Francia

Una romántica historia de mensajes en una botella

Han sido el mejor ingrediente para todo tipo de aventuras de acción, amor y piratas. El mar. Una botella. Y, dentro, una carta. ¿Se ha preguntado alguna vez qué ocurriría si lanzase un mensaje al agua? El canadiense Harold Hackett lo ha hecho ya en 4.871 ocasiones. Y sorpréndase: 3.100 cartas han obtenido respuesta.

El autor de los mensajes recibió más de 3.000 respuestas
El autor de los mensajes recibió más de 3.000 respuestaslarazon

Un mensaje en una botella. Un S.O.S. desesperado. Una llamada de auxilio. Un náufrago en medio del mar. Alguien demasiado romántico o demasiado desesperado. ¿Quién firmará la carta enrollada que la corriente acaba de traer hasta la orilla?

El nombre que figura en el remite, el de un tal Harold Hackett, no corresponde al de una princesa cautiva. Ni al de un caballero soñador y enamorado. Hackett es un canadiense cincuentón, soltero para más señas, que hace mucho tiempo perdió su figura, que gasta chanclas en verano, raídas camisetas de tirantes que él mismo recorta y un ancla tatuada en el brazo, pero que se transforma en lo que él quiere cada vez que lanza su mensaje al mar. Y cada vez que alguien le responde.

Hackett vive en la Isla del Príncipe Eduardo, en el Océano Atlántico, la provincia más pequeña de Canadá. Desde mayo de 1996 se ha dedicado a coger botellas de plástico, introducir en su interior cartas y, después de estudiar los vientos y las corrientes marinas para asegurarse una travesía larga y productiva, lanzarlas al mar. En sus mensajes no deja nunca un teléfono móvil ni un correo electrónico (no tiene ordenador), sino una dirección postal con la esperanza de que alguien le responda como se ha hecho toda la vida, por carta y correo postal.

Hasta la fecha ha enviado ya 5.000 mensajes de este tipo. Y lo más increíble de todo es que ha obtenido 3.100 cartas de respuesta, algunas de ellas 13 años después del envío original. El milagro del mar se ha hecho realidad en cada una de ellas, no solo por haber mantenido a flote tanto tiempo los recipientes, sino por haberlos hecho llegar a los destinatarios adecuados.

Las botellas cruzan todo el Océano Atlántico

Hackett ha recibido cartas sobre todo del norte de Europa, países como Islandia, Alemania, Francia, Rusia, Noruega, Holanda, Reino Unido, Irlanda, aunque también de África o de las Bahamas. Algunos le han bautizado como el creador de la "red social del mar", aunque sus objetivos son mucho más modestos que eso. Simplemente, seguir emocionándose cada mañana con la esperanza de abrir el buzón y encontrarse no solo una carta del banco, sino la misiva de un desconocido desde cualquier rincón del mundo.

En ellas puede haber de todo. Como los zapatos de madera en miniatura que le envió aquella pareja holandesa y que más tarde cruzó todo el océano para encontrarse con él. O como las más de treinta imágenes de las aguas heladas cerca de Breiðamerkursandur, en Islandia. O dulces de Terranova. O las 14.000 fotos en las que aparecen niños sonrientes, matrimonios felices, inquietas mascotas y barcos, casas y coches con sus orgullosos dueños. "Tengo obsequios de todo el mundo", proclama orgulloso desde su casa, según informa el Toronto Star

 

"Quien quiera que encuentre esta botella…"

Todo empezó en el verano de 1995, cuando Hackett, que tiene ahora 59 años, estaba pescando atún y la marea trajo hasta él una botella con un mensaje: "Quien quiera que encuentre esta botella, ¿podría por favor escribir a la dirección que viene a continuación?". Harold lo hizo. Mandó su carta a un domicilio de la Isla Magdalena, en Quebec, al otro lado del golfo de San Lorenzo. "Recibí su carta, y me ha hecho muy feliz", le respondió semanas después una mujer que, aseguraba, era la primera vez que tiraba al mar un mensaje.

"Me sentí bien", recuerda Hackett, que decidió a partir de entonces emplearse a fondo en repetir la experiencia. Este antiguo pescador, de baja permanente por una curvatura en la espalda, disponía de todo el tiempo del mundo. En sus 59 años de vida no había salido de la isla del Príncipe Eduardo, y no tenía intención de hacerlo.

Empezó escribiendo a mano las cartas, unas 300 al año, pero para mantener un buen tráfico de mensajes decidió enviar cartas fotocopiadas en varios colores dejando un espacio en blanco para poner la fecha. En cuanto al recipiente, utiliza exclusivamente botellas de plástico, que arroja en la zona de costa más cercana a su casa.

Cuánto tardarán esas cartas en ser respondidas seguirá siendo imposible de adivinar para Hackett. Meses o años, quién sabe. Tampoco podrá adivinar cuántas de ellas llegarán a manos de un desconocido. Eso sí: Harold no olvida aquel aluvión de mensajes de respuesta que llegó después de que un huracán visitara esa zona del Atlántico. La crecida de las aguas había llevado hasta la orilla más botellas de lo normal.