Zombi político

La Razón
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Nunca me convenció ni siquiera en aquel primer encuentro personal cuando era flamante jefe de la oposición. Fue en La linterna, que dirigía a la sazón, Federico Jiménez Losantos y ya entonces me pareció un sujeto ignorante y peligroso, indigno de la menor confianza. Para colmo, en aquella época todavía repetía como si fuera un cómico los movimientos de manos del Felipe González de los GAL y la corrupción. Recuerdo que, a la mañana siguiente, uno de los directivos de COPE, cuyo nombre omito por caridad, lo alabó diciendo que, seguramente, acabaría llegando a la Moncloa. «Dios no lo quiera», pensé yo para mis adentros aunque, por supuesto, ni podía imaginarme el 11-M ni lo que sucedió en las jornadas siguientes. Con todo, para ser ecuánimes, aquel directivo – que lo hizo muy mal durante su gestión, todo hay que decirlo– sólo sufría la misma reacción hipnótica que muchos otros. Alberto Míguez me lo recordaría algunos años después afirmando de manera rotunda: «¡Cómo nos engañó! De todos los que estábamos en aquel encuentro, el único que no lo creyó fuiste tú». El Señor en Su omnisciencia sabe cuánto me habría gustado equivocarme porque lo que vino después fue la terrible sucesión de los años más desastrosos de la reciente Historia española plagados del más necio sectarismo, de viles ansias de pactar con una banda de criminales, de incomparable incompetencia, de repetido ridículo, de constante desprecio por la legalidad y de incontrolable paro. En todo esto reflexionaba mientras contemplaba a un ZP más patético que nunca en el curso de su último debate sobre el estado de la nación. Y, sin embargo, ese ZP, convertido ya en un Zombi Político, sigue siendo inicuamente peligroso y envenenará las vidas de los españoles por años. Tras de sí deja una ETA más fuerte que nunca; unos nacionalismos más chulescos de lo ya habitual y una economía convertida en erial, pero, al mismo tiempo, ha operado tal metamorfosis en la izquierda que necesitará muchos años para remontar la miseria, la vileza y la indignidad por las que la ha arrastrado durante una década. El resentimiento, la irracionalidad, la ignorancia económica y la corrupción se han consolidado como las marcas de identidad de la izquierda – no, no siempre fue así – colocándonos en una tesitura más que peligrosa porque no será capaz de reconocer que se equivocó apoyando al ahora zombi y dará vueltas y revueltas al asendereado cuerpo nacional para evitar enfrentarse con esa realidad. Por lo que se refiere a los nacionalistas, perturbarán nuestros sueños de sosiego y respeto por la legalidad insistiendo en que si fue posible con el ahora zombi es porque puede serlo siempre. Finalmente, la misma derecha necesitará una temporada para librarse del temor a que una conducta decente acabe provocando la aparición de otro ZP y quizá no sea capaz de vencer la tentación de seguir coqueteando con la progresía y de no coger el toro por los cuernos en las grandes cuestiones nacionales. ZP ya no pertenece al mundo de los vivos –lo que tiene cierta lógica pensando en su ansia por pactar con los que tantos muertos inocentes causaron– pero lo va a inquietar como una pesadilla durante mucho tiempo. Así sucede siempre con los zombis hasta que alguien los sepulta de una vez para que no perturben a los que aún están vivos.