La magia perdida de Katmandú

El terremoto daña irreparablemente el patrimonio histórico de la capital nepalí

Un hombre llora al pasar junto a una estatua destruida de Buda en Bhaktapur, ciudad Patrimonio de la Humanidad de la Unesco
Un hombre llora al pasar junto a una estatua destruida de Buda en Bhaktapur, ciudad Patrimonio de la Humanidad de la Unesco

No deja de ser paradójico que la colisión de dos continentes que sigue levantando al cielo las montañas más altas de la Tierra, y constituyen la mayor riqueza natural y la mayor atracción turística de Nepal, haya sido también la causante del devastador terremoto que ha producido miles de víctimas y ha reducido a un montón de escombros algunas joyas de incalculable valor del patrimonio cultural y arquitectónico del pequeño país del Himalaya. Desde el origen de la Humanidad, los seres humanos han podido comprobar que la teórica solidez del suelo sobre el que andamos puede estremecerse bajo nuestros pies, resquebrajarse y constatar, de forma «cruel y humillante», «cómo obras que han costado años de esfuerzo se derrumban en un minuto», como dejó por escrito Darwin al observar los efectos de un terremoto en Chile. Exactamente eso es lo que ha sucedido en Nepal.

El valle de Katmandú no sólo acoge a la capital de Nepal, sino también a algunas otras ciudades de gran importancia cultural e histórica, como Patán y Bhaktapur, que albergan la mayor concentración de población y también los mayores tesoros artísticos y arquitectónicos. Aunque es pronto para hacer un recuento minucioso de lo que se ha destruido, viendo las fotografías que están llegando, es posible que los daños sean irrecuperables. Aunque Katmandú ha perdido en los últimos tiempos el encanto que tuvo a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado, cuando Nepal se abrió a las primeras expediciones que querían conquistar las montañas más altas del mundo, entre ellas el Everest y el Annapurna, siempre que vuelvo a esta caótica y polvorienta ciudad, no dejo de compartir con los amigos algunos de los rincones que más amo. Paseo con ellos por la plaza del Durbar en Patán, mientras los niños corretean o juegan al fútbol por sus calles; luego recorro el monumental centro de Bhaktapur, para mostrarles el templo de Nyatapola, el más alto de todo Nepal, o las hermosas tallas eróticas que sostienen los tejados de las pagodas de esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad. La cultura de los newar, asentados en Katmandú desde hace siglos, ha propiciado auténticas obras de arte en las tallas de maderas y las de orfebrería que salpican algunas de las construcciones más visitadas en el valle de Katmandú. Y luego todavía llegamos a tiempo de contemplar cómo se pone el sol desde alguna de las cafeterías que rodean la estupa de Bodhnath, para ver a la muchedumbre budista que gira en torno a la plaza en constante peregrinación. Muchos de mis amigos, que nunca han visitado este país con anterioridad, salen conmovidos por este espectáculo que muestra la convivencia pacífica y la armonía de dos religiones, la hinduista y la budista, la fusión de dos culturas, dos sistemas filosóficos. Una convivencia que tiene su máxima expresión en el lugar más sagrado de la ciudad: Swayambhunath, donde peregrinos de ambas religiones suben a pie los 300 escalones de piedra. Tuve la fortuna de subirlos acompañando a Maurice Herzog, el primer alpinista en ascender al Annapurna, la primera montaña de 8.000 metros en ser escalada, cuando estuvimos rodando con el ilustre francés en su última visita a esta ciudad. Fue un peregrinaje interior de un hombre de 80 años haciendo recuento de su vida y de su famosa escalada. Uno de los viajes a Nepal más emocionantes que recuerdo.

Todos estos instantes están ligados a Katmandú, sus monumentos y sus gentes. Unos y otras irrepetibles. Hoy muchos se han perdido para siempre dejándonos entristecidos. Hoy todos somos un poco más pobres.

*Creador del programa de Televisión Española «Al filo de lo imposible»