El obrero que hizo de Brasil potencia

Dilma Rousseff puede convertirse en la primera mujer en gobernar Brasil gracias, exclusivamente, al empeño de Lula da Silva.

Lula da Silva y su sucesora y favorita en las presidenciales que celebra mañana Brasil, Dilma Rousseff, durante un mitin en São Paulo
Lula da Silva y su sucesora y favorita en las presidenciales que celebra mañana Brasil, Dilma Rousseff, durante un mitin en São Paulo

MADRID- Por vez primera en 21 años Lula no concurre a la Presidencia. Sin embargo, su legado está tan presente que ha figurado tanto como los dos candidatos a sucederle: su protegida, Dilma Rousseff, quien tiene todas las papeletas para convertirse en la primera mujer en gobernar el país, y el conservador José Serra.
Es cierto que no le quedaba otra que empeñar su 80% de popularidad para hacer remontar la candidatura de Rousseff, una mujer afiliada al PT hace 11 años que jamás ha ganado un cargo público y en la que muy pocos creían dentro de su propio partido. Designada a dedo por el propio Lula, Rousseff fue siempre la última opción hasta que los sucesores naturales, Dirceu y Palocci, se vieron salpicados por la ola de escándalos que en 2005 pusieron al Gobierno contra las cuerdas por la red financiera creada para sobornar a decenas de diputados.
El presidente brasileño decidió tomar las riendas en mayo pasado, cuando las encuestas aún daban un empate técnico.
Para entonces, la mayoría de sus compatriotas ya habían olvidado los casos de corrupción en los que se vio envuelto su Gobierno y algunos de sus familiares –desde su yerno, en el penúltimo escándalo, ya en plena campaña, hasta su hermano, Genival Inácio «Vava» por tráfico de influencias– y el fraude en algunos programas estrella, como el de Aceleración del Crecimiento, en el que cayó la ministra de Presidencia, Erenice Guerra, por el desvío de fondos de los más de 161.000 millones de euros previstos hasta este año para dicho programa.
 Su brillante gestión económica, que ha convertido a Brasil de país emergente a potencia con voz y voto en el concierto internacional (pese a sus silencios sobre Cuba y su excelente relación con Chávez), y ha logrado incorporar a unos 30 millones de brasileños a la clase media gracias a los 15 millones de empleos creados en sólo ocho años, pesan mucho en un país acostumbrado a convivir con la violencia y la corrupción.
Parte de su popularidad se ha cimentado en el empeño personal en que los programas para combatir la pobreza fueran por fin visibles y obtuvieran resultados. Sólo así, Brasil consiguió en 2006 –nueve años antes del plazo impuesto por Naciones Unidas– reducir a la mitad el hambre en el país, gracias a programas como «Hambre Cero» o la «Bolsa Familia», que proporcionan sustento y un subsidio mensual a las familias más pobres.
Además, Lula ha conseguido lo que parecía imposible: instaurar la cultura del trabajo en el país de la samba y el carnaval. Los reconocimientos posteriores por parte del presidente Obama –que lo calificó como el líder más influyente del planeta– y la consecución del Mundial de fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos en 2016 no hicieron sino aumentar su aura.
De las artimañas políticas que le llevaron a gobernar con el respaldo de partidos a los que, años atrás, había calificado de corruptos, pocos se acuerdan ya. Tampoco de su tumultuosa relación con la Prensa (brasileña y extranjera). Los datos económicos pesan más en un gigante cuyo PIB ha crecido un 8,9% en los primeros seis meses de 2010, la mayor tasa en 14 años, y que prevé una expansión sin precedentes.
El modelo social-liberal creado por Lula que tan buenos resultados ha ofrecido parece asegurado si se cumple lo que asegura Helio Bicudo, fundador también del PT: «Lula quiere a Rousseff en el poder para seguir mandando él».


Un debate de guante blanco
Los principales candidatos a la Presidencia de Brasil, la oficialista Dilma Rousseff y el opositor José Serra, evitaron el enfrentamiento directo en el último debate televisado, en la noche del jueves, antes de las elecciones de mañana. El debate fue tibio y estuvo muy centrado en los planes de infraestructuras, vivienda y servicios sociales, incluyendo la salud, pero se dejaron en el tintero cuestiones como la política económica, la educación, la corrupción o la política exterior. Tanto Rousseff, del Partido de los Trabajadores, como Serra, del Partido de la Social Democracia, evitaron preguntarse mutuamente, apenas se dedicaron críticas y no cruzaron ni una sola declaración directa.