Internacional

En el frente ucraniano de Hulliapole: «Atacan hasta con bombas de fósforo»

LA RAZÓN se encuentra con el Ejército ucraniano en el sur que ha logrado repeler a los rusos y evitar que tomen Zaporiyia, una región clave

Un soldado ucraniano de una unidad de inteligencia se esconde en la hierba durante una operación de patrulla y vigilancia en las afueras de la región separatista de Donetsk (Donbás)
Un soldado ucraniano de una unidad de inteligencia se esconde en la hierba durante una operación de patrulla y vigilancia en las afueras de la región separatista de Donetsk (Donbás) FOTO: Daniel Ceng Shou-Yi / Zuma Press Daniel Ceng Shou-Yi / Zuma Press

Se acerca un coche antiguo y pequeño. Pintado de un color de camuflaje demasiado vibrante y con la matrícula tapada de forma grotesca: parece que el coche está sonriendo y es animado. Lo único que indica que había vivido muchas batallas son los vidrios rotos. Andriy y Petro –los militares de las Fuerzas de Asalto Aéreo de Ucrania– llegan para recoger la ayuda humanitaria: la comida y algo de ropa para su grupo, que desde el 6 de marzo defienden Hulliapole, una de dos ciudades de la región de Zaporiyia que todavía no está ocupada por el Ejército ruso. El primer día los habitantes de la ciudad ya han visto los tanques con los símbolos «V» y «Z» pasando a las afueras de la ciudad. Tres veces consiguieron entrar, hubo combates callejeros pero el Ejército ucraniano consiguió alejarles de la ciudad.

Hulliaypole es un punto estratégico, el avance de tropas no solo abre el camino a Zaporiyia, sino también da otro acceso a Donbás. La gente de la región ya llama la defensa de Hulliapole «heroica» y monta sus propias teorías –hasta místicas– sobre cómo los soldados ucranianos consiguen parar la ofensiva rusa.

Los voluntarios invitan a los soldados a «pyrogy» (empanadas con patatas y carne tradicionales). Las prepara la madre de Yulia, una voluntaria de Hulliapole de 40 años. Al principio de la guerra la mujer preparaba 400 empanadas por la mañana y otra parte por la noche para llevar a la gente que estaba en los sótanos algo de comida. Yulia dice que están haciendo todo «lo posible e imposible» para parar a las tropas rusas en la región. Reconoce que la mayoría hace lo mismo pero no todos de Hulliapole apoyan a Ucrania.

«Entré a mi casa con los del Ejército… Unos 15 minutos después se produjo «la llegada» [el ataque]. Algún local avisó a los rusos que soy voluntaria e indicó dónde está mi casa. Me escondí en el sótano, tuve tanto miedo que no pude salir durante las siguientes diez horas. Escuché a mi marido con los soldados recogiendo los escombros de mi casa, aunque ya no había peligro no me atrevía a salir…», cuenta Yulia. Mientras los soldados ucranianos llenan el depósito, les convencemos para que nos lleven a su posicionamiento en el frente de batalla a pesar de sus primeras reticencias. «Ayer la situación estuvo muy complicada. Es que atacan con todo, hasta las bombas de fósforo para que no se pueda quitar el fuego», comenta Andriy. Además de los ataques por el aire, unos 34 tanques rusos salieron de Mariupol, y cinco de ellos consiguieron acercarse al frente y durante unas horas dispararon sin parar.

De camino, Andriy cuenta que está en el Ejército ucraniano desde 2015. En la casa le espera su hijo de 8 años, ya que es padre soltero, le está cuidando su madre. Andriy habla ruso porque es de una región rusoparlante, cuenta orgullosamente que su «hijo solo habla ucraniano». Su compañero Petro lleva relativamente poco en el Ejército, firmó un contrato hace un año y medio. Se le nota el cansancio y está de muy mal humor. Hace un mes su mujer dio a luz a su bebé, no tuvo la oportunidad de verlo todavía y reconoce que lo único que le importa ahora es ver a su familia.

