer turno, de once (de la noche) a siete de la mañana», gana 600 pesos a la semana (47 dólares). A María Guadalupe, madre de seis hijos, le gustaría volver a su casa, donde están los recuerdos de Sergio. Pero Rosario no quiere que esté sola. Viven en la colonia de Plutarco Elías Calles. Allí, una de las más pobres de la ciudad, no llega el asfaltado. Tardamos más de una hora en encontrar su hogar. Sólo hay tierra. En la hermosa noche de Juárez, los niños juegan descalzos a los narcos, con piedras, palos y pistolas de plástico. Eso sí, se ven carros (coches) aparcados en las puertas de algunas casas hechas de cemento sin puertas ni ventanas. Desde dentro relumbran las grandes televisiones. Estos lujos dan a las familias un «estatus», aunque sean muy pobres. Pedirán un crédito o lo intentarán pagar a plazos. En las esquinas, se apostan jóvenes con bonitos carros. Llevan camisetas donde se puede leer nombres en inglés y gastan pantalones de «mezclilla» (vaqueros). Sergio tenía una camiseta verde el día que le mataron y en su pecho se podía leer Hollister California. Camino de casa de Rosario al centro de la ciudad se suceden los controles de la Policía Federal. Al llevar la cara cubierta y uniformes azules oscuro, se pierden entre las sombras. Los niños juegan en la carretera. En las esquinas se ven prostitutas: son la última cita para los «mojados» que van a cruzar por el río hacia Estados Unidos, atienden a los narcos y se dice que también a los policías. El ruido de los automóviles se mezcla con el de los narcocorridos (alegorías a los traficantes), que sale de algunas «trocas» (rancheras estadounidenses). Como dicen los mexicanos, ya llegó el desmadre. En la frontera siempre ha habido drogas. Estados Unidos es el primer consumidor de la cocaína que llega a México. Pero los narcotraficantes supieron sacar su propio partido a la firma, en 1994, del tratado de libre comercio entre EE UU, México y Canadá. Para entonces, Juárez ya era la cantina de México. Y los estadounidenses cruzaban los puentes para reventarse en esta ciudad. Escalada de violenciaFue en 2007 cuando se produjo una escalada de la violencia debido a la guerra contra el narco con la «operación Mérida», en virtud de la cual Estados Unidos le proporciona a México 2.400 millones de dólares en equipos. Las asociaciones de derechos humanos han llamado la atención que desde que se puso en marcha esta operación la violencia ha aumentado. La media de muertos supera los siete diarios. El abogado Carlos Angulo, que no esconde sus aspiraciones políticas, prefiere mirar hacia adelante. Quiere cambiar Juárez. Trabaja en una iniciativa ciudadana para concienciar a la desprestigiada policía de la necesidad de colaborar con los juarenses. Aquí los malos de la película son la policía y, encima, la prensa parece que sólo sabe recrearse contando la «crónica roja», la cual suele dejarles siempre muy mal parados. Las asociaciones civiles se hacen oír como pueden. Sus miembros, que prefieren que no se citen sus nombres, están empeñados en hacer de esta ciudad la más segura del mundo, pero saben que solos no pueden. Pero nada de lo que ocurre en la que se considera la ciudad más peligrosa del mundo le preocupa ya a Lupe. Para ella el tiempo se ha parado. «Mi hija Angélica me contó lo que le ocurrió a Sergio. Me dijo primero que había habido un incidente. Pero estaba muy nerviosa y no le creí».El día después de nuestra visita, toda la familia se va a México D. F., a la capital, al programa de TV Azteca «Laura en América», que les costea los billetes. Será un viaje de ida y vuelta en el día. Saldrán por la mañana y regresarán a las once de la noche. La familia está contenta: sienten que alguien se interesa por ellos. Es la primera vez que se montarán en un avión. Crimen por odio«Ya van diciendo por ahí que a mí me han puesto casa, pero no es verdad», quiere dejar muy claro María Guadalupe. Las habladurías no perdonan ni siquiera cuando has perdido a un hijo. También se dice que se debería juzgar al agente que disparó en México y después enviarle a una cárcel del estado de Chihuaha. María Guadalupe podría demandar al agente. Pero, se pregunta: «¿Pues cómo? Si no tenemos dinero. Yo gano 2.000 pesos al mes» (159 dólares). Se ocupa de «vigilar que los muchachitos que vienen en autobús a la escuela entren y no se vayan de vaguitos». Dice que su hijo era un buen niño. No se explica qué estaba haciendo en el puente. Sabe que por ahí se dice que era un mal chico. Que se ganaba la vida de «pollero» (ayudan a pasar la frontera, también conocidos como «coyotes») cruzando mojados o sabe Dios qué. El visitador para la atención de las víctimas de la Comisión de Derechos Humanos Gustavo de la Rosa explica que «cruzar la frontera es un deporte aquí». Es en estas dos ciudades, Juárez y El Paso, donde chocan los dos mundos. Al día siguiente de visitar el programa de televisión, Rosario va a ver a De la Rosa. Quiere el informe del levantamiento de cadáver de su hermano. Él le pregunta si lo desea completo. Intenta convencerle de que no se lleve las fotos donde sale con la cara reventada. Ella insiste. Quiere todo. «Va a haber una investigación por parte del gobierno mexicano y otra del estadounidense, pero yo no confiaría en ninguna. Esto es un homicidio. Y debería ser cárcel para el que lo hizo. Pero no hay que dejarse convencer por los intereses ni del departamento de Estado, ni del gobierno mexicano, ni del estadounidense», afirma el experto, que sospecha que la muerte de Sergio podría ser un «crimen por odio».Un disparo en el ojoDesde la casa de Rosario, donde estos días duerme María Guadalupe, se ven los grandes edificios de El Paso, pero ella no tiene ningún interés en ir y su hijo, nos cuenta, tampoco lo tenía. Pero en el vídeo se ve a Sergio cruzar del lado estadounidense al mexicano con otro hombre. Parece que la «migra» les sorprendió intentando llegar a El Paso. Entonces, aparece el agente y detiene a uno. Sergio, más joven, le esquiva, y regresa al lado mexicano. Desde territorio estadounidense, el agente dispara. Segundos después el niño aparece tendido en el suelo. Le sale sangre marrón del ojo y de la boca. El FBI investiga todavía esta tragedia. El portavoz de la Patrulla Fronteriza estadounidense Ramiro Cordero sólo revela que el agente «es de la Unidad Ciclista de la Dependencia General». Sólo se sabe que está de baja. Nadie conoce su nombre. Cordero nos remite a Washington cuando se le pregunta por más detalles. El sindicato de Policía se defiende diciendo que «las piedras se consideran armas desde tiempos bíblicos y el agente se limitó a defenderse al disparar». Pero donde se encontraba en el momento de su muerte no hay muchas piedras, y las que se encuentran son pequeñas. Si se tiran al otro lado, apenas llegan con fuerza. Es aquí cuando las líneas con las que se dibuja esta historia se convierten en trazos gruesos. Así ocurre con otros muchos casos de personas que pierden la vida cruzando la frontera en busca de hacer realidad el sueño americano. El de Sergio terminó en pesadilla.