Europa

El cambio climático no tiene la culpa de todo

El periodista y ex ministro británico Nigel Lawson alerta del «alarmismo irracional» creado sobre el calentamiento global. Aquí van tres ejemplos

El huracán «Wilma» (Florida, 2005) fue atribuido al cambio climático
El huracán «Wilma» (Florida, 2005) fue atribuido al cambio climático

Sería agotador examinar la completa variedad de catástrofes que regularmente pronostican los alarmistas del cambio climático. Por tanto, me limitaré a las tres más dramáticas: un brusco aumento de la intensidad de los huracanes, cuyo precursor sería el huracán Katrina, que devastó Nueva Orleans en 2005; el derretimiento de las capas de hielo del Ártico y de la Antártida, hecho que conduciría a un aumento importante del nivel del mar y causaría millones de muertes por los desbordamientos y las inundaciones de las zonas costeras; y una paralización o incluso inversión de la circulación termohalina del Atlántico, comúnmente conocida (aunque de forma inexacta) como Corriente del Golfo, que según se afirma ha mantenido hasta el día de hoy la temperatura de Europa unos 8 ºC/14,4 ºF por encima de la que le correspondería (por consiguiente, el calentamiento global podría producir en Europa un enfriamiento).Empecemos por los huracanes. En febrero de 2006, al año siguiente de que el huracán Katrina devastase Nueva Orleans, la Organización Meteorológica Mundial celebró un congreso en Sudáfrica donde una comisión internacional de expertos en tormentas tropicales dio cuenta de la investigación sobre los posibles efectos del calentamiento global sobre la actividad global de los ciclones tropicales. En palabras del experto en tormentas tropicales de la Met Office, representante británico de la comisión: «La principal conclusión a la que llegamos es que ninguno de estos ciclones tropicales de alto impacto podría ser específicamente atribuido al calentamiento global». Y añade que «no hay pruebas concluyentes de que el cambio climático afecte a la frecuencia de los ciclones tropicales en todo el mundo», manifestando además que «hay un debate en curso respecto a si afecta a su intensidad».El año del huracán KatrinaLa intensidad relativa de los diferentes «ciclones tropicales de alto impacto», generalmente conocidos como huracanes, durante el pasado siglo es difícil de determinar, ya que antes de 1970 no había cálculos fiables de la velocidad de los vientos huracanados. Pero sí que tenemos estimaciones razonablemente fiables del daño que han causado, que han sido cuidadosamente «estandarizadas» para poder dar cuenta no sólo de la inflación, sino también del crecimiento de la población, la riqueza y en especial el valor de las propiedades en las zonas afectadas.Según este cálculo, que es el mejor disponible, de los diez huracanes atlánticos más fuertes desde 1900, cinco tuvieron lugar en la primera mitad del periodo, y otros cinco, en la segunda mitad. Y siete de los diez tuvieron lugar antes de 1975; es decir, antes del periodo en que comenzó el grueso del modesto calentamiento global del siglo XX. El peor de todos fue, de lejos, el Gran Huracán de Miami de 1926. El Katrina, en 2005, fue el segundo peor, y condujo al pronóstico de que 2006 sería otro año terrible. En realidad, 2006 resultó ser uno de los años más tranquilos de los últimos 20.En gran parte y como consecuencia de esto, el fondo de inversión libre Amaranth, que creyó en las predicciones y apostó cuantiosamente por un incremento brusco de los precios del gas y del petróleo por los consiguientes daños de las instalaciones petrolíferas del golfo de México, quebró en uno de los desplomes financieros más espectaculares de 2006.Las aseguradoras consideran que en el transcurso de los años ha habido un aumento significativo de los daños causados por huracanes, pero esto se debe sencillamente al aumento de la población y del valor de las propiedades en las zonas afectadas, que inevitablemente ha ocasionado un incremento de los costes –muy por encima de la tasa de inflación– de los daños producidos por las tormentas tropicales (...).Clima fluctuante Seguidamente me referiré al derretimiento de las capas de hielo. Claramente, el derretimiento del hielo polar flotante no puede provocar ningún incremento del nivel del mar, del mismo modo que los cubitos de hielo en un vaso de agua no pueden provocar que el agua se derrame al fundirse. Este problema se circunscribe únicamente al hielo polar terrestre.En lo que respecta a la capa de hielo de Groenlandia, no hay evidencia de que el derretimiento, o mejor dicho, la pérdida neta de hielo, esté ocurriendo a un nivel significativo. Quizá esto no sea especialmente sorprendente; en Groenlandia no sólo hace bastante frío, sino que no hay pruebas de que exista en el momento actual el menor calentamiento. El estudio más reciente de los registros de temperaturas de Groenlandia de los últimos cien años e incluso de fechas anteriores descubrió que las décadas más cálidas hasta la fecha fueron las de los años treinta y los cuarenta; 1941 fue el año más cálido. En comparación, las últimas dos décadas del siglo, los 80 y los 90, fueron más frías que cualquiera de las seis anteriores. Aunque en este siglo ha habido un ligero calentamiento, las temperaturas de Groenlandia aún están por debajo de los niveles de los años 30 y 40. Es evidente