De las comisiones y la defensa del Patrimonio de Sevilla por Joaquín Egea

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El 27 de febrero de 1869, cuando la Gloriosa limpiaba con aires democráticos la rancia atmósfera que habían dejado los gobiernos de Isabel II, don Federico Rubio, el cirujano conocido en Sevilla como el médico de los pobres, calificaba al catedrático de Teología don Francisco Mateos Gago de «sacerdote extraviado por la ira y el encono; neo y absolutista aferrado a sus ideas». Traducido al lenguaje actual y con énfasis: «talibán».
¿A qué venía tanto insulto del bueno de don Federico? En 1868 la Junta Revolucionaria de Sevilla, en la que figuraba el doctor Rubio, había decidido que las puertas de la ciudad, muchos templos y más conventos fueran derribados para dejar paso al progreso. Había que higienizar la ciudad, ensancharla y darle aires modernos.
Mateos Gago, miembro de la Comisión de Patrimonio de entonces, que nada tiene que ver con la de ahora ya que actuaba al margen de políticos, constructores y burócratas, se opuso a los derribos y especialmente al de la iglesia de San Miguel, joya del gótico mudéjar localizada en la actual Plaza del Duque, en el espacio que hoy ocupa el sindicato Comisiones Obreras. Nada consiguió, salvo los insultos del «progre» de entonces don Federico Rubio y el dolor de asistir a la destrucción del edificio por mor de la barbarie y la incultura.
Bécquer, seis años antes, en su leyenda «La venta de los gatos» anticipó esta fiebre «progresista» de derribos y «reformas» que ha llegado hasta nuestros días. Aunque, sinceramente, hoy es distinto, las comisiones de patrimonio como aquella de la que formó parte Mateos Gago, encargadas de velar por la conservación y buen uso de nuestro patrimonio, ya no están integradas por «talibanes» , sino por burócratas, constructores y políticos, verdaderos «Juan Palomos» ya que tras arrogarse la misión de proteger la ciudad, participan en su destrucción.
De la Comisión de Cultura de la Junta de Andalucía nos tuvimos que salir los representantes de las asociaciones conservacionistas porque, además de no tener voto, las actas de las reuniones no recogían los que decíamos, que es lo mismo que negarnos la palabra o utilizarnos de comparsas (pura democracia la de esta comisión). Los estatutos de la que se ha constituido en el Ayuntamiento los redactó la anterior delegada de la Consejería de Cultura, resultado: la misma democracia.
Sin los representantes de las asociaciones de defensa del patrimonio, sin su voz y su voto libre, seguirá sucediendo lo que ha pasado recientemente en el plan de protección del barrio San Andrés-San Martín: tanto la Comisión de Patrimonio de Cultura de la Junta como la del Ayuntamiento han aceptado sin pestañear que la Casa de los Artistas, rehabilitada por el Club de los Leones (rehabilitación no exenta de polémica sobre su uso y el destino de unos artesonados medievales), aún permanece en ruinas.
Aunque hace unos años finalizó la rehabilitación, para ambas comisiones el tiempo no existe, ni, al parecer, el hábito de lectura que exijo a mis alumnos.

Joaquín Egea es el presidente de la Asociación por la Defensa del Patrimonio (Adepa)