Espuma de afeitar

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Aunque su estatus ya era el de una figura legendaria y la muerte sólo podría inmortalizarlo, hasta sucumbir hace trece años Frank Sinatra nunca dejó de ser el «crooner» de sus orígenes, el muchacho rebelde e impulsivo que despuntó como cantante en la orquesta de Tommy Dorsey y no dejó de crecer incluso en los duros momentos de ostracismo, cuando los amigos le volvieron la espalda y su apellido le cerró incluso las puertas de las que siempre había tenido él la llave. Hasta aparecer Sinatra, la voz cantante la llevaba Bing Crosby y todas las mujeres estaban enamoradas de aquel tipo algo relamido, peinado con tupé, que enseguida quedó condenado al declive tan pronto aquel muchacho de Hoboken, New Jersey, ladeó el sombrero, aflojó el nudo de la corbata y dejó patente que se podía ser una estrella aclamada por el público sin necesidad de subirse a la peana de un santo. Sinatra no sólo era en sus actitudes más natural que Crosby y más callejero; era también un modelo de hombre que al mismo tiempo que cimentaba su fama como cantante, no se inmutaba porque se resintiese su reputación como persona. Con el paso de los años se vería que fue su mala reputación lo que le hizo un sitio de honor en el afecto se sucesivas generaciones de seguidores. Ni qué decir tiene que las mujeres le adoraron y que esa pasión devota del público femenino fue el resultado de la admiración casi religiosa que despertó siempre en ellas la imagen controvertida de un tipo infiel, trasnochador y mujeriego que sin embargo resultaba en cualquier caso un hombre de fiar. Fueron muchas las mujeres que se disputaron el corazón de Sinatra y unas cuantas fueron felices por haber estado algún tiempo en él. Otras muchas fracasaron en el intento de acercarse al ídolo o fueron explícitamente rechazadas con la consabida elegancia con la que Frankie se desentendía a veces del amor. Nunca le guardaron verdadero rencor. Estar un rato en el corazón de Sinatra y salir luego en camisón por la escalera de incendios eran para muchas mujeres un objetivo más digno y agradable que asegurarse hasta la muerte la pegajosa lealtad de cualquier otro hombre. Conocí en el Savoy a unas cuantas de aquellas mujeres y sé de qué hablo. Porque como me dijo una madrugada en el declive de su discreta carrera la cantante Lena McCanbridge, «enamorarme de alguien como Sinatra a mí me sirvió para darme cuenta de que la mala vida a su lado era algo hermoso y edificante, hasta el punto de que perderle de vista y recuperar mi dignidad me supuso un terrible remordimiento». Y añadió: «Aunque otras mujeres consiguieron el corazón de Frankie, yo sinceramente me habría conformado con despertar alguna vez con su espuma de afeitar en mis labios».