África

Somalia: un país enganchado a la droga a niveles institucionales

El nuevo acuerdo comercial con Kenia, que permite a Somalia importar khat keniano a cambio de entregar su valioso pescado, pone de manifiesto la crítica situación que atraviesa el país africano

El Primer Ministro etíope Abiy Ahmed, en el centro, junto a su homólogo somalí, Hassan Sheikh Mohamud, en Mogadiscio.
El Primer Ministro etíope Abiy Ahmed, en el centro, junto a su homólogo somalí, Hassan Sheikh Mohamud, en Mogadiscio. FOTO: Farah Abdi Warsameh AP

No es difícil encontrar qat (o khat) para mascar en Somalia. Este herbáceo de apariencia simplona se apila en generosos manojos en los puestos a pie de calle, donde las vendedoras ofrecen su producto con una sonrisa insinuante y esa chispa irresistible del comerciante veterano.

Apodado como “la cocaína africana”, comprarlo en Somalia equivale para muchos a hacerse con una bolsita de té o un puñado de arroz para arrojar en la olla de la comida diaria, es algo natural para importantes sectores de un país donde, según los estudios más recientes, en torno a un 35% de la población consume qat de forma habitual.

Cuerno de África
Cuerno de África FOTO: T. Nieto | Antonio Cruz

La sensación que se obtiene al masticarlo es similar a la de la cocaína mascada o, como comenta Mohammed, un anciano etíope con los dientes amarillos y moteados por pedacitos verdes y sentado alegremente en una acera de la periferia de Mogadiscio, un puñado de qat equivale a “beberte de golpe cinco tazas de café”. Lo dice con los ojos chispeantes y rebosantes de juventud artificial, en brusco constante con su rostro arrugado y la boca desdentada que parlotea sin cesar.

Habla y habla sin parar, y de su boca salen disparados trocitos verdes que aterrizan en la acera y se mezclan con el polvo de la ciudad. Él y muchos como él excusan su vicio asegurando que mascar qat viene intrínseco a su cultura, tratándose de una actividad que se remonta a la antigüedad. Pero Mohammed se equivoca: el consumo de qat no se generalizó en Somalia hasta la década de los 60. Antes se masticaba de forma limitada en las zonas norteñas del país.

Durante los últimos años del siglo pasado comenzó a extenderse su consumo, hasta que, llegados a 1991, durante el colapso del Gobierno central (seguro que muchos han visto la película de Black Hawk derribado), el alto nivel de desempleo y los traumas derivados de la guerra civil somalí llevaron a que los números de consumidores de qat se multiplicaran.

No es la primera vez que el trastorno de estrés postraumático empuja a amplios sectores de la población a las sustancias nocivas: un estudio realizado recientemente por el Departamento de Veteranos estadounidense señaló que los veteranos de guerra varones tienen el doble de posibilidades de caer en el abuso de alcohol y drogas, mientras que las posibilidades se multiplican por cuatro en el caso de las mujeres.

Un gobierno indiferente

Zeynab Ahmed Noor, Director de la Sección de Salud Mental y Abuso de Sustancias, integrada dentro del Ministerio de Salud somalí, hace hincapié en esta relación entre momentos de crisis social y un aumento del consumo de qat: “tras el colapso de 1991, muchos somalís comenzaron a usar el qat para relajar el estrés emocional y escapar de la realidad que vivían; sin embargo, esto ha resultado en consecuencias catastróficas”.

Asimismo, confirma que las siguientes generaciones se iniciaron en su consumo al observar las dinámicas de sus mayores, sintiendo de alguna manera que “debían hacer lo que fuera que hicieran sus padres y abuelos”.

Imagen de archivo de la droga «khat»
Imagen de archivo de la droga «khat»

La edad promedio para comenzar a masticar qat es de 17 a 20 años, siendo la mayoría de ellos hombres. Unos empiezan antes, otros después. Pero pocos pueden quitarse el vicio si no es con programas de ayuda especializada. Programas que apenas existen en Somalia. No se dan esfuerzos a nivel institucional que luchen contra el consumo de drogas y más concretamente contra el consumo de qat, aunque algunas ONG locales (y tímidas iniciativas gubernamentales, como subir el impuesto asociado al qat) pretenden parchear el enorme boquete que arrastra al país a la deriva.

Es muy fácil consumir qat en Somalia, fácil a niveles que provocan un escalofrío, donde un kilogramo de los que venden las graciosas vendedoras tiene un coste aproximado de entre 9 y 10 dólares. Fácil a niveles en los que un estudio de Plos Medicine que entrevistó a 8.723 miembros del Ejército somalí resultó en que un 36,4% de los encuestados habían consumido qat en la semana previa.

El qat no se cultiva en Somalia, sino en los países vecinos de Kenia y Etiopía, que gustosamente firman tratados comerciales con el maltrecho gobierno de Mogadiscio. Aquí ofrecen qat a cambio de otros bienes. Por ejemplo, el pasado 24 de julio se firmó un nuevo convenio entre Kenia y Somalia donde (después de dos años donde la tensión diplomática entre ambos Estados cortó las importaciones somalíes de qat keniano) el primer país recibiría pescado somalí a cambio de enviar qat a la desdichada Somalia. Fácil a niveles donde la compra de droga se ha institucionalizado como quien importa recambios de automóvil, y donde el mono y sus sudores les ha llevado a ofrecer pescado (alimentación, salud, vida, seguridad, futuro) a cambio de una planta con sabor a tierra ácida y que se te queda atascada entre los dientes.

Fácil a niveles en los que solo la asociación etíope Nyambene Miraa Traders calculó en 2020 que sus exportaciones de qat a la capital somalí, Mogadiscio, asciende a la aterradora suma de 250.000 dólares diarios. Masca y masca el viejo Mohammed sentado en su acera podrida, procurando olvidar su hambre con el vicio que tanta hambre le da.