El coronavirus no pasa factura

La economía ha servido de escudo al presidente pese a su mala gestión del Covid-19

Manifestantes ante una Casa Blanca blindada por miedo a disturbiosMICHAEL REYNOLDSEFE

Aunque aún no sepamos el resultado electoral en algunos Estados clave, parece ser que Joe Biden tendría complicado arrebatarle la presidencia a Donald Trump. Sea cual fuere el resultado, el país se encuentra ante una delicada situación. La división entre los dos bloques políticos es cada vez mayor. La polarización política ha sido la principal protagonista de la campaña electoral, y el próximo presidente tendrá que buscar la forma de intentar cerrar las fisuras abiertas entre los ciudadanos del país.

Y es que, uno de cada cinco estadounidenses vería justificada la violencia en caso de que el partido contrario ganara. En el país de las armas esta cuestión no es baladí. En los últimos años hemos visto como un gran número de ciudadanos se organizaban en milicias privadas, en su mayoría de ideología ultraconservadora y de cortes supremacistas. Estas milicias rondarían hoy en día en torno a unas 100. Milicias de ciudadanos afroamericanos como la NFAC han emergido como respuesta a esta particular carrera armamentística que amenaza con erosionar la soberanía nacional de un Estado que nunca tuvo el monopolio de la violencia dentro de su territorio.

Además, episodios de enfrentamientos violentos entre elementos cercanos a los movimientos Black Lives Matter y Antifa con fuerzas de seguridad se repiten en la que quizás sea la mayor crisis social del país. Estos enfrentamientos han resultado en verdaderas batallas campales en ciudades como Kenosha, y han resultado no solamente en considerables destrozos y en importantes pérdidas económicas, pero también la muerte de varios manifestantes en enfrentamientos con miembros de estos grupos armados. Las tensiones raciales en el país serán, sin duda el principal problema social al que tendrá que dar solución el presidente, poniendo fin a prácticas policiales que parecen estar ligadas a un racismo sistémico en las instituciones y en el país.

Además, la crisis del coronavirus no está superada y Estados Unidos es el país desarrollado más afectado por el virus de Wuhan. La gestión de la pandemia no ha parecido pasarle factura al presidente Trump, que ha conseguido mantener el apoyo de su base a pesar de la recesión causada por la pandemia. La economía ha sido el punto fuerte de Trump en campaña, ya que a través de la inyección de capital en la economía a través de sendos recortes impositivos consiguió un crecimiento considerable alcanzando una media de un 2.5% anual. Con recortes para el 65% de los trabajadores estadounidenses y una rebaja del impuesto de sociedades del 35% al 21%, Trump consiguió no solo una boyante economía, también el respaldo de una importante parte del electorado.

Pero el país se enfrenta ahora a una recesión y medidas tendrán que ser tomadas para reflotar a la, todavía hoy, mayor economía global. El parche de 2.2 billones de dólares aprobado unánimemente por el Congreso y firmado por Trump no fue suficiente, y junto con los ajustes impositivos del presidente y los despilfarros de anteriores gobiernos ha llevado al país a unos niveles de deuda totalmente fuera de control.

Además, el próximo presidente tendrá que reestablecer la posición internacional de Estados Unidos en la esfera internacional. Con la llegada de Trump al poder, Estados Unidos inició un proceso de aislamiento retirándose de hasta 10 organizaciones o tratados internacionales. Trump ha llegado incluso a poner en duda la utilidad de la OTAN, el mayor instrumento de poder global de Estados Unidos, causando una profunda desconfianza en sus socios europeos que ya no ven su aliado transatlántico una fuente de seguridad.

El nuevo presidente tiene ante sí un desafío hercúleo. Tendrá que cerrar las heridas abiertas por las tensiones sociales, reflotar la economía, hacer frente a una pandemia global y recuperar la posición de Estados Unidos en la esfera internacional. Si Trump es elegido presidente todo apunta a que estos problemas no se solucionen, sino que se acrecienten. Y es que el presidente se ha mostrado incapaz o reacio a tender puentes y curar las profundas heridas que afectan hoy a la sociedad del país norteamericano. Trump no ha sido la causa de estas divisiones, ha sido, más bien, una consecuencia de estas tensiones, pero también es cierto que ha sido un agente catalizador de las mismas durante su mandato.

Estamos quizás ante el invierno de Estados Unidos. El presidente tiene ante sí el reto de liderar al país de nuevo a un estío en el que sus ciudadanos puedan, una vez más, convivir y prosperar en el país líder del mundo libre.