Ciclismo

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Petacchi impone su maestría en Parma para llevarse el primer esprint del Giro

Bramaba Mark Cavendish en meta, como un loco. Fiera enfurecida. Decía el chaval que Alessandro Petacchi le había levantado la victoria en la misma línea de meta. Se creía el inglés que la tenía en su mano cuando Petacchi, el viejo, la experiencia, la pericia y la costumbre encorsetadas en la elegancia silenciosa que le engalona, remató la agónica y calurosa etapa con victoria en las calles de Parma.

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¡Atraco!, gritaba Cavendish. "Ha cambiado la trayectoria varias veces, a mi me ha obligado a buscar otro espacio". Afligido Cavendish. "Si hubiera sido yo el que lo habría hecho, me hubiera descalificado". Protestaba el rebelde chico de Man, el contestatario, el arrogante Cavendish. Podría haber sido así. Podría. Todo condicionales. Pero resultó que no ganó.

Es lo que diferencia a Mark Cavendish de Alessandro Petacchi. Uno, la galantería italiana hecha mesura y educación. Estilo retraído, a veces tal que llega a ser insociable. Huraño por poco hablador pero limpio en la pedalada que le ha dado el golpe en cada una de sus casi 180 victorias como ciclista profesional. El otro, la puntualidad inglesa de cada sprint, la voz de la discordia y la polémica, la juventud que a nada teme, el impulso indómito. De él dicen que es el hombre más veloz del pelotón y hasta Petacchi lo pronuncia. Solo en voz alta. Sobre la bici es otra cosa. Entonces es cuando Petacchi olvida su carácter vago, "que si fuera por mi estaría en la cama todo el día", evoca. Pero cuando suena el 'clack' de las zapatillas adosado a los pedales la cosa cambia. Se vuelve voraz. Insaciable.

La edad no importa
Y lo es aún con los 37 años que lleva a sus espaldas. El carnet de identidad no le cabe en el maillot, vuela cuando esprinta. De un lado para otro. Así son las llegadas masivas, un sálvense quien pueda a izquierda y derecha. Eso hizo Petacchi, el elegante, para desbancar a Cavendish, el marrullero. Y ganó, por fuerza. Simple. A Cavendish le quedó la rabieta y por eso en la foto de la llegada no lo disimuló. Puño en alto, dedos apretujados. Es inglés pero vive en Quarrata, en la Toscana, la región más rica del ciclismo transalpino. Ya ha tomado como suyos los típicos gestos italianos. Protesta.

No hizo ni caso Petacchi, fue a lo suyo. "Yo no quiero líos, que cada uno piense lo que quiera pero no he hecho nada por obstaculizarle. Me he ido a la derecha pero no he hecho nada por obstaculizarle de manera voluntaria". El sprint es así, la ley de la selva. Sálvese quién pueda. Como del calor sofocante que los ciclistas están superando en este arranque de Giro. 37 grados para cubrir la etapa más larga de la 'corsa rosa'. 244 kilómetros. "Es la primera vez en toda la temporada que corro con estas temperaturas", comentó Contador al llegar a meta. "Pero ha sido más duro por el kilometraje que por el calor", sonreía a mueca abierta.

La etapa rotó tranquila hasta Parma, la ciudad del queso y el 'prosciutto', el jamón que, según la leyenda lo cató por primera vez el guerrero Aníbal en el 217 a.C. Al entrar en Parma recibido como un libertario y los habitantes le ofrecieron para celebrarlo jamones en salazón almacenados en barriles de madera. Fiesta. Lo mismo buscó Sebastian Lang. Recibimiento a lo grande. Parmesano y jamón. Desde el primer kilómetro se marchó en solitario el alemán del Omega-Pharma, cargado de botellines para sobrevivir a la aventura. "Unos dos o tres he bebido hoy", comentó Sastre al llegar a meta. A ocho del final le cazaron para enfilar el sprint. Allá donde Cavendish apareció protestando por los cambios de dirección de Petacchi. "Si llego a ser yo me descalifican". Pero no lo fue Cavendish