Internacional

“El gran problema de Europa es que no existe una opinión publica común”

Entrevista con José Esteve Pardo, catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Barcelona

Entrevista con José Esteve Pardo, catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Barcelona

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Europa vive tiempos difíciles, marcados por la incertidumbre generada por la ola nacionalista, el Brexit y el nuevo tablero hegemónico que amenazan con desestabilizar la eurozona. Ante esa desorientación, es común mirar hacia el pasado, en un esfuerzo de encontrar respuestas que ayuden a resolver los paradigmas actuales. Esta mirada histórica nos la presenta José Esteve Pardo, catedrático de derecho administrativo en la Universidad de Barcelona, con su libro “El pensamiento antiparlamentario y la formación del Derecho Público en Europa”. Esteve recibe a LA RAZÓN en el Hotel de las Letras de Madrid para intentar ilustrar ciertas lecciones que se aprendieron en dicho periodo de entreguerras y que pueden servir de lección a nuestra Europa actual.

•¿Cómo surge ese pensamiento antiparlamentario?

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Apareció con la irrupción de la sociedad de masas. Hasta entonces, el parlamentarismo giraba entorno a la búsqueda de la razón a través del debate y la discusión. De ahí salía la mejor ley y permitía que una minoría de parlamentarios pudiesen convencer a la mayoría. Pero esto cambia con la irrupción de las masas y de los partidos políticos tal y como los conocemos hoy en día. Entonces lo que impera ya no es la razón, sino la mayoría y la negociación.

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•¿En la actualidad tenemos esa crítica al Parlamento?

Sí, aunque diferente. En aquella época, había una corriente que decía que el parlamentarismo no era un elemento esencial de la democracia. Esta corriente deriva, por ejemplo, a través del jurista alemán Carl Smith, en el nazismo -una democracia de aclamación constante al caudillo- y que al final condujo al desastre. Sin embargo, en la actualidad hay dos corrientes antiparlamentarias. La primera defiende que el parlamentarismo tiene que desaparecer porque no tiene utilidad. Y la segunda defiende que hay que mantener ese parlamentarismo como un elemento esencial de la democracia, pero añade que debe modularse y adaptarse a los nuevos tiempos.

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•¿Qué similitudes ve entre el periodo de entreguerras y la actualidad?

Hay ciertas similitudes, como la situación de crisis, las trasformaciones significativas en el espacio de la comunicación, o los grandes cambios derivados de la migración. Pero la diferencia es que no contamos con los traumas de aquella época ni tampoco con la existencia de nuevas doctrinas e ideas. De hecho, el nazismo y el fascismo no pretendían instaurar el orden tradicional, sino que miraban hacia delante. Quizá, lo que abunda actualmente sean los elementos reaccionarios, como el Brexit que no es más que una vuelta atrás.

•¿Cómo ve los movimientos nacionalistas actuales?

En cierta medida, la desconfianza y la critica que se dio en el periodo de entreguerras contra el parlamentarismo y el republicanismo, dado que es una época en la que caen las monarquías, tiene muchos aspectos similares a los de la crítica de hoy en día sobre la integración europea. Esa critica a Europa es reaccionaria. Es decir, no plantea nuevos horizontes, sino que pretender retroceder en la integración.

• En su libro describe que en dicho periodo histórico se asistió al fin de un ciclo y al comienzo de otro. ¿Sucede esto en la actualidad?

Tenemos la percepción, especialmente en las universidades, de que se está llegando a final del ciclo, pero no hay modelos alternativos novedosos. Quizás porque a lo mejor aún no hemos terminado de superar el trauma de ese período de entreguerras y el desastre de los movimientos autoritarios. Esto podría explicar porque no existe una crítica a los elementos más canónicos del sistema, como por ejemplo al parlamentarismo. Éste está muy debilitado, prueba de por qué actualmente el poder lo sigue teniendo el Gobierno, cuando, en realidad, debería descansar en el órgano que sustancia la representación política general, que es el Parlamento.

• ¿Actualmente existe un pensamiento antiparlamentario?

Hoy en día, parte de la crítica al sistema parlamentario liberal se ha asumido y se ha incorporado a la Constitución. Por ello, no hay como tal una crítica y movimientos antiparlamentarios, sino que existe la percepción de que el Parlamento esta muy debilitado.

• ¿Los promotores de esa critica actual utilizaban las mismas técnicas que los del período de entreguerras?

En absoluto. Ese pensamiento crítico era fundamentalmente académico. Los parlamentos en el siglo XIX estaban ocupados por intelectuales, profesores, altos funcionarios y abogados influyentes. Pero, con la irrupción de esa sociedad de masas, todos los intelectuales se marchan y empiezan a desvincularse de este lugar. En la actualidad, no hay académicos, sino partidos políticos.

• ¿Existe un paralelismo entre el ambiente derrotista e inseguro que llevó al poder a Mussolini con que actualmente Salvini lleve la voz cantante en Italia?

Italia es un Estado muy reciente y con una profunda división. Es un Estado en el que el sistema parlamentario estuvo muy desprestigiado desde el principio, sobre todo porque era mal visto por toda la Italia del centro y del sur, considerándolo como un montaje de la burguesía del norte. Y ahora sucede lo mismo con Europa. Hay gran parte de Italia que piensa que el proceso de la integración europea beneficia solo a los intereses de la gran burguesía industrial como Milán o Turín. Y esta crítica italiana hacia la unificación europea es similar a lo que se creó con relación al proceso de unificación italiano y su consiguiente integración en torno a un Parlamento.

• ¿Cree que, más allá de los nacionalismos, existe una defensa de la unidad europea?

La unificación política en Europa está costando mucho dinero. Todo el ámbito económico y tecnológico va un ritmo superior al de la unión política debido a las condiciones históricas, culturales e identitarias. Sin embargo, hay una fuerte defensa de la Unión Europea, pero fundamentalmente proviene de los sectores ilustrados. Es decir, aquellos que no sales de sus pueblos tienen más dificultades a la hora de percibir las ventajas de la unificación europea. Esto explica el Brexit. Los que son más partidarios de la salida son de sectores más tradicionales, de zonas rurales que tiene una situación distinta a las personas de las grandes ciudades.

• ¿Qué debates se deberían plantear para hacer frente no solo a los movimientos nacionalistas que intentan desquebrajar Europa, sino para conciliarse con esa masa crítica?

Europa tiene mucho que hacer. El gran problema de Europea es que no existe una opinión publica europea, o, como lo llaman los alemanes, un espacio público común. No hay prácticamente ningún tema en el cual todos los europeos discutamos. Y esa falta de debate hace que las propias elecciones europeas se planteen en clave nacional. Europa tiene que ser como una familia, en la que los hermanos no se reconozcan por la sangre, sino por las experiencias y las historias comunes.

• ¿Qué lección del período de entreguerras podríamos aplicar a la Europa actual?

En primer lugar, hay que ser muy cauteloso con los cambios y las reformas que se hagan para evitar caer en las ideas radicales. Y, en segundo lugar, el período de entreguerras fue una época muy rica en ideas, pensamiento, en arte, y en ciencias. Actualmente, ese nivel de producción científica intelectual y filosófica no esta al mismo nivel. Lo que ha habido recientemente es un desarrollo tecnológico y las humanidades han retrocedido. Y desde el punto de vista del derecho no hemos pasado de la época de Weimar. Es decir, que tenemos la percepción de que estamos ante lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no acaba de emerger. No ha habido mucha renovación de ideas y esto afecta enormemente.