Historia

Alfredo Pérez Alencart: «Estos son tiempos malos porque lo único que cuenta es la Economía»

Alfredo Pérez Alencart no tiene teléfono móvil. Sin embargo, es muy sencillo poder hablar con él. Accesible y simpático, con un sentido del humor suave e inteligente, nació en Perú, en Puerto Maldonado, capital del Departamento de Madre de Dios, tierra de caucho y castañas por la que dejara su huella Carlos Fermín Fitzcarrald, al que siempre recordaremos con la cara del trastornado y melancólico Klaus Kinski, mientras trataba de convertir la selva en un río por el que navegase el vapor Contamana. En la actualidad, este salmantino, hijo de asturiano y brasileña, imparte clases de Derecho del Trabajo en la universidad de la ciudad en la que vive desde hace ya casi tres décadas. Es frecuente verle pasear por las calles del barrio de Buenos Aires, camino de la Asamblea del Barrio de la Estación. Protestante, con un discurso social y espiritual en el que la perspicacia y la comprensión dan forma a una manera de contemplar el mundo, es también un poeta notable. A lo largo de los años, ha ido escanciando pacientemente su obra, sin esos apremios a los que acostumbra el a veces un poco imbécil mercado editorial, donde la novedad, por lo que parece, es toda una virtud, como pasa en los mercadillos y en las discotecas. Para él, que ha contemplado los amaneceres del Amazonas y los atardeceres de Castilla y León, todo debe llevar su ritmo:

«La poesía es una carrera de fondo. Tardé mucho en publicar, deliberadamente. Me importa hacerlo bien. En este caso, no por ir muy rápido vas a llegar. Como decía Borges, ojalá recordaran alguno de mis versos, con eso sería suficiente».

Pero los tiempos nos imponen ir a toda mecha.
Lo que ocurre es que hay que intentar saber lo que uno quiere. Por ejemplo, yo sé que económicamente estaría mucho mejor en Perú, pero no me atraen el poder, el dinero o el relumbrón…

Te basta con una hoja y un lápiz.
Y asegurar una chabola y el pan de mi hijo. En mi poema Mientras se derrumba Wall Street, yo, que nunca he tenido una acción de nada, hablo de mi pequeño piso en el barrio de Buenos Aires, de mi coche ya próximo al desguace y de que tomo tranquilo el desayuno porque no he tenido ciertas aspiraciones.
Quizá tengamos que volver a cultivar la finca pequeña y a alabar la grande.
Así es. Sabía lo que ganaban los españoles y no me cuadraban las cuentas. Sólo funcionaba si te endeudabas a cuarenta años. Cuando lo decía, me daban caña por aguar la fiesta.
Ahora parece que todo el mundo lo vio venir.
Una vez que pasan las cosas, todo somos pitonisos. Pero yo lo escribí en su momento. Es algo que hoy está sucediendo en Perú, donde hay un crecimiento tremendo y la gente se muestra envanecida.
Nos cuesta aprender.
De hecho, siempre digo lo mismo: por el oro no te envanezcas, porque puede faltar mañana. Vamos en un barco que sube y baja con la marea.
¿Ves un cambio de mentalidad en tus alumnos?
Existe un rebrote positivo. En la bonanza que tuvo España estos últimos años se dio una cierta insensibilización, pues todo estaba dado y no se podía cortar. Han entendido que hay que cuidar todo lo ganado…
Entre otras cosas, ya ni siquiera hay capitalismo.
Ha caído el modelo tradicional. Siempre es bueno que haya libre mercado, pero tiene que haber equidad, cosa que ahora no sucede. Y tenemos que encontrar salidas, porque las alternativas son peores…

En 2005 fue elegido miembro de la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía. Con varios premios en su haber y traducido ampliamente, su trabajo poético, donde lo espiritual va ganando en intensidad y donde le lenguaje empieza poco a poco a estar al servicio del poeta, tal y como le ocurriera a su admirado César Vallejo, incluye, entre otros títulos, libros como La voluntad enhechizada, Madre selva, Savia de las Antípodas o Cartografía de las revelaciones. Dejando que la conversación fluya, charlamos con él durante una mañana de esta primavera que no acaba de llegar, mientras las noticias de cada día, que nos reafirman en la idea de que la chapuza oculta siempre una inmoralidad, sólo consiguen aumentar nuestra resaca:
«Ahora recuerdo mi infancia Puerto Maldonado como si fuera el paraíso, con todas las dificultades del paraíso, porque es muy bello, pero también hace mucho calor y hay unos mosquitos terribles…»

