Bnei Brak: cuando priorizar el Torá desató la pandemia

Cerrojazo a un suburbio ultraortodoxo de Tel Aviv al convertirse en un foco de propagación del coronavirus en Israel. El rabino local llamó a ignorar las restricciones ya rezar en las sinagogas

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A mediados de marzo, el rabino Haim Kanievsky, dirigente de una secta ultraortodoxa en el suburbio de Bnei Brak –a las afueras de Tel Aviv- llamó a sus súbditos a ignorar las restricciones impuestas por el coronavirus y continuar rezando en sinagogas y escuelas talmúdicas. Cientos de miles de israelíes ya permanecían confinados ante la suspensión de clases y puestos de trabajo. Pero aquí, los rabinos marcan las normas. Y los talmidim (estudiantes), siguieron estudiando la Torá.

A pesar de que Israel fue catalogado esta semana como el país más seguro en la contención del coronavirus según el Deep Knowledge Group, las imágenes del pasado domingo, en que centenares de jaredíes (judíos ultraortodoxos) participaron en un funeral violando la prohibición de agruparse un máximo de 10 personas, desataron todas las alarmas. Vecinos de la urbe que si acataban las indicaciones, gritaban “¡asesinos!” desde sus balcones a quienes seguían congregándose a rezar, alegando que estaban propagando la pandemia.

Un judío ultraortodoxo con un carrito del supermercado en Bnei Brak
Un judío ultraortodoxo con un carrito del supermercado en Bnei BrakOded BaliltyAP

Bnei Brak, así como otros barrios religiosos en Jerusalén y el resto del país, se han convertido en los principales núcleos de contagio. El viernes, el ministerio de Sanidad informó que se detectaron 966 casos positivos en la ciudad. No obstante, el doctor Raan Sar, director de la mutua médica Macabi, alertó que hasta el 40% de la ciudad –unos 75.000 de sus 200.000 habitantes- podría haber contraído la enfermedad. El motivo: faltan decenas de miles de test por realizarse. Podría ser una catástrofe. En todo Israel, se cuentan más de 7.000 infectados y 39 fallecidos.

Ayer, Bnei Brak despertó con unas inusuales escenas: decenas de puestos de control con más de 1.000 policías que bloquearon los accesos, menos a casos extraordinarios. Durante el cierre, inicialmente impuesto por siete días, solo podrán acceder proveedores de bienes, servicios médicos y periodistas. Además, el general del comando central del Ejército, Tamir Yadai, confirmó ayer que dos batallones de la Armada se desplegaron para proveer “asistencia civil” ante la complicada situación humanitaria que afrontan sus residentes.

Los reclutas no harán cumplir las directrices de la “zona restringida”. Contribuirán en el reparto de medicinas o alimentos, reforzar la realización de test, y eventualmente evacuar a enfermos a instalaciones especiales de cuarentena. Ayer, ya transportaron a 100 residentes, y está por ver si finalmente se trasladará a miles.

Una misión compleja

El general Yadai admitió la “complejidad” de la misión: “Las cosas funcionan distinto en esta ciudad respecto al resto del país. Nos estamos adaptando a sus rutinas”. Con ello, se refería a que tzahal deberá buscar métodos alternativos para transmitir la información a los residentes. Normalmente, elEejército usa internet y la televisión. Pero buena parte del público jaredí rehúye usar las tecnologías: suele informarse mediante discursos rabínicos y paneles callejeros.

Este hecho generó otra sonada controversia. El ministro de Sanidad Yaakov Litzman, líder del ultraortodoxo Judaísmo Unido por la Torá, dio positivo por Covid-19 junto a su mujer. Además de provocar que el primer ministro Benjamin Netanyahu y el resto del ejecutivo ingresaran en cuarentena, levantó la furia de varios oficiales por “ponerles en peligro”, ya que “demostró poca prudencia con las normas y no mantuvo la distancia social”.

Para que Litzman pudiera seguir operando desde su domicilio, un equipo del ministerio de Sanidad acudió de urgencia a instalarle un ordenador y conexión a internet. Desde el “Times of Israel”, su director David Horowitz le reprochó su “fracaso en comunicar efectivamente a su sector el imperativo de tomarse en serio el virus”.

Mientras la Policía ponía en marcha drones para rastrear las densamente pobladas callejuelas de Bnei Brak, el compañero de Litzman, Yaakov Asher, pedía al ministro de Seguridad Interna que los agentes no blandieran armas de fuego para evitar roces. El vicealcalde de la urbe, Gedalyahu Ben Shimon, tildó de “trampa mortal para los ancianos” el cerrojo impuesto.

Desde el Ejército, confirmaron que los enfermos trasladados a cuarentena eran ingresados en hoteles especialmente habilitados para las sensibilidades de este sector, que en gran parte mantiene una estricta separación entre hombres y mujeres.

Apagón informativo

El Ejecutivo, mientras, emitía otra peliaguda petición: que la prensa no informara desde Bnei Brak durante el transcurso del Sabbat –el día de descanso judío-, a petición de residentes locales. “Se pide no reportar en áreas ultraortodoxas desde la caída del sol del viernes hasta el atardecer del sábado”, demandó la oficina de prensa gubernamental.

Preguntado la semana pasada por el cumplimiento de las normas, un rabino confesó a un reportero de “Haaretz” que “cuando la gente empiece a morir, empezaremos a prestarle atención”. Fue el pasado martes. Y 12 israelíes ya habían fallecido por la pandemia.