La historia increíble de Sarah Polley por Carlos PUMARES

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Con una larga carrera como actriz, Sarah Polley se dejó caer ayer por San Sebastián, donde presentó su segundo largo, que compite por la Concha de Oro, «Take this waltz», cinta que dirige y escribe (en su primer trabajo, «Lejos de ella», obtuvo dos nominaciones, al mejor guión y a la actriz), aunque le cueste una barbaridad terminarla porque no sabe hacerlo: varias veces parece que se va a acabar; sin embargo, se alarga inncesariamente. Como directora adolece de un problema muy común en el cine, el abuso de angustiosos primeros planos. Lo mejor del filme, Michelle Williams (de quien, por cierto, debería aprender la homenajeada Glenn Close) y lo peor, que la historia, aunque es real como la vida misma, resulta finalmente increíble al espectador, ya que se centra en un matrimonio absolutamente enamorado, cuya esposa acaba por abandonar al marido, a quien ama con locura y a quien engaña primero con su vecino y abandona después. Una comedia que se deja ver, pero que tiene muy poca talla para competir en un certamen como el de San Sebastián.
El día, sin embargo, tuvo como protagonista a la antes citada Glenn Close, que presentó «Albert Nobbs», dirigida por Rodrigo García, una cinta que pasaría sin pena ni gloria si no fuera porque la actriz es coproductora, coguionista y protagonista y a quien tantas veces se ha relacionado con Meryl Streep. Entre ambas media un abismo a favor de la segunda. A la primera, el gran público la recuerda por su papel de Cruella Deville en «101 dálmatas», lo que no deja de resultar curioso para quien lleva en el mundo del cine desde 1982. Su «Albert Nobbs», donde interpreta a una mujer que se hace pasar por hombre, no se hará un hueco en los anales del cine. En resumen: un día de tránsito y prescindible.


Carlos PUMARES