Atlético de Madrid

Con el sello del Atleti por Julián REDONDO

La Razón
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Esperaba que Forlán, Agüero, Simao, Reyes, Raúl y Assunçao rindieran como poco al 70 por ciento. Sería suficiente, pensaba, para derrotar al Fulham. Y que Ujfalusi, Perea, Domínguez y Antonio no se liaran con la pelota para que el «petisuí» De Gea no pagara las consecuencias, y con él purgara su increíble afición. Patinó Perea, «centró» Assunçao y marcó Davies. El sello atlético, inconfundible: tirar la ventaja, con el regalo de rigor, y después, sufrimiento, agonía y... victoria. Adiós «Pupas». Deseaba que el equipo se creyera grande, más que histórico, y afrontara la final como si enfrente jugara el Barça, no el Espanyol o el Xerez. Bastaba con eso para soñar porque es mejor que el Fulham; tanto que, a priori y pelo a pelo, no cambiaría un solo jugador de los madrileños por uno de los londinenses. Pues el Atleti, en general, es malito porque desespera, y el Fulham, muy malito; pero si se lo regalan... Confiaba en que con «alegría y atrevimiento», prédica de Quique antes de la añorada cita, el Atlético que hizo saltar al Príncipe en el asiento cuando marcó Forlán, fulminara, no sin apuros, padecimientos y situaciones de infarto, a los ingleses. Lo acarició con las manos; lo tuvo en sus botas, lo desaprovechó, y agotó los 90 minutos con 1-1, cansado de no entenderse ni comprender cómo fue incapaz de zumbar a un rival tan malo. Dejó escapar el partido cuando era superior y se topó con la prórroga por su mala cabeza, por su intrínseca fragilidad. Pero resurgió para ser grande de Europa. Otra vez.