La economía europea podría perder hasta una tercera parte de su crecimiento...

El resultado del referéndum por la permanencia o no de Reino Unido en la Unión Europea ha sido ajustado a la par que desconcertante. Después de varias semanas de consenso generalizado en torno al Remain, los electores británicos han optado por instar al Gobierno a que inicie el proceso de salida de su país de Europa con arreglo a lo establecido en el artículo 50 del Tratado de la Unión. Este hecho es, en toda regla, un «cisne negro», un fenómeno cuya probabilidad de que ocurra es baja, pero que se hace presente con cierta frecuencia.

Solamente por este hecho la economía de Reino Unido y la de su entorno se verían afectadas negativamente en términos de más incertidumbre económica y más volatilidad para los mercados financieros. Pero en este caso, las consecuencias económicas y financieras van mucho más allá de cualquier shock que se haya producido en los últimos años, por muy grave que éste fuera. Esta vez, hablamos de la ruptura de un espacio económico integrado dentro de la economía mundial y que durante décadas ha sido la vanguardia del crecimiento económico global.

En esencia, el Brexit lleva a priori a la ruptura de un área económica con libertad de movimiento de personas, mercancías y capitales como es la Unión Europea. Las dos primeras consecuencias para la UE, y para todos y cada uno de los países miembros son, por un lado, la partición de un mercado donde las posibilidades de producción y generación de riqueza van a ser menores (a menos tamaño de mercado y más si éste ya es un «mercado maduro», menos posibilidad de generar crecimiento económico) con creación de barreras comerciales y, por otro lado, la generación de un conflicto político e institucional a corto y medio plazo entre Londres y Bruselas cuyo resultado es, hoy por hoy, imprevisible.

A estas consecuencias que podríamos calificar de «primera ronda» se unen otras de «segunda ronda» no menos importantes, como son más presión regulatoria sobre la economía europea, el riesgo de una «huida hacia adelante» de la Comisión Europea en busca de una unión política que no está madura o el riesgo enorme de contagio de los populismos y fuerzas nacionalistas que ganan peso electoral en muchos países de la actual Unión Europea. Una mayor presencia de fuerzas centrífugas abre la puerta a nuevos referendos en países contribuyentes netos al presupuesto comunitario como Países Bajos, Finlandia o Austria, entre otros.

A la luz de estos hechos, ¿cabe cuantificarse el impacto que tendría sobre la economía europea? Sin duda, éste debe distinguirse entre corto y medio-largo plazo, sin descartar que aparezcan nuevos «cisnes negros» que puedan dificultar el proceso. Descontando una amplia probabilidad de recesión en Reino Unido para 2017, la economía europea podría perder hasta una tercera parte de su tasa de crecimiento, actualmente en el 1,6% interanual. Reino Unido es la segunda mayor economía de la Unión y uno de los contribuyentes netos más importantes a Bruselas, además de servir de «sangre» del sistema gracias a que es la capital financiera de Europa.

No sólo el coste puede cuantificarse en términos de tasa de crecimiento del PIB. También encontramos una fuerte contracción en el superávit de la balanza por cuenta corriente de la UE, con un impacto significativo sobre Alemania (el principal socio comercial europeo de Reino Unido), como consecuencia de una mayor apreciación del euro contra la libra esterlina (el nivel de 0,80 libras por euro se ha convertido en un soporte estable) y el deterioro del saldo frente a terceros países, como Estados Unidos (primer socio comercial de Reino Unido) y China.

Aunque lo más probable a medio plazo es un acuerdo de libre comercio entre Reino Unido y la Unión Europea (¿quizá en una Europa reformada y vuelta a las esencias?), el coste de erigir barreras comerciales estaría entre 1,5 y 2 puntos de PIB en términos de contracción de los flujos financieros (una City «capidisminuida»), menor turismo y más dependencia energética. No olvidemos que Reino Unido es una central regasificadora y refinera de capital importancia para el suministro a Europa.

En suma, el principal reto al que se enfrenta Europa es detener la sangría económica y financiera producto de la salida de Reino Unido. Por ello, al ser tan altos los costes y prácticamente nulos los beneficios, tanto Bruselas como Londres alcanzarán un acuerdo que satisfaga a las dos partes como freno a otros movimientos centrífugos y deseos populistas que se ven alimentados con este referéndum.