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Aznar en Melilla

Tiempo de lectura 4 min.

19 de agosto de 2010. 21:54h

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19/8/2010

Corría el año 2003. Las tensiones con Marruecos provocaron la eventual retirada de embajadores. El entonces líder de la Oposición, Rodríguez Zapatero, dio la espalda a los intereses de España y voló a Rabat a entrevistarse con el caprichoso Sultán Mohamed VI. Hablaban y sonreían con un gran cartel de fondo en el que las islas Canarias formaban parte del territorio marroquí. Hasta la isla de San Borondón, que es alucinación, sueño y prodigio de entreluces, pertenecía a Marruecos. Aquello sí supuso una grave deslealtad con España. Establecer comparaciones entre el viaje rastrero de Zapatero y el paso por Melilla de Aznar sólo es factible mediante el cinismo.

Aznar ha estado en Melilla, y ha hecho muy bien. Melilla ha sido abandonada por nuestro Gobierno, el ministro de Asuntos Exteriores se ha comportado como un gamberro, Zapatero ha demostrado que le importa un bledo el presente y futuro de la ciudad española y la sensación de desamparo se ha extendido por todos los melillenses. Y Aznar ha viajado a Melilla. No a entrometerse en nada. Lo ha hecho como un español. Es innegable que Aznar no es un ciudadano del montón, y que su condición de ex presidente del Gobierno le concede unos matices diferentes. Para lo bueno y para lo malo. En el presente caso, el primer apartado. La indignación socialista es consecuencia de su humillación ante el Sultán, y cualquier excusa le sirve al Gobierno para disfrazar su inacción, su sometimiento y su política de cuclillas permanentes. Un español no tiene que pedir permiso a nadie para visitar una ciudad española. Y si esa ciudad española está siendo objeto de toda suerte de provocaciones, menos aún.

Aznar ha pisado y paseado las calles que ha rechazado Moratinos. Aznar ha saludado a los españoles a los que Moratinos ha negado el saludo y la cordialidad. Aznar ha recordado que Melilla es España mientras Moratinos no ha movido un dedo de los pies para salir de su escondite veraniego. El compromiso de Aznar ha sido con su presencia, que no con su voz, porque se ha limitado a pronunciar unas pocas palabras que no pueden considerarse aprovechadas o inoportunas. El problema de Melilla es el Gobierno de Zapatero, no Aznar. Y si el Gobierno de Zapatero no hace nada por remediarlo, habría de comprometerse a mantener su humillante silencio y no a reaccionar con  celos histéricos por una actuación individual absolutamente normal. Dice Blanco que Aznar no visitó Melilla en sus ocho años de presidente del Gobierno. Y no le falta razón. Pero no ha acudido a rendir pleitesía al Sultán en contra de los intereses de España con unas islas Canarias marroquíes como telón de fondo.

La tragedia es que el Gobierno de España ha perdido su autoestima. No se tolera a sí mismo. Y esa grieta en la estimación propia la aprovechan los de siempre. No sirve, para esta ocasión, el pase de modelos de la vicepresidenta Fernández de la Vega. A Mohamed VI, los modelos de la vicepresidenta le importan la mitad de un dátil. Él no habla con mujeres, que por algo es más que un aliado de civilizaciones. Mucho y bueno tiene Marruecos. Es el tapón del islamismo sangriento. Y nuestras relaciones, siempre a caballo del amor y del odio, necesitan de una inteligencia diplomática que hoy nos resulta inalcanzable. Zapatero es un torpe y Moratinos un vago. Aznar ha estado en Melilla y su presencia hay que interpretarla con sosiego y normalidad. Un español por España nunca es una provocación. Y más vale tarde que nunca.

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