que el clima de Groenlandia fluctúa de forma imprevisible por razones que parecen tener poco o nada que ver con el efecto invernadero.La Antártida, no GroenlandiaPero la abrumadora masa de hielo terrestre polar (y por tanto el hielo terrestre más significativo en cuanto a su efecto potencial sobre el nivel del mar del planeta) no está en Groenlandia, en el Norte, sino en el vasto continente de la Antártida, en el Sur. Aquí es absolutamente cierto que la capa de hielo de la Antártida Occidental que cubre la península que apunta su dedo hacia el punto más meridional de Sudamérica muestra evidencias de derretimiento y de glaciares en retroceso. Sin embargo, la Antártida Occidental peninsular sólo representa un 10% de la capa de hielo terrestre de la Antártida y tiene un clima diferente al resto de la Antártida. En la mayor parte del 90% restante del continente, según las investigaciones más recientes, la capa de hielo parece estar creciendo.En vista de la evidencia, apenas sorprende que lo peor del Informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), en lo que se refiere a la capa de hielo polar, sea la siguiente conclusión: «Existe una confianza media en que como mínimo tendría lugar una desglaciación parcial de la capa de hielo de Groenlandia, y posiblemente de la capa de hielo de la Antártida Occidental, en un periodo de tiempo que oscila entre siglos y milenios con un incremento medio de las temperaturas globales de entre 1 y 4 grados centígrados.La noción de que pueda decirse algo sensato sobre el probable estado del mundo a miles de años vista, y más aún de que podamos tomar decisiones políticas racionales sobre esta base, es alucinante. Pero mientras estamos escudriñando distancias tan lejanas, vale la pena recordar que incluso el Centro Hadley reconoce que, en una escala de milenios, la Tierra podría perfectamente entrar en otra era glaciar, una perspectiva mucho más dañina que las consecuencias de un calentamiento.En realidad, hay cierto número de prestigiosos científicos especializados en climatología que creen –como el profesor Lovelock y otros creyeron a principios de los años 70– que la próxima era glacial puede estar mucho más cerca de lo que creemos. Pero aunque evidentemente no es imposible, hasta ahora no existe evidencia alguna que sugiera esta posibilidad.Finalmente, echemos un vistazo a la Corriente del Golfo –aunque es más correcto decir la circulación termohalina del Atlántico– y a la circulación de retorno meridional (MOC, por sus siglas en inglés: «meridional overturning circulation»), de la cual forma parte. Aunque hay abundantes pruebas de las fluctuaciones ocasionales en la fuerza de estas corrientes, las investigaciones no aportan muestras de ninguna ralentización secular durante la última década. Ni existe razón alguna para suponer que la habrá, aun cuando se produjera un calentamiento global adicional en las décadas venideras. Una corriente superficialComo ha señalado el eminente oceanógrafo y catedrático Carl Wunsch, la Corriente del Golfo es en su mayor parte una corriente superficial, y por lo tanto es un fenómeno impulsado por el viento, y «mientras el Sol caliente la Tierra y la Tierra gire sobre sí misma de manera que tengamos vientos, la Corriente del Golfo seguirá existiendo». A partir de su informe no está nada claro que el IPCC sea plenamente consciente de esto, pero, en cualquier caso, lo peor que se le ocurre decir al respecto es lo siguiente: «Es muy improbable que la MOC sufra una transición repentina de importancia durante el siglo XXI. Cambios a más largo plazo [¿otra vez milenios?] no pueden analizarse con seguridad» (...).Por consiguiente, está claro que, aun después de examinar cuidadosamente los peores escenarios evocados por los alarmistas, no hay razón alguna para modificar las conclusiones según las cuales en el supuesto más pesimista, y basándonos en el punto de vista mayoritario de la ciencia del calentamiento global, la amenaza existencial a la que el mundo se enfrenta en la actualidad, y de la que es preciso salvar al planeta, es que dentro de cien años la población del mundo en vías de desarrollo no será quizá 9,5 veces más rica de lo que lo es en la actualidad, sino únicamente 8,5 veces.Por lo tanto la cuestión política principal persiste: ¿qué cantidad de sacrificio le podemos pedir, de forma razonable o realista, a la generación presente –especialmente a la generación que en el momento actual vive en países en vías de desarrollo– con la esperanza de evitar estas consecuencias?

Nigel LAWSON

- Título del libro: «Una mirada fría al calentamiento global».- Autor: Nigel Lawson- Edita: Gota a gota.- Sinopsis: El libro combate la «nueva religión del cambio climático», que el autor define como «un éxito de ventas formidable que contiene una pizca de verdad y una montaña de disparates». Lawson, ex editor de la revista «The Spectator», ex ministro con Margaret Thatcher y miembro de la Cámara de los Lores, cuestiona muchas de las teorías que sustentan esta «versión oficial» y asegura que algunas de las medidas que proponen sus defensores no sólo son ineficaces, sino que incluso pueden ser contraproducentes. Entre otras cosas, Lawson sostiene que «la verdad científica no se establece por mayorías» y alerta contra el «alarmismo irracional» vestido de ideología para salvar al planeta.