Así planeó Trump el bombardeo a una central nuclear

El “New York Times” asegura que Estados Unidos sopesó una ofensiva con misiles pero también cibernética contra las instalaciones nucleares de Natanz

El presidente en funciones de Estados Unidos, Donald Trump, barajó la semana pasada la posibilidad de bombardear Irán. Según el equipo del “New York Times” que destapó la noticia, liderado por los Pulitzer Eric Schmitt, Maggie Haberman y David E. Sanger,

Todos los pesos pesados del Gobierno consultados por Trump, entre otros el vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el general Mark A. Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, se pronunciaron en contra.

El objetivo del ataque barajado por la Casa Blanca, que podría haber sido un bombardeo o un ciberataque, sería Natanz, donde según han denunciado técnicos de la Agencia Internacional de Energía Atómica las reservas de uranio superan ya los 2,5 kilogramos. Suficiente para fabricar dos cabezas nucleares, si bien el proceso de enriquecimiento no estaría concluido antes de la próxima primavera.

Por si no fuera suficiente los técnicos tampoco habrían podido investigar con garantías otra base sospechosa de haber albergado uranio. Todo esto serían ejemplos palmarios de incumplimiento por parte de Irán del acuerdo internacional firmado en 2015, en tiempos de la Administración Obama. El problema es que la Casa Blanca abandonó ese mismo acuerdo en 2018 y Teherán reiteró poco después que, en consecuencia, no encuentra ningún incentivo en seguir cumpliendo con sus compromisos.

Trump, por su parte, ya denunció que el régimen de los ayatolás habría sido desleal y habría ocultado una serie de actividades que podrían violar los términos del pacto.

El informe de la AIE podría demostrar, en parte, que las advertencias del Gobierno de EE UU, respaldadas por Israel, no eran del todo erradas. Como informó elNew York Times”, las reservas de uranio enriquecido multiplican ahora mismo por 12 las que permitía el tratado.

La incertidumbre se acrecienta después de que Trump despidiera la semana pasada al secretario de Defensa Mark Esper, con el que había roto relaciones después de que éste no respaldara la idea de desplegar el Ejército para contener lo disturbios raciales a raíz de la muerte de George Floyd. La caída de Esper ha provocado una cadena de dimisiones de altos cargos en el Pentágono, rápidamente cubiertas con el nombramiento de una serie de altos cargos con un perfil mucho más político, menos técnico.

Entrevistado por la revista “Military Times”, Esper, cuestionado por sus diferencias por Trump y por sus posibles sustitutos, comentó que «podría tener una pelea por cualquier cosa, y podría convertirla en una gran pelea, y podría vivir con eso, pero, ¿por qué? ¿Quién vendrá después de mí? Será alguien que sólo diga ‘sí, señor’. Y luego, que Dios nos asista».

Con ocasión de la eliminación de Suleimani, el presidente Trump firmó el 10 de enero una orden ejecutiva donde arrancaba explicando su convencimiento de que «Irán continúa siendo el principal patrocinador del terrorismo a nivel mundial y que Irán ha amenazado a los ciudadanos y los intereses estadounidenses mediante el uso de la fuerza militar y a través de las milicias respaldadas por Irán».

Por si había alguna duda también reiteró que «la política de EE UU continúa siendo la de denegar a Irán cualquier vía que pueda conducir a Irán a lograr la bomba nuclear y los misiles intercontinentales, así como enfrentar la maligna influencia de Irán en la región».

Para lograrlo no dudaría en usar tanto la fuerza como las sanciones económicas, diseñadas para cortar la financiación del régimen, incluyendo los beneficios derivados del petróleo. De hecho los últimos dos años han sido prolijos en penalizaciones y sanciones impuestas por EE UU contra Irán.

EE UU ya anunció que no renovaría los permisos de los últimos ocho países que todavía compraban petróleo a Irán. Un golpe económico de más de 50.000 millones de dólares que recortaba hasta en un 40% la financiación del país. Por no hablar de las sanciones adoptadas contra el ayatolá Ali Khamenei, «obstáculo supremo para un futuro mejor para los iraníes», según Trump, así contra varios miembros de su gobierno, diplomáticos y militares.

Conflicto bélico de consecuencias imprevisibles

De momento Trump ha escuchado a Pompeo y cía. Convencidos de que existe un riesgo alto de que un ataque, por quirúrgico que sea, provoque un conflicto bélico de consecuencias imprevisibles. Un conflicto que amenazaría el proceso de transición y sería heredado por la Administración entrante. Más todavía cuando el ataque tendría lugar en la inminencia del asesinato del general Qassim Suleimani, abatido el pasado 3 de enero de 2020 por un misil disparado por un dron en los alrededores del aeropuerto de Bagdad, donde viajaba acompañado por Abu Mahdi Muhandis, jefe de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak, que también resultó muerto. Suleimani era el responsable de la Fuerza Quds, rama de operaciones exteriores de la Guardia Revolucionaria y pieza clave en el juego militar y político de Oriente Medio.

Suleimani era el gran valedor de las ansias neocoloniales de Irán y su impronta estaba en el apoyo a las guerrillas anti occidentales y en el papel jugado para la desestabilización de Irak, Líbano, Siria, Palestina, Afganistán o Yemen. Un halcón, para entendernos, partidario de financiar el terrorismo, y cuya muerte a punto estuvo de provocar una guerra con EE UU. Y su fallecimiento estuvo lejos de ser el primero de los problemas militares recientes entre Teherán y Washington.

En el verano de 2019 fue abatido un dron del Ejército estadounidense, fueron atacados seis barcos en el estrecho de Ormuz y misiles con la firma de los socios terroristas de Irán atacaron instalaciones petrolíferas saudíes. Por no mencionar el ataque contra dos bases con presencia militar de EE UU y el asedio a la embajada de EE UU en Bagdad.