España

La última víctima de ETA

La Razón
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Llevamos cuarenta años de terrorismo. Italia enterró a las Brigadas Rojas, Alemania a la Baader Meinhof, Inglaterra al IRA y Francia erradicó al incipiente terrorismo corso. España es diferente. Aquí convivieron la ETA Militar y la Político Militar, el GRAPO, el FRAP, Terra Lliure, el Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive, el MPAIAC en Canarias más el terrorismo de extrema derecha –la Triple A, el Batallón Vasco-Español–, y el de Estado: el GAL. Llevábamos camino de colombianizarnos.
Todo ese terrorismo ibérico fue desapareciendo, menos ETA. Su larga vida se explica por dos razones. La primera y la de más peso, por ser el ariete del nacionalismo vasco y, de rebote, del resto de los nacionalismos; dudo mucho de que las tensiones territoriales en España hubiesen sido las mismas de no haber existido el terrorismo vasco. Esas relaciones entre nacionalismo y ETA se compendian en aquella frase de Arzallus: «unos mueven el árbol, y otros cogemos las nueces» o lo que es lo mismo, los logros nacionalistas eran los frutos del terrorismo etarra.
Pero tan larga vida se explica también por su inspiración marxista. Hace poco recordaba que dentro de esa gran familia hay muchos parientes, unos cercanos y otros lejanos. Van del marxismo-leninismo más radical al socialismo. La pertenencia de ETA a esa gran familia explica el silencio, el mirar a otro lado de décadas y décadas por parte del «pensamiento dominante» en la sociedad española, de corte izquierdista. Sólo ante atentados masivos –HIPERCOR– o especialmente crueles –Miguel Ángel Blanco– empezó a reaccionar; hasta entonces decía que ETA era fascista. Jamás dijeron que fuese marxista o comunista o que aspirase a una república socialista vasca.
Paradigma de la confluencia del apoyo nacionalista e izquierdista fue el Pacto de Estella, en el que junto a Herri Batasuna confluyeron con total naturalidad PNV, Eusko Alkartasuna, Izquierda Unida y otras variadas entidades. Se explica así que durante decenios ese mundo nacionalista e izquierdista haya criticado con mayor o menor intensidad toda iniciativa legal o política, toda acción judicial o policial contra ETA; se explica la oposición de ese mundo a la ilegalización de Batasuna y de sus variadas marcas y se explica su apoyo explícito a Sortu y ahora a Bildu.
Tras cuarenta años de terrorismo el nacionalismo y el pensamiento socialista ven la hora de mutar a ETA en un bloque de izquierda radical que participe de la vida política y que permita o bien una mayoría independentista o un tripartito a la catalana. No plantearán su derrota: unos porque bastante dura fue la caída del Muro de Berlín como para aceptar otra más en su cosmos ideológico y otros porque, al fin y al cabo, es un movimiento de liberación vasco. Y si no hay derrota hay triunfo.
Y en éstas, el Tribunal Constitucional legaliza Bildu ignorando unas pruebas concluyentes que demuestran que es una estrategia de ETA. Esos cuarenta años de terrorismo parecen algo ficticio, parece como si algunos nunca hubieran oído hablar de ETA, no se han enterado de que existe, ni de sus tácticas ni de cómo se camufla. Parecen ignorar que ETA es más que unos comandos, que es, además, un entramado formado por empresas, periódicos, por organizaciones políticas, juveniles, sindicales, sociales, de agitación urbana, de blanqueo, de financiación, etc. Todos son ETA porque ETA es un concepto, es un holding terrorista descompuesto en ramas o divisiones.
Las críticas al Constitucional han sido demoledoras. Se las ha ganado a pulso cuando en los días previos y ante la amenaza de ruptura por parte del PNV, Zapatero dijo que «vamos a darnos un tiempo hasta que resuelva el Constitucional»; cuando se conoce que hubo contactos entre el Gobierno y el Tribunal, cuando la división entre sus miembros se corresponde con los partidos que les eligieron y todo aliñado con la idea de que hay una negociación con ETA. Rubalcaba dice que esas críticas son «abyectas e incompatibles con la democracia»; quizás olvida que las hubo peores como en 1990, cuando se publicó una viñeta que sustituía «Tribunal Constitucional» por «Tribunal Prostitucional». La Fiscalía se querelló y el juez –Baltasar Garzón– archivó apelando a la propia doctrina del Constitucional sobre la libertad de expresión.
ETA ha causado muchos daños directos –mil muertos, miles de heridos y familias rotas y miles de millones en pérdidas– e indirectos: los causados al Estado –ahí está el GAL– o al Estado de Derecho al forzarse a veces las leyes para combatirla o, a la inversa, al ignorarlas cuando convenía. Ahora hasta los beneficiarios de esa sentencia dicen que responde a una estrategia política, con lo que es brutal el daño para el Estado de Derecho y para el propio Constitucional que se consagra como órgano político y como una víctima más de ETA. Es una pieza más del tablero de una lucha política que instrumentaliza el Derecho, que no lo concibe ni como garantía para el ciudadano ni como límite al Poder y que precisa de un Tribunal que convalide su agenda política e ideológica. Y todo el Poder Judicial, representado por el Tribunal Supremo, queda humillado por una sentencia apoyada por su ex presidente.