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Así se pagó el rescate frustrado de Cordón: 400 millones por Publio

Así se pagó el rescate frustrado de Cordón: 400 millones por Publio
Así se pagó el rescate frustrado de Cordón: 400 millones por Publiolarazon

A las diez en punto de la mañana esperábamos vestidos completamente de blanco, como habían pedido los secuestradores, en el 121 de la Avenue d¿Italie. El sol de agosto que empezaba a dejarse ver entre los edificios de la avenida anunciaba un día caluroso. Estacionamos el Volvo en una zona de carga y descarga con las luces de emergencia encendidas y salimos a esperar el contacto de los secuestradores. El inspector Muñiz nos había dicho que no le parecía en absoluto aconsejable que hubiese contacto personal con los terroristas por lo peligrosos que resultan cuando están bajo presión. Lo más probable era que nos pidiesen que abandonásemos el vehículo y las llaves en algún lugar y se lo llevasen con los 400 millones. Eso era algo que no pensábamos permitir. Sólo entregaríamos el dinero si teníamos la seguridad de que quien lo recibía era un grapo. Conocíamos las caras de casi todos los fichados por la Policía: Hierro Chomón, Ortín, Concha González, García, Ontanilla, Silva¿ Y muchos otros. Sólo alguno de ellos recogería el dinero. El contacto personal iba a ser inevitable. Esperábamos que la Policía no cometiese errores. Ése era el verdadero peligro. Ignacio me miró e intenté aparentar tranquilidad. Durante el viaje me había dicho que admiraba la determinación de las mujeres de mi casa. A pesar de que yo ya estaba de cuatro meses, nadie podía decir que estaba embarazada. Aquel embarazo debió de ser el menos problemático de la historia. Nadie le había prestado atención, ni siquiera yo misma (...). Habíamos llegado con tiempo, aunque ya habían pasado tres minutos de la hora convenida. Nadie llamaba, nadie aparecía. Cuando hubieron pasado cinco minutos que resultaron una eternidad y empezaba a tambalearse nuestra seguridad sobre todas las certezas que nos habían llevado hasta allí, sonó el timbre del teléfono de una cabina un poco alejada de donde nos encontrábamos. Ignacio me miró. Le hice un gesto de aprobación y se separó del coche para descolgar el auricular. -¿Sí? Bonjour? -dijo él. -Soy Benito. -Hola. Aquí Nicolás. -Ignacio me miró y gesticuló un sí imperceptible con los ojos. Eran ellos. -Coge el sobre pegado bajo la repisa y sigue las instrucciones. Estaremos un tiempo dando vueltas hasta que descartemos la presencia de la Policía -dijeron al otro lado de la línea. La comunicación se cortó. «Esperen instrucciones» Ignacio palpó la repisa y tiró de un papel que habían pegado en su parte inferior. Allí estaba. Se trataba de un folio blanco con unas frases mecanografiadas: «No superen los 30 km. Segunda calle a la derecha Rue de la Vistule. Hasta el fondo. Semáforo. Esquina de la derecha. Grupo de tres teléfonos. Esperen nuevas instrucciones». Ignacio volvió al coche y se sentó en el asiento del copiloto. -Eran ellos. Vamos, tenemos que ir a la Rue de Vistule -dijo en voz alta aprovechando la línea abierta con el inspector Muñiz (...). Arranqué y, con sumo cuidado, me incorporé al agitado tráfico de la avenida. Giré dos veces a mi derecha siguiendo las instrucciones de Ignacio y topamos con las tres cabinas. Un timbre estaba sonando. Ignacio saltó del coche sin esperar a que parara y contestó. -Estamos aquí. -Aquí Benito. Coge las indicaciones que encontrarás sobre la máquina de Coca-Cola del otro lado de la plaza. Ignacio me hizo un gesto indicando que volvía enseguida (...). Palpó el techo de la máquina y cogió el segundo sobre. «Rue de Caillaux. Pasar metro Tolbiac. Señal de taxis. Girar a derecha por Rue Tolbiac n.º 79 11 13. Coche en acera. A unos 10 metros de grupo de dos cabinas». Volvió al coche y de nuevo buscó la ubicación en el mapa. -He visto el Renault negro del hotel de esta mañana -le dije. -¿Dónde? -Ha parado antes de entrar en la plaza, pero lo he visto frenar. Seguro que está allí. Son policías. -¡Me cago en la puta! -la reacción de Ignacio me sobresaltó y noté cómo tenía que hacer un esfuerzo para contener la ira que aquellos moscones de la Policía causaban. -Nos vamos a la Rue de Caillaux pasando por metro Tolbiac. ¡Si os vemos nosotros, ellos también lo harán! -dijo casi gritando con la esperanza de que Muñiz hubiese captado el mensaje y mandara retirar el coche-. Lo vais a mandar todo a la mierda -añadió (...). La mañana estaba transcurriendo a gran velocidad, pero parecía que los Grapo nunca quedaban satisfechos en sus exigencias. «Sólo quedan tres destinos» -Todo está saliendo bien. -Ignacio me cogió la mano sonriendo-. Esta tarde habrá terminado y a lo mejor mañana estaremos abrazando a tu padre(...). Nuestra