«Estamos luchando en el frente sin parar, ojalá pudiera salir un día para conocer a mi hijo por lo menos», dice molesto. «Aquí está la calle donde tuvimos la primera batalla… Es un hospital destrozado, sin ventanas –lo atacaron ya varias veces… Allí la gente estaba recibiendo la ayuda humanitaria y se produjo ‘’la llegada’', había heridos y muertes», Andriy nos guía por las calles de la ciudad y las casas destruidas. No nos deja salir del coche para no llamar mucho la atención. «Hay colaboradores, hacen las fotos de nuestra técnica y nos venden por 500 grivnas (25 euros)», comenta Andriy. Un hombre de aproximadamente 60 años sale de su casa y como confirmando sus palabras nos saca una foto con su móvil. Al final, llegamos a la línea del frente. Se escuchan varias explosiones. Pero Petro nos asegura que, de momento, no hace falta preocuparse. Tenemos tiempo, añade. A pesar de que los soldados se intercambian bromas se nota una tensión rara.

«Uno no se puede acostumbrar a estos sonidos, pero ya lo tomamos con calma. Hasta los civiles. Explosiones todo el rato y ellos siguen trabajando en el campo. Es el destino, al final. Del destino no se escapa», comenta uno de los soldados de 38 años, que prefiere no revelar su nombre y lleva en el Ejército desde 2015. Antes tuvo su propio negocio pero decidió dejarlo todo para alistarse. Aunque el salario los primeros años no «fue como ahora», no llegaba ni a la mitad de sus ingresos previos. Dice que en Hulliapole los militares están muy motivados. «Los rusos no tienen ninguna oportunidad aquí.

En Hulliapole se ha reunido gente decente y buena. Uno por todos. Tenemos un espíritu de lucha, y lo mantenemos», contesta. Según él, entre los problemas principales, es que todo lo que llega al frente es ayuda humanitaria y les faltan muchas cosas. «¿Porque luchamos? Es muy fácil, ¿si no nosotros entonces quién?», dice el soldado Ivan, en el Ejército desde 2014. Cuando volvió de la primera campaña no pudo dormir, tenía contusiones e insomnio, estuvo bebiendo seis meses y no pudo ni coger a su hijo. Luego poco a poco «mejoró» e hizo otro contrato. Los últimos dos años se mantuvo al margen de las batallas. Hasta ahora. En su casa le esperan su mujer y tres hijos. Cuando empezó la guerra –junto con su hermano acudieron al centro militar para defender su patria. Su esposa le apoya completamente. «Volví aquí y por fin puedo dormir más o menos», añade Ivan de 34 años y sigue: «Mi motivación es matar a los más rusos posible. Les odio desde pequeño. No tienen ni código de honor, ni nada».

Para él, honor significa luchar contra los soldados, no contra las mujeres y niños. «Si sobrevives luego vas a vivir con orgullo que luchaste contra los militares, y si te toca morir pues también lo haces con orgullo», comenta Ivan. Lo que odia son «las órdenes estúpidas» y confiesa que uno de los problemas más importantes «es la ausencia de los comandantes decentes». Lo mejor del Ejército son «los compañeros» y «la conciencia de que la gente de los terrenos liberados ya puede vivir libremente».

De repente nuestra conversación se interrumpe… Un soldado de unos 35 años aproximadamente se acerca con ganas de hablar. Sus compañeros le comentan que está delante de la prensa. «¿Prensa? Me alegro mucho. ¿Porque estáis aquí? A nosotros no nos hace falta preguntar nada. Ve hacia dónde están los generales y a ellos les hacéis las preguntas», dice el soldado de una manera muy sarcástica. Su compañera se acerca y nos explica que nuestro tiempo se ha acabado. «Cielo, deja de fumar porque no te crecen las tetas, y ya es el momento de iros de aquí. Se hace tarde», dice Petro. De camino, Andriy se disculpa y nos explica que «los chicos están muy tensos» ya que han perdido muchos compañeros. Hubo un intento de ataque de los ucranianos. Sin embargo, los rusos ya sabían sus disposiciones de antemano y les esperaron. Había muchos «300» (en el lenguaje militar, «gravemente heridos»). En unos 30 minutos de viaje, el coche se les para dos veces. «No hay gasolina para volver», comenta Andriy y para un coche civil para pedirles unos cinco litros de gasolina. En la ciudad se escuchan explosiones cada vez más cerca.