Historia

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La hiperpotencia

La Razón
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Estados Unidos sigue siendo la potencia indiscutible, en lo militar y en lo económico. Quien suceda a Bush en la Casa Blanca se enfrenta al mantenimiento de esa hegemonía. Para ello cuenta con el surgimiento de una nueva Europa, bien distinta de la histéricamente antinorteamericana de 2003-2004.

El heredero de Bush habrá de gestionar el renacer de un nuevo atlantismo frente a una Rusia que no se va a democratizar. Paradojas de la vida: la nueva actitud de Francia y Alemania habrá apuntalado el legado de los neoconservadores, los más atlantistas y europeístas de la derecha norteamericana.

En cambio, tanto en la base demócrata como en buena parte de los ideólogos de derechas ha cundido una retórica de retirada, incluso aislacionista. Es una tradición muy estadounidense. Ahora va dirigida a un electorado cansado de un compromiso internacional tan costoso como el de estos años.

Aun así, queda el hecho de que el 11-S fue una auténtica declaración de guerra, y que esa guerra (la yihad, la guerra santa declarada por el islamismo radical o islamofascismo) continuará, les guste o no a los pacifistas y a los pragmáticos. Ningún presidente norteamericano podrá ignorarla. Retirarse significaría una derrota moral, pérdida de influencia y aceptar que ha empezado el declive de la superpotencia. También, y de paso, abandonar a Europa a su suerte.

Puede que el sucesor matice la doctrina Bush, según la cual Estados Unidos debe poner su política exterior al servicio del Bien y la causa de la democracia es la mejor estrategia contra el terrorismo yihadista. Pero difícilmente podrá volver a los tiempos del realismo duro, cuando Kissinger, Nixon o Carter estaban dispuestos a pactar con cualquier dictador. El porvenir de Estados Unidos como hiperpotencia está definitivamente ligado a su capacidad para no ceder ante el islamismo.