El padre de Sarkozy se emocionó con Caballé por Jesús Mariñas

Paul Sarkozy fue el único que besó la mano de la soprano
Paul Sarkozy fue el único que besó la mano de la soprano

Hacía décadas que Barcelona no vivía tal esplendor social. Antonio Cano recordaba aquellas noches en el Liceo junto a Pièrre Fabre. Se lo comentó a Paul Sarkozy, padre del presidente francés, a quien no se parece en estatura. Estaba en Cataluña para ver una retrospectiva del pintor Viladomat.

El Salón de los Espejos albergó el homenaje a Montserrat Caballé, cincuenta años después de su debut. El alcalde Hereu tiene una esposa llamativa llena de encantos que demostró a lo largo de la velada, así como sus impresionantes joyas, todas en propiedad, no como las que se lucen en Madrid, donde las señoras van de prestado. Destacó el bronce rameado de Merceditas Arnús y los imponentes pendientes que lució Leonor March y de los que se despojó antes de abandonar el Liceo. El negro fue uno de los tonos más recurridos de la velada menos en la destacada Luisa Sallent, última pareja del inolvidable Samaranch, que combinó tonos turquesas y fucsias. Sallent comento un traspié casero por el que se había roto unas vértebras: «Tengo para tres semanas», se resignaba. Lo hacía ante Joaquín Barraquer, quien al igual que Xavi Trías no vistió el exigido esmoquin. «Es que vengo de la campaña», desveló el político ante Helena Raskosnit, que justificó la ausencia de su marido, Artur Mas, por la misma causa. Paul Sarkozy fue el único en besar la mano de la diva, que siempre va tutelada por su sobrina, la otra Montse Caballé, que perdió 33 kilos en cinco meses gracias a la doctora Folch. «Ha sido la única que lo ha logrado y por eso sigo», reconocía ante su tío Bernabé Martí y su prima Monsita que aprovechó el acto para presentar a Daniel, su nueva pareja.

Macia Alavedra reaparecía exultante y recuperado del trauma carcelario, mientras la soprano se esponjaba en su capa negra ribeteada en chinchillas, que algún despistado informador definió como «piel jaspeada». Lo que hay que oír. Y para protocolo estricto el de Sarkozy que besó la mano de la Caballé. Un gesto tan desfasado como las fornas de Paloma O'Shea, íntima de Montserrat: «Todavía recuerdo su ‘‘Devereux'' en la Sala Pleyel», comentó mientras se unía a la devoción circundante de 300 vips que añoraban un Liceo con memorables noches en lo musical y en lo social.