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Los toros y la libertad

Tiempo de lectura 4 min.

23 de septiembre de 2011. 21:07h

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24/9/2011

La Monumental pondrá mañana fin a cien años de toreo en virtud de la ley aprobada por el Parlamento de Cataluña que prohíbe las corridas de toros a partir del 1 de enero de 2012. La terna elegida por la empresa es un cartel de lujo, con José Tomás a la cabeza, con una respuesta del aficionado abrumadora y un lleno absoluto en las 20.000 localidades. Lo que ocurrirá después de este domingo supone uno de los mayores ataques contra la libertad de los ciudadanos, cimentado no en la defensa y la preocupación por la vida de los animales, sino en la animadversión a lo español y en los complejos atávicos del nacionalismo. La respuesta de estos grupos políticos por el supuesto maltrato a las reses bravas se limita a un símbolo de la españolidad de Cataluña como es la Fiesta Nacional, pero no alcanza, por ejemplo, a los tradicionales «correbous», los festejos típicos de los municipios del sur de Tarragona, que fueron blindados por el mismo Parlamento sólo dos meses después de censurar la tauromaquia. La diferencia entre ambos fenómenos es considerable, pues los toros se rigen por un reglamento, normas y controles que amparan al ganado, mientras los «correbous» son entretenimientos callejeros proclives a los excesos. La hipocresía de estos grupos nacionalistas sólo es comparable a la displicencia y la falta de respeto que han demostrado con esa parte de la sociedad catalana que disfruta y respalda con una representación cultural inigualable y con esa inmensa mayoría de ciudadanos que defiende la libertad. Que políticos nacionalistas, como el alcalde de Barcelona y otros, hayan ninguneado a los aficionados es una actitud que no se corresponde con la responsabilidad de quienes representan a todos los ciudadanos de Cataluña. En cualquier caso, entendemos que esa última tarde en la Monumental no puede ser el punto final, sino que debe ser un punto y seguido. La grandeza y la historia de este singular y magnífico producto cultural que es el toreo merece emprender todos los esfuerzos posibles para reparar una injusticia e impedir que Cataluña sea un poco menos libre que el resto de la nación. Hay un buen número de alternativas antes que resignarse a ejercer de víctima pasiva ante un atropello. Primero, el recurso de inconstitucionalidad interpuesto por el PP en octubre de 2010 contra la prohibición por ser contraria a la libertad de manifestación y creación artística, al acceso de los españoles a manifestaciones culturales y a la libertad de empresa, amparados todos estos derechos por la Carta Magna. Segundo, la Iniciativa Legislativa Popular, impulsada por la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña, para que el Congreso declare los toros Bien de Interés Cultural en todo el territorio. Y, tercero, que el Gobierno del cambio, que surja de las elecciones del 20-N, blinde la Fiesta Nacional como una disciplina artística arraigada en las raíces culturales de España. Hay, por tanto, respuestas para corregir el desatino y la única alternativa rechazable es la de cruzarse de brazos mientras se transgrede el derecho de la gente a elegir o no su asistencia a un acontecimiento inigualable y admirable con millones de aficionados.
 

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