paciencia empezaba a agotarse cuando el teléfono sonó. -Hola. Aquí Nicolás. -Hola, soy Benito. ¿Qué tal todo? -Eran las primeras palabras superfluas que aquel hombre le decía desde que hablaban por teléfono desde hacía un mes. -Bien. Un poco impacientes. -Bueno, lo habéis hecho muy bien. De momento estamos satisfechos. Sólo quedan tres destinos más para terminar de comprobar unas cosas. Dad una vuelta de nuevo por la Rue de Entrepôt hasta estas mismas cabinas, donde os esperarán nuevas instrucciones. Pero al cruzar sobre el puente de la Avenue Liberté sobre la vía férrea, esperad diez minutos y luego emprendéis la marcha (...). Era la quinta vez que nos hacían esperar diez minutos en un lugar antes de llegar al destino. Suponíamos que era el tiempo que ellos se daban para colocar el sobre con las instrucciones en el último momento antes de que nosotros llegásemos para no correr el riesgo de que algún despistado lo cogiese por error. Giramos a la derecha, cogimos el desvío para subir al puente sobre la línea de tren que unía París con Lyon y paramos a la derecha. En el momento en que pulsaba las luces de señalización de parada, un hombre golpeó la ventanilla. Era Enrique Cuadra Echeandía. -Hola, soy Benito. A los dos nos pilló por sorpresa. Con un fular arrugado oculté el teléfono abierto con Muñiz y salimos del coche mientras, a unos diez metros, veíamos a otro hombre de escasa estatura, delgado pero de complexión fuerte y con el pelo rapado, que se acercaba. Llevaba bermudas, un chaleco lleno de bolsillos y la mano metida en una especie de riñonera negra atada a la cintura. Una sombra de duda sobre si se trataría de un terrorista o de un policía nos atravesó el corazón como si de una flecha ardiente se tratara. -Ése es mi compañero. Respiramos aliviados. Era Silva. El peligro del coche -Tenéis dos opciones -nos dijo Cuadra-. Nos dais las llaves del coche para que nos llevemos el dinero, hacemos un chequeo para comprobar que no hay ninguna trampa y os llamamos para que podáis recogerlo mañana. O nos acompañáis en vuestro coche al lugar que os indiquemos, donde nos bajaremos con las bolsas del dinero. Acompañarles era arriesgado. No nos gustaba la idea de ir en coche con ellos a ningún sitio. Además podíamos ser intervenidos en uno de los controles de Policía que había por toda la ciudad y aquellos hombres eran terroristas e iban armados. Ese viaje podía terminar como el rosario de la aurora, pero no había otra opción, ya que entregar el coche con el dispositivo de seguimiento que la Policía había colocado era sentenciar a mi padre. -Vamos donde nos digáis. Los tres me miraron. -Adelante -respondí con un gran esfuerzo. Apenas podía articular palabra. Me había quedado con la boca seca. Volví al asiento del conductor y Fernando Silva Sande se sentó a mi lado en el del copiloto. Ignacio lo hizo detrás de Silva y Cuadra a su lado. -Sigue adelante -dijo aquel hombre. «...Yo no me cargo a tu mujer» Cruzamos el Sena por el Pont de Nelson Mandela y giramos a la derecha por la Quai de Marcel Boyer dirección noreste. Ignacio observó que Silva seguía teniendo la mano derecha metida dentro de una extraña bolsa. Era un arma, debía de llevarla empuñada y apuntaba a mi vientre. -¿Cuándo sabremos algo de Publio? -se atrevió a preguntar a Benito intentando dirigir su pensamiento hacia otra cosa. -Tenemos que hacer contabilidad y descartar cualquier tipo de seguimiento instalado en las bolsas del dinero. Si todo está bien, como mucho en una semana le soltaremos -respondió el terrorista. -¿Una semana? -Sí, es lo mínimo. -Cuadra le sostuvo la mirada-. Todo está en orden, no os preocupéis (...). -¿Le liberaréis en España? -¡Ya te ha contestado! -Silva intervino en la conversación volviéndose para mirarle a los ojos-. Deja ya tanta conversación. Mira. Llevo aquí empuñada mi arma de combate -dijo sacudiendo la bolsa desde dentro-. Hagamos un trato: no me toques las pelotas y yo no me cargo a tu mujer. El camino duró algo más de veinte minutos (...). Recorrimos París siguiendo el curso del río en sentido contrario a la corriente (...). Había perdido completamente la orientación cuando Cuadra indicó que me detuviera a la derecha en una pequeña parada de taxis vacía. Ignacio bajó con los dos hombres y abrió el maletero mientras me indicaba con un gesto que permaneciese dentro del coche. El peso de las bolsas de billetes era formidable. Nosotros habíamos tenido verdaderos problemas para cargar con ellas desde Madrid, pero eso no pareció importunar a aquellos dos hombres. Cada uno se colgó una de las bolsas en cada hombro y se alejaron con paso tranquilo como si de dos amigos que fuesen a hacer deporte se tratase. Lentamente desaparecieron por la entrada de la estación de metro Gambetta. Lo habíamos logrado.