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Eje Múnich-Viena-Roma: Los «tipos duros» toman Europa

La «tolerancia cero» contra la inmigración ilegal se impone en la UE tras la llegada al poder de partidos populistas en Austria e Italia. La debilidad interna de Merkel y la creciente brecha norte-sur favorecen las soluciones nacionales

  • Miles de solicitantes de asilo procedentes de la vecina Hungría colapsaba los andenes de la Estación Central de Viena el 13 de septiembre de 2015 / Reuters
    Miles de solicitantes de asilo procedentes de la vecina Hungría colapsaba los andenes de la Estación Central de Viena el 13 de septiembre de 2015 / Reuters

Tiempo de lectura 4 min.

15 de julio de 2018. 04:23h

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Mirentxu Arroqui.  15/7/2018

«Algunos pueden pensar que soy muy duro en mis propuestas, pero créanme, si no las acordamos, entonces se verán algunas iniciativas realmente duras de algunos ‘tipos’ realmente duros». Son palabras del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, antes de la cumbre del 28 y 29 de junio en Bruselas, refiriéndose al desafío de los movimientos migratorios. En su misiva de invitación a los líderes europeos, el político polaco tampoco se anduvo con rodeos: «Más y más gente está comenzando a creer que sólo una autoridad de mano dura, anti europea y anti liberal en espíritu y con tendencia al autoritarismo es capaz de parar la ola de inmigración ilegal. Si la gente los cree, que sólo ellos pueden ofrecer una solución efectiva a la crisis migratoria, también creerán cualquier otra cosa que digan. Hay mucho en juego. El tiempo es escaso».

¿Están ganando los chicos duros? ¿O ya han ganado y nadie se había dado cuenta hasta ahora? «La crisis de refugiados ha sido muy disolvente para la UE», explica un alto cargo diplomático en referencia a la doble brecha Este-Oeste y Norte-Sur tras la oleada de llegadas en 2015. «Los países europeos tenemos experiencias históricas muy diferentes en cuanto a las migraciones y sus consecuencias. Yo quizás no hubiese escrito una carta en los mismos términos que Tusk. Pero tengo que respetarlo, tenemos que escucharnos los unos a los otros. Estamos en un momento de paciencia estratégica».

El 1 de julio, Austria cogió el relevo de Bulgaria al asumir la Presidencia semestral de la UE. Al frente del Ejecutivo, el jovencísimo canciller Sebastian Kurz, de tan sólo 31 años, que gobierna gracias a una coalición con la ultraderecha, que ostenta seis carteras –entre ellas, Interior, Exteriores y Defensa–, aunque el propio Kurz conserva las competencias sobre Asuntos Europeos. En 2000, un escenario muy parecido, suscitó la fiera oposición de las capitales europeas que, por primera vez, impusieron sanciones diplomáticas a un socio del «club». En el año 2018, la ultraderecha en un Gobierno europeo ha sido acogida como un pariente incómodo con el que hay que entenderse o, al menos, con el que hay que intentar guardar las formas en las reuniones familiares. Kurz propone que en un futuro cercano ninguna demanda de asilo sea tramitada desde suelo europeo y privilegiar unas nacionalidades sobre otras según su capacidad de adaptación.

Alemania, Austria e Italia han mantenido reuniones esta semana en la ciudad transalpina de Innsbruck con el objetivo cerrar la ruta del Mediterráneo y volverán a reunirse el jueves para intentar llega a un acuerdo. Algunos alertan de un nuevo frente en la UE con resonancias históricas escalofriantes. Marie De Somer, analista del European Policy Centre, no tiene claro que sea posible una nueva entente. Cree que los tres países apuestan por el control de fronteras, pero a su vez Roma pide solidaridad ante los buques que siguen llegando a sus costas, lo que cuenta con la oposición contumaz de Viena. Por eso esta posible alianza resulta «tan paradójica» y no descarta todavía «un gran conflicto».

En el tablero europeo, la canciller alemana, Angela Merkel, se encuentra en un momento de máxima fragilidad tras el chantaje de su ministro del Interior, Horst Seehofer, perteneciente al partido bávaro CSU, que amenazó con el cierre de fronteras de manera unilateral si la canciller no conseguía acuerdos bilaterales para la devolución de demandantes de asilo a los países de entrada. España y Grecia han salido al auxilio de Merkel, pero habrá que convencer a Italia. «Me ha sorprendido mucho que un político local pueda desafiar a una líder europea tan importante como Merkel», reconoce Karel Lannoo, experto del «think tank» Centre European Policies Studies (CEPS). «Estoy en contra de estos acuerdos entre países, no me gustan, debe haber una política común con las mismas reglas», prosigue Lannoo.

La debilidad de Merkel no es el único quebradero de cabeza para Bruselas. El Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), tras años de boicot, ha conseguido que nadie en la UE contemple la puesta en marcha de cuotas obligatorias para la acogida de refugiados y en Roma ha triunfado un ejecutivo populista que bloquea el acceso a sus puertos a los buques de migrantes que siguen llegando a las costas italianas.

Para Elena Sánchez, investigadora del «think tank» CIDOB, este fenómeno no es nuevo. Comenzó aproximadamente hace diez años, no en los países del Este, sino en Estados ricos como Francia, Países Bajos, Suecia o Suiza. Cita como ejemplo a Nicolas Sarkozy como uno de los políticos pioneros que «adoptó parte del discurso de partidos de la extrema derecha, en su caso el del Frente Nacional, por miedo a perder cuota de poder». Por eso prefiere evitar la palabra «contagio» referida a la «línea dura» contra la inmigración que se está extendiendo a otros países europeos. «No son los países del Este, sino las opiniones públicas alimentadas por ciertos partidos políticos. En Austria e Italia, ese discurso moviliza el voto, por eso los discursos se están alineando y polarizando».

Con una Merkel que ya no marca el paso en la UE y un Emmanuel Macron con dificultades para hacer triunfar sus tesis de reforma de la zona euro, el motor franco-alemán sigue marchando a ralentí. Las capitales europeas parecen decididas a explorar el camino de los acuerdos voluntarios entre países cuando no se pueda llegar a una solución común, ya sea en los centros de refugiados o en otros ámbitos como la Defensa. La UE tan sólo parece sentirse cómoda en el repliegue defensivo ante enemigos comunes: Londres en el caso del Brexit o Donald Trump en la guerra comercial. Los antagonistas se han convertido en los más fieles aliados.

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