Descuidos

Puig destaca la importancia de que empresas valencianas se sitúen bien en Marruecos, pues es una plataforma para África
El presidente de la Generalitat, Ximo Puig, y el embajador de España en Marruecos, Ricardo Diez, en Casablanca GVA

La política exterior de un Estado debe estar siempre muy atenta. No caben descuidos ni omisiones. El comportamiento de otros Estados y, en particular, de los países vecinos debe recibir una especial atención. Las decisiones de Marruecos y Argelia en torno al control del espacio marítimo adyacente a sus territorios afectan de manera directa a los intereses e, incluso, a la soberanía de España. La respuesta a determinadas pretensiones de ampliar el control o la jurisdicción sobre algunas aguas debe ser siempre clara y sin matices. No caben titubeos ni concesiones implícitas. Siempre por medios pacíficos, España debe dejar clara su postura y no reconocer situación alguna y, menos aún, las que se pretenden presentar como hechos consumados. El territorio y los espacios forman parte esencial del interés nacional.

Estas son las reglas de juego en el concierto internacional. La debilidad de cualquier Estado se aprovecha, a menudo, por quienes tienen reivindicaciones de control sobre determinados espacios. España no debe dar síntomas de debilidad en estos dos casos ni en ninguno en los que queden implicados el control que le corresponda sobre ciertos espacios conforme al Derecho internacional. El respeto de la Convención sobre el derecho del Mar es imprescindible, pero ello debe venir acompañado de una política exterior sólida y eficaz. Es probable que los «conflictos internos» que tiene nuestro país estén distrayendo a nuestras autoridades encargadas de la política exterior. Esto no debe suceder en ningún caso. Cualquier error o descuido en las relaciones internacionales tiene un precio muy caro. Marruecos y Argelia deben saber, con toda nitidez, que España defiende sus intereses en las zonas que estos países han situado en el terreno de la disputa. Y también ser conscientes de que España asume la defensa de estos intereses. Una diplomacia dubitativa en las palabras es un mal presagio. El discurso de España ha de ser, por ello, nítido y no poner en riesgo los legítimos intereses de nuestro país.