Cuando los parientes a los que visitar están en el cementerio

Los italianos vuelven a honrar a sus difuntos tras semanas de confinamiento. Los grandes camposantos de Roma han reabierto sus puertas y celebran los funerales que la pandemia les negó para despedir a sus seres queridos

Coronavirus situation, phase two in Genoa
Los italianos han podido visitar a sus seres queridos esta semanaLUCA ZENNAROEFE

Un féretro sale del coche fúnebre directo a la cámara mortuoria del cementerio romano del Verano. Al ritual, convertido en trámite, asisten cuatro familiares, tres operarios y, más alejado, un periodista. Los empleados permiten a los parientes tocar el ataúd por última vez. «Somos los hijos y la mujer. Nuestro padre murió hace días, no por coronavirus, pero solo ahora ha podido recibir un funeral en la iglesia, como todos queríamos», responde uno de los presentes. Desde este lunes Italia ha vuelto a celebrar funerales, con un aforo máximo de 15 personas. Tras más de 30.000 fallecidos desde que comenzó la epidemia, hay mucho trabajo acumulado.

Otra de las grandes novedades de esta semana es la posibilidad de acudir a las casas de familiares o novios. Se armó un revuelo enorme con los límites afectivos delimitados por el régimen de visitas y con el limbo abierto gracias a un derecho a la privacidad que permite al ciudadano no identificar a la persona que va a ver.

Lelio, sin embargo, no tuvo ningún problema a la hora de interpretar la norma. Todos sus allegados están en un mismo vecindario, menos su madre y su padre, a los que hubo que reubicar en otra barriada por falta de espacio. Sus padres están en el cementerio de Prima Porta, el más prosaico de Roma, por así decirlo. Mientras, el resto de los suyos están aquí, en el Verano, un camposanto monumental construido a principios del XIX, en época napoleónica.

En medio de mausoleos y grandes losas que se alzan desde el suelo, Lelio coloca unas flores a unos tíos de su madre. «Desde hace años llevo haciendo este recorrido todas las semanas. Los primeros son ellos, porque para mi madre fueron como unos segundos padres y se lo debo a ella. Luego pasaré a ver a mis abuelos, a mis tíos y, por último, cogeré el coche para ver a mis padres», asegura. Él lleva unos pequeños lirios amarillos, aunque en la tumba no faltan rosas frescas. Lilio nunca se casó ni tuvo hijos y, a sus 55 años, dice que ya se le ha hecho tarde para eso. «Los amigos que me quedan son los del edificio, pero quienes de verdad me importan están aquí», confiesa.

Una costumbre arraigada

El cementerio ha permanecido abierto durante toda la cuarentena, pero acudir a él no era una necesidad de primer orden. En realidad, las únicas excepciones que permite ahora el Gobierno para salir son hacer deporte o las mencionadas visitas, por lo que aplicando estrictamente las normas sería difícilmente justificable venir para cambiar las flores.

Pero, ¿quién le puede negar a Nanda una cita con los parientes, si aquí descansan su marido y toda la familia? La señora, de 76 años, viene acompañada de su hijo. «Le digo siempre que cuando yo me muera, que venga a verme, porque sus hermanos ya se han olvidado de todo y piensan que esto es una pérdida de tiempo», afirma. Ella pasa por aquí una vez a la semana o cada 15 días, lo que cree que «no es muy a menudo». «Ahora estaba poniéndole una flor a un tío mío, al que unos fascistas mataron a palos durante la guerra, y con esto ya hemos terminado», sostiene, mientras se encamina al coche.

Ubicado en el barrio de San Lorenzo, el cementerio fue bombardeado por los aviones nazis durante la Segunda Guerra Mundial. La zona, dominada por la Universidad de La Sapienza, fue siempre un foco de comunistas y partisanos, a los que los alemanes quisieron anular completamente. «Con coraje y abnegación, murió en el campo con honor», se lee en la tumba de un tal Umberto Fornari.

Bajo las bombas nazis

Junto a él hay otros tantos militares que perdieron la vida en la Primera Guerra Mundial. Y al fondo, ya pegada a la tapia que da a la principal vía romana de circunvalación, se abre una explanada con cruces de homenaje al soldado fallecido en acto de servicio. En algunos rincones de su extensión parece que las bombas hubieran caído ayer, pues un enjambre de andamios soporta paredes en ruinas que amenazan con venirse abajo. Muchas de esas construcciones, por llamarlas de alguna forma, conservan una inconfundible estética fascista. Todas las contradicciones de aquellos años, en un mismo lugar.

Delante de uno de esos andamios está Dario, que se ha quedado en el coche con su padre para no arriesgar. En su caso, la visita al cementerio ha sido un encuentro familiar, con los que siguen aquí y los que se fueron. «Mi madre y mi hermano están poniéndole unas flores a mis abuelos. Han sido ellos, mis padres, quienes han querido que la primera vez que nos viéramos en estos dos meses fuera rindiendo un homenaje a toda la familia», dice desde el asiento del conductor. A su lado, un señor muy mayor aferrado a un bastón se mantiene firme contra el reposacabezas. Se niega a hablar al periodista, aunque asiente cuando su hijo cuenta el motivo de la reunión.

Al romano que no tenga a nadie aquí tampoco le han faltado nunca argumentos para darse un paseo por el Verano. Podrá saludar a Marcello Mastroianni, Alberto Moravia o a alguno de los cadáveres exquisitos de la mafia. Aunque la tumba más ilustre está dentro de un moderno mausoleo, con puerta y todo, donde descansan los restos del actor Alberto Sordi, casi uno más de la familia para un buen capitolino. «Silencio, el marqués está durmiendo», reza un cartel frente a la lápida. Nunca le faltaron flores frescas en la puerta. Tampoco hoy.