Era zona de inmigrantes.
Que llegaron siguiendo la estela del caucho, que antes era conocido como oro verde. Gente esforzada. Por ejemplo, mi padre era huérfano desde los cuatro años y empezó a trabajar desde los doce años, sin parar hasta ahora…
¿Quiso que estudiaras?
Era su máxima aspiración. Estuve en Puerto Maldonado hasta la secundaria. Los primeros y segundos puestos del bachillerato tenían acceso libre a la universidad, sin pasar por selectividad. Fui primer puesto de mi región y me marché a Lima para estudiar Derecho.
¿Y cómo fue salir del paraíso?
Un trauma. Lima es una ciudad inmensa y caótica. Llegaba de respirar aire puro y me tenía que subir a unos autobuses que contaminaban una barbaridad. Los primeros días me daban arcadas. Me quise volver. Pero mi padre me dijo que el ser humano se acostumbra a todo. Y así fue.
¿Cuándo empieza tu interés por la poesía?
En mi casa no había muchos libros, pero sí una enciclopedia que me leí entera, junto a todo lo que caía en mis manos. Era un gran lector. Al llegar a Lima ya empecé a escribir y a leer con regularidad. En la Facultad de Derecho había tres revistas literarias…
¿Qué autores te gustaban?
En los colegios la literatura estaba mal tratada, pero en mi etapa limeña empecé a leer a César Vallejo y quedé deslumbrado. Lo sigo leyendo y cada vez me parece nuevo. También comencé con Alejandro Romualdo.
Llegaste a España en 1985.
Descubrí este país el 12 de octubre de 1985. Y no es broma. Llegué en un vuelo patrocinado por la embajada de España para emigrantes. En realidad, fue un redescubrimiento, pues estaba en mi sangre, claro.
Viniste a estudiar.
Para hacer el doctorado en la Universidad de Salamanca. Lo que me decantó fue la trascendencia que la universidad tiene en la historia de América. Y me atraían muchísimo las figuras de Unamuno y Fray Luis de León.
¿Te sentiste extranjero?
Nunca me he sentido extranjero en ningún lugar, aunque lo sea. Tengo tantas extranjerías que una más no me hace daño. De hecho, cuando me lo dicen, no me lo tomo mal.
Todos acabamos siendo extranjeros, en cierto modo.
Por eso es tan importante viajar. Cuando sales de tu redil de seguridad, te sientes extraño. Y es peor si no tienes dinero. Pero eso te espabila y te hace comprender mejor las cosas…
Así que, al final, tu lugar es el mundo.
Es más, soy un pirata de los buenos, porque voy a conveniencia. Cuando voy a Asturias, soy asturiano. Y cuando voy a Galicia saco el apellido de mi abuela, que era de Puenteareas.
Lo hermoso es ser de todas partes y ninguna.
Es una gran ventaja que tengo. Mi hijo es absolutamente salmantino. Ahora va a empezar Derecho y le voy preparando porque es posible que vaya a ser emigrante. Así nunca tendrá problemas, allá donde vaya.
¿Por qué elegiste Derecho del Trabajo?
Lo he pensado mucho y creo que viene porque mi padre ha sido empresario toda su vida. De niño siempre le escuché que antes de nada había que pagar a los trabajadores, porque tenían que mantener a sus familias. Por eso caló en mí la sensibilidad por el trabajador.
¿Cómo se lleva ser protestante en un país católico?
Se lleva muy bien. Ojalá España fuera tan católica como se dice. Ojalá hubiera más católicos que fueran a las fuentes primeras cristianismo, que son universales. Un cristiano no pone rayas entre los suyos…
¿En nuestro país, con su pasado tridentino, se desconoce el protestantismo?
Siempre han imperado tópicos del estilo de que somos una secta o de que leemos otra Biblia, cuando, de hecho, leemos la primera Biblia que se tradujo al castellano, la de Casiodoro de Reina.
Pero siempre se buscan chivos expiatorios.
Y pueden ser los protestantes, los judíos o los funcionarios. De hecho, hace dos años se publicó una Biblia hecha por católicos y protestante españoles que está avalada por la Conferencia Episcopal y la Federación Evangélica.
Es más lo que une que lo que separa.
Los cristianos, católicos o protestantes, tenemos que ir en la misma dirección, aunque cada uno lleve su camino. Lo importante es que lo que se diga no sea vacío, sino que vaya acompañado de los hechos…
Como decía Santiago.
Y que en el fondo es más revolucionario que los escritos de Carlos Marx. Hasta el mismo Lutero tuvo sus dudas en traducirlo, por lo revolucionario que era. Clamó siempre a favor de los más desfavorecidos, cosa que no veo en muchos católicos y en muchos evangélicos…
¿Tu hijo participa de tu vida espiritual?
