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La última curva

La Razón
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Este Zapatero se ha puesto metafórico, y ha dicho que España está en la última curva del rally de la crisis. Bastante cursi, por cierto. Claro, que hay metáforas más condenables. Podría haber dicho que España es el cisne que está a punto de superar el último nenúfar antes de encontrar la inmensidad del lago. Sucede que no lo ha dicho, y criticarle por ello no sería justo, ni adecuado ni elegante. Nos quedamos, pues, con la última curva y su riesgo añadido.

Los comentaristas deportivos de las distintas cadenas de televisión aventuran más que comentan. Y son gafes en gran medida. «Se dispone a lanzar Moreno, que no ha fallado ningún falta personal en los últimos meses». Y falla irremediablemente. «Cuando Pedrosa negocie la última curva se proclamará campeón del Gran Premio de San Marino». Y Pedrosa «negocia» la última curva, se le va la moto, se da el morrón y gana un italiano. Sabios, los del fútbol. «No veo al Villarreal con posibilidad de reacción después del gol de Cristiano Ronaldo». Inmediatamente, Cazorla empata. Y en el tenis, la caraba. «Nadal está mostrando un tenis muy sólido y Federer no sabe como contrarrestarlo». Entonces Federer gana cinco puntos seguidos y se lleva el juego. Algún día me explicarán en qué consiste el tenis «sólido». De tratarse del buen juego, habría que definir al juego regular o malo de tenis «líquido». Pero dejémoslo estar.

En los últimos años, si no me falla la memoria, se han caído en la última curva de distintos grandes premios Sito Pons, Dani Pedrosa, Lorenzo, Batista y Barberá. En los cinco casos después de que los comentaristas proclamaran la segura victoria. Ya sabemos a qué se puede dedicar Zapatero cuando pierda las elecciones y se vea obligado a dimitir de su cargo en el PSOE. A comentar carreras de motos y gafar las últimas curvas cuando un español va el primero. Los gafes son muy peligrosos cuando van de optimistas. Un gafe taciturno y sombrón no puede hacer daño por aquello de que nadie se lo toma en serio. Pero un gafe eufórico es más peligroso que un hipopótamo enfadado, y quien dude de mi comparación que se atreva a enfadar a un hipopótamo. No pretendo insinuar que Zapatero sea gafe, aunque en algunos episodios haya rozado el ámbito de los sotanillos, que son los gafes de alto nivel sólo superados por los manzanoides. Lo peor de Zapatero es cuando apoya. Apoyó a la rival de Sarkozy en Francia y arrasó Sarkozy, que para más INRI se lió con Carla Bruni. Apoyó al rival de Ángela Merkel en Alemania, y ganó la Merckel con sorpresa y contundencia. Y apoyó a la minería del carbón y ya no puede presentarse en Rodiezmo. Ahora nos anuncia lo de la última curva del rally de la crisis, y aunque no puedo confirmarlo, tengo noticias de que a Emilio Botín, a Francisco González y a Miguel Ángel Fernández Ordóñez les ha sobrevenido un principio de tantarantán, del que se han felizmente recuperado.

Porque esa última curva, anunciada por Zapatero, puede resultar pavorosa. Un derrapaje, los restos de una mancha de aceite o de una reunión de arenilla instalada por el viento, bastan y sobran para que en la última curva sobrevenga la tragedia. Ni en bicicleta de montaña, a diez por hora, tocando el timbre y con la mano derecha en el freno me atrevería a tomarla. Esa última curva nos va a traer el definitivo trance de la amargura. Pero no se alarmen. Está lejísimos. Todavía ni se ve. Y en ese aspecto, podemos seguir arruinados, pero tranquilos.