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El descontrol




Tiempo de lectura 4 min.

07 de diciembre de 2010. 01:04h

Comentada
7/12/2010

A lo largo de mi ya considerable permanencia sobre la tierra, he conocido a todo tipo de personas encuadradas en las más diversas profesiones y aficiones. Raras y extravagantes, a veces. Un domador de peces, en concreto de ciprinos dorados, que estaba como una cabra. Y a un logopeda de focas. Decía que las focas no aprenden a hablar por timidez. Pero nunca me han presentado a un controlador aéreo. Me consta que existen y que gracias a ellos existimos millones de personas, pero ahí termina el caudal de mi conocimiento. Antes de todo. Su proceder en esta huelga salvaje ha sido absolutamente intolerable. Los derechos propios no pueden pisotear a los derechos ajenos. Las protestas laborales se avisan. Si el Gobierno ha traicionado inesperadamente a los controladores, éstos tienen todo el derecho de anunciar movilizaciones, paros y huelgas. Pero no a abandonar a millones de personas en los aeropuertos y paralizar sorpresivamente a toda una nación. Leo la encuesta de mi periódico. El 85% de los españoles estaría de acuerdo con el despido fulminante de los controladores aéreos causantes del caos.

Me incluyo en el porcentaje. Y un número similar, opina que tienen unos salarios excesivamente elevados. No estoy de acuerdo. Sucede que al no existir en el trato diario de las personas se ignora la importancia de su trabajo. De sus conocimientos profesionales dependen millones de vidas que vuelan de un aeropuerto a otro. El cielo está dibujado por centenares de carreteras que a diferentes alturas confluyen en el espacio. Y cualquier error se convierte en una catástrofe. Los sueldos de los controladores están justificados por la importancia y la especialización de sus cometidos. Y creo en la  atosigante tensión que su trabajo les produce. Mucha demagogia hay en ello, pero no es capricho social que un controlador aéreo multiplique por diez la nómina de un honesto trabajador de limpieza de los aeropuertos. Es consecuencia de la alta responsabilidad de su trabajo.

Pero ese factor de exclusividad no da derecho al uso del salvajismo laboral. A Pepiño Blanco, demagogo él como el que más –¿recuerdan los tiempos del «Prestige»?–, no se le cae de la mano el papel con los sueldos de los controladores. No es ése el principal problema, y el ministro lo sabe. Entiendo que es fácil penetrar, en tiempos como los que vivimos, en la sensibilidad social comparando los altos sueldos de los controladores con la angustia de más de cuatro millones de familias en paro. Esa cifra espantosa es consecuencia, entre otros motivos, de la disparatada política económica del Gobierno al que pertenece el señor Blanco. Negociar es buscar la solución mediante renuncias de un lado y del otro. Los decretos por sorpresa traicionan esas negociaciones. Y el abandono masivo de los puestos de trabajo en perjuicio de millones de personas que nada tienen que ver con el asunto, entra de lleno en los ámbitos de la canallada.

España está sin control desde tiempo atrás. Sufrimos los españoles el peor Gobierno de nuestra libertad. En ocasiones parece que Zapatero y sus chicos han decidido que gobiernan un país habitado por cuarenta millones de imbéciles. Todo, a nuestro alrededor, es ya desprestigio. Se ríen de nosotros y lo demuestran. Pero la tragedia nacional nada tiene que ver con lo que ganan los controladores aéreos, por mucho que sea. La tragedia española viene de otro descontrol, que no es otro que el gobernante. Fuera demagogias baratas y fuera de sus puestos de trabajo los controladores indignos. Y los gobernantes indignantes.
 

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