Éxodo masivo en Katmandú ante la falta de asistencia

Un grupo de nepaleses espera la ayuda humanitaria que llega en helicóptero en el pueblo de Gumda, cerca del epicentro del terremoto de 7,9 en la escala de Richter
Un grupo de nepaleses espera la ayuda humanitaria que llega en helicóptero en el pueblo de Gumda, cerca del epicentro del terremoto de 7,9 en la escala de Richter

Miles de personas tratan de huir de la capital por la escasez mientras crece la tensión por la gestión del Gobierno.

Cinco días después del terremoto que sacudió Nepal, miles de nepalíes comenzaron a enterrar a sus familiares fallecidos al mismo tiempo que decenas de miles de personas trataban de abandonar la capital, Katmandú. También ayer comenzaron a surgir dentro del país las primeras críticas por la lentitud del Gobierno central en la gestión de la tragedia y la falta de un plan para coordinar la ayuda que llega del exterior a través de las ONG. El malestar de algunos se pudo apreciar ayer en las calles de Katmandú, cuando al menos 200 personas se manifestaron en las inmediaciones del Parlamento para pedir que las autoridades habiliten autobuses para que puedan regresar a sus casas en las zonas rurales y para que la ayuda se distribuya cuanto antes: «El Gobierno no nos ha dado alimentos», aseguró Udhav Giri, de 34 años. Las autoridades siguen evaluando la magnitud de la tragedia: «Es un desastre de una escala sin precedentes. Ha habido debilidades en las tareas de asistencia», reconoció el ministro de Comunicación de Nepal, Minendra Rijal.

Mientras tanto, en el pequeño aeropuerto de Katmandú se siguen acumulando los aviones con ayuda humanitaria que llegan desde otros países. En muchos casos, el material permanece bloqueado en el aeropuerto a la espera de que pueda ser distribuido. En las zonas montañosas, el Gobierno se esfuerza en entregar dicha ayuda, pero los helicópteros han tenido dificultades a la hora de aterrizar en algunas ciudades. En este contexto, han ido surgiendo tensiones entre nepaleses y extranjeros tras nuevos escenarios de avalanchas en distintas zonas del país, según contaron equipos de rescate a la agencia Reuters.

Miles de personas hacen cola en la estación de autobuses de la capital, con el objetivo de poder llegar a sus casas en las zonas rurales. Muchos no saben nada de sus familiares desde el terremoto. Otros sencillamente temen quedarse cerca del epicentro del seísmo de 7,9 en la escala de Richter que ha dejado de momento más 5.000 muertos y 10.000 heridos, según las autoridades. «Espero subirme a un autobús, cualquiera que salga de Katmandú. Estoy muy asustada en la capital», afirmó Raja Gurung a la agencia Ap. Un miedo que comparten con los cientos de extranjeros que siguen en el país. El Gobierno de la vecina India ha enviado cien autobuses para repatriar a sus ciudadanos desde Katmandú.

En la capital se produjeron ayer altercados protagonizados por personas que protestan por la inacción del Gobierno, pero la Policía no practicó detenciones. Sí que arrestó a docenas de sospechosos por saquear casas abandonadas y por causar el pánico al propagar rumores sobre otro gran terremoto. La ONU cifró ayer en 415 millones de dólares la ayuda financiera más urgente que necesita Nepal durante los próximos meses para atender a los damnificados. Por su parte, el Gobierno nepalí asegura que se necesitan 500.000 tiendas de campaña para dar refugio a los que han perdido todo. El criticado primer ministro, Sushil Koirala, ha reconocido que el país tiene «recursos limitados» para afrontar un desastre natural y humano de tal magnitud.

La desesperación por los devastadores efectos del terremoto también se siente fuera del país. Miles de nepalíes quieren volver a sus casas para reunirse con sus familiares. Y la mayoría permanecen atascados en aeropuertos de todo el mundo. Es el caso de Tiran, una joven nepalí de 22 años que ayer llevaba más de un día sin dormir esperando en el aeropuerto de Beirut para regresar. Tiran hizo acopio de mantas, tiendas de campaña y medicamentos para poder ayudar a sus conciudadanos. No era la única en esa situación. En el aeropuerto de Sharjah hay más de 200 nepalíes y algunos extranjeros esperando desde hace más de un día para poder volver a Nepal. Las autoridades aeroportuarias no confirman ni desmienten nada. En las pantallas informativas de salidas y llegadas aparece un vuelo Air Arabia con salida a Katmandú con la hora sin confirmar. «Mi familia está bien, gracias a Dios, pero la casa de mis padres [en una aldea remota de Rusawa, oeste de la capital] se ha desplomado. Al menos no pasan hambre ya que tenemos huertos», explica Tiran a LA RAZÓN. Sus dos hermanas y sus cuñados residentes en la capital nepalí han tenido peor suerte. «No queda nada de las viviendas. Están durmiendo a la intemperie y pasando hambre», lamenta la joven nepalí. «Voy allí para poder ayudar a la gente», exclama. Junto a ella viajan otras siete compatriotas, que rondan entre los 18 y 25 años, todas ellas trabajadoras domésticas en la capital libanesa.

Murin, la más joven del grupo, ha perdido a sus padres. Su sonrisa vence a la tristeza de haber perdido a sus progenitores. «Vuelvo a mi país para poder asistir a su funeral. Estoy contenta de poder despedirme de ellos», dice Murin. Como ella, miles de nepalíes tratan de regresar a sus hogares para abrazar a sus familiares.