No, incluso no está bautizado. Tendrá que hallar su propio camino. En mi caso, me bauticé con cuarenta años. Antes detestaba cualquier cuestión religiosa. Era un ateo convencido.
¿Cómo encontraste la fe?
Conociendo al Jesús verdadero. Cuando uno lee su palabra y ve los ejemplos de la gente que la ha seguido, es algo que entronca con el derecho social que yo he estudiado y que ha marcado mi vida.
La fe conlleva dudas.
Absolutamente. Mi hijo ahora está con muchas dudas y eso es bueno. Jesús ya dijo que los que le alaban de boca hacia fuera no son sus auténticos seguidores. Son los que crean las contiendas, los que no asumen sus actos…
Tu mujer, en cambio, sí que participa.
Así es. Jacqueline fue profesora en la universidad y ahora colabora en una ONG que trabaja con niños huérfanos de Perú y de toda Sudamérica. Se llama Alianza Solidaria. Es una ONG cristiana.
¿Ella es tu primera lectora?
No sólo eso, sino que algunos de mis poemas de amor están dirigidos a ella. Sabe las claves de las cosas más íntimas de estos veinte años que hemos vivido en matrimonio.
A veces los lectores más cercanos son los más duros.
Es lo deseable para cualquiera, que tu pareja te haga una crítica. Y además Jacqueline me ha ido corrigiendo envanecimientos. Me decía que no me subiera tanto, que luego la caída es muy dura.
La tentación de la vanidad…
Que se evita siendo más comunitario. El escritor cree que es lo más grande del mundo y al final sólo habla de lo suyo. He publicado y coordinado muchísimos libros con poetas desconocidos que pueden ser mejores que yo.
¿Cómo ves a Castilla y León?
Como siempre he sido castellano, pues es el único idioma que hablo, no me chocó demasiado la idiosincrasia de sus gentes. Además, es muy similar a la de la zona andina de Perú.
¿En qué sentido?
Pues desde las construcciones en barro hasta la vestimenta. Todo salió de Castilla para allá. Por eso no me sorprendió demasiado cuando llegué...
Volvemos a lo de antes: es más lo que une.
Por ejemplo, la tesis doctoral de José María Arguedas, un escritor peruano, es un estudio entre las comunidades de Sayago, en Zamora, y la zona andina de Perú. Y en ambas encuentra demasiadas similitudes.
¿Le falta empuje a Castilla y León?
Sin duda. Y es uno de los motivos de asombro que tengo. Soy muy provinciano, pero también soy muy internacional. Me ha sorprendido que varios de los presidentes de la democracia hayan sido de Castilla y León. Sin embargo, la comunidad no ha tenido el desarrollo que ha podido tener.
¿Qué falta?
Tendría que reivindicarse más el hecho histórico, como hacen otras comunidades que tienen menos. Son tiempos malos porque todo depende de la economía, pero Castilla y León se merece mejor tratamiento en las inversiones y en el ámbito cultural español.
Quizá haya que empezar por reconocerse a uno mismo.
En ese sentido, hay que desterrar esa idea de que esto es tierra conquistada. Pese a que a nuestra universidad viene gente del todo el mundo, ahora hay un letargo y una emigración tremenda de los más jóvenes.
Por eso también todos acabamos siendo extranjeros.
Pero la emigración ha de ser un primer recurso, no el último. Sales para foguearte en el mundo, no cuando es una situación in extremis. Y ahí viene el gran drama de la emigración de nuestros jóvenes...

En su poema Migrancia, Alfredo Pérez Alencart escribe que «te declararás / deudor, / aunque a diario ganes / la partida». En un mundo como el actual, donde las fronteras comienzan a ser nostalgias y donde el conocimiento se comparte como nunca hubieran soñado quienes nos precedieron, nos hallamos en todas partes y en ninguna, sabiendo que vivir ya es un oficio. Y así ganamos cada día nuestra partida, pese a que la prima de riesgo no quiera acompañarnos a casa y lleve nuestra resaca hasta el mediodía. A la espera de la inevitable noche de aguacero, habrá que releer a Vallejo, para así recordar cuanto antes lo importante, a ser posible sin teléfono móvil: «Relátate agarrándote/ de la cola del fuego y a los cuernos/ en que acaba la crin su atroz carrera; / rómpete, pero en círculos; / fórmate, pero en columnas combas».

 

DE CERCA
Un libro.
Odas y fragmentos, de Píndaro.
Un poeta de siempre.
Vallejo.
Un poeta actual.
Gastón Barquero.
Un narrador.
Mario Vargas Llosa.
Una película.
Novecento.
Una música.
Caetano Veloso.
Una virtud.
La generosidad.
Un defecto.
Decir las cosas claras.