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Golpe a la transición democrática en Túnez

La Razón
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Una ideología fanática y los numerosos jóvenes dispuestos a inmolarse hacen presagiar nuevas tragedias terroristas.

Habrá más. Pronto. Sin ninguna duda. En otros países, quizá en el nuestro. Esta funesta conclusión es lógica. Los ingredientes están a la vista de todos: una ideología religiosa violenta, fanática y totalitaria, los medios materiales para perpetrar el acto y, muy importante, el abundante número de jóvenes de ambos sexos dispuestos a inmolarse.

Nunca se subrayarán bastante las posibilidades que se abren al terrorismo desde el momento en que sus autores están dispuestos a morir por la causa. Casi infinitas. Un par de fusiles Kalasnikovs, como los utilizados ayer en Túnez, y un par de bombas de fabricación casera son fáciles de transportar al lugar de autos y no hace falta que los terroristas sean expertos tiradores para sembrar la destrucción, diecinueve muertos esta vez. En un museo, en un mercado, en una iglesia, en un estadio. Con eso, ya han logrado salir en todos los periódicos del mundo. Es su primer objetivo.

En Túnez parecen buscar algún otro. El más tradicionalmente occidentalizado de los países del sur del Mediterráneo había sacado buena nota en la turbulenta Primavera Árabe de 2011. Era quizás el único alumno que la había aprobado. Elecciones libres, diálogo, una relativa tranquilidad, visitantes extranjeros que siguen acudiendo, etc. Un atentado contra la embajada estadounidense había tenido lugar hace casi dos años, un par de asesinatos de políticos también, pero ningún atentado ciego durante los últimos tiempos.

Túnez es regido por un Gobierno democrático de coalición a cuyo frente hay personalidades laicas, pero que incluía al partido islamista Ennahda. Precisamente por eso ha sido golpeado. Los fanáticos no quieren la convivencia, ni la pluralidad política ni la armonía entre laicos, islamistas moderados y ellos. Son excluyentes. Por otra parte, odian que el país «sufra» ninguna influencia extranjera, la llegada de numerosos turistas, fuente de la economía tunecina, es así una amenaza.

Los fundamentalistas islámicos logran de este modo titulares mundiales y asustar al turista, que se desviará a Grecia, Italia y España. No les importa. La contaminación occidental les resulta perversa. Las autoridades tunecinas, aún sin adivinar la atrocidad, habían difundido valientemente un spot televisivo denunciando los actos terroristas. Saben que hay más de 2.500 tunecinos fugados a Siria a luchar con el Estado islámico (EI). No pueden saber, sin embargo, cuántos han vuelto al país con propósitos aviesos o suicidas. ¿Lo sabemos nosotros en relación con los nuestros?