Análisis
La "Pax Americana" en Ucrania: Anatomía de una capitulación
El plan de Washington es una pausa estratégica que permitirá a Rusia rearmarse y prepararse mientras Ucrania se consume
La iniciativa diplomática presentada por la Administración estadounidense para detener la guerra en Ucrania no debe confundirse con un simple protocolo de alto el fuego; estamos ante una reconfiguración tectónica de la arquitectura de seguridad europea.
Este documento, nacido originalmente con 28 puntos y reducido cosméticamente a 18 tras las presiones de última hora en Ginebra, no es fruto del multilateralismo atlántico tradicional. Es el hijo bastardo de una convergencia de intereses entre el pragmatismo comercial de la nueva Casa Blanca y la paciencia estratégica del Kremlin. La inteligencia de fuente abierta nos ha revelado un hecho de gravedad inusitada: la colaboración directa en la redacción del borrador entre enviados estadounidenses y figuras clave del círculo íntimo de Vladimir Putin, como Kirill Dmitriev.
El resultado es un texto que, lejos de castigar la agresión, busca "congelarla" bajo términos que validan la adquisición territorial por la fuerza. Las implicaciones de este giro copernicano en la política exterior norteamericana trascienden las fronteras del Donbás; sus ondas de choque amenazan con fracturar la cohesión interna de Ucrania, desestabilizar el Cáucaso y enviar un mensaje peligroso a Pekín sobre el futuro de Taiwán.
La Génesis de la Capitulación: La "Doctrina Kellogg" y la conexión Rusa
El plan no surge del vacío, sino de la llamada "Doctrina Kellogg", formulada por el teniente general retirado Keith Kellogg y Fred Fleitz. Su premisa es de un cinismo quirúrgico: la guerra es un activo tóxico en el balance de Estados Unidos, un conflicto de desgaste sin un interés nacional vital que justifique su perpetuación.
La estrategia aplicada es coercitiva y dual. A Kiev se le presenta un ultimátum existencial: la ayuda militar continuará solo si se sienta a negociar su propia mutilación territorial. A Moscú se le ofrece la zanahoria del reconocimiento de facto y el palo de un rearme masivo ucraniano si rechaza el diálogo. Sin embargo, la verdadera alquimia diplomática ocurrió en las sombras. La confirmación de que Steve Witkoff, enviado de Trump, trabajó mano a mano con Dmitriev explica por qué el borrador original era, de hecho, una lista de deseos del Kremlin mal traducida al inglés.
Esta autoría conjunta ha generado cláusulas que son verdaderas "píldoras venenosas" para la soberanía ucraniana. Aunque la versión revisada de 18 puntos eliminó las demandas más duras —como la retirada unilateral de las "ciudades fortaleza" que Ucrania aún defiende o el retorno de Rusia al G8—, el núcleo del acuerdo permanece intacto: la congelación del conflicto en las líneas actuales y la neutralidad forzada de Ucrania.
Las Líneas Rojas: Amnistía y soberanía limitada
Quizás el aspecto más corrosivo del plan desde una perspectiva moral y jurídica es la insistencia en una "amnistía total" para las acciones durante la guerra. En el lenguaje aséptico de la diplomacia, esto significa impunidad. Para la sociedad civil ucraniana, para los sobrevivientes de Bucha y Mariúpol, y para los defensores del derecho internacional, esto constituye una aberración. La idea de que los crímenes de guerra son simplemente una herramienta más de la política exterior, perdonables si el precio es correcto es, desde todo punto de vista, execrable.
Simultáneamente, la exigencia de que Ucrania renuncie a sus aspiraciones atlánticas a cambio de garantías de seguridad bilaterales evoca los fantasmas del Memorándum de Budapest de 1994. Una neutralidad sin una capacidad de disuasión autónoma y robusta —como la que posee Israel o Corea del Sur— condena a Ucrania a ser un estado tapón, una zona gris perpetuamente vulnerable a la coerción política de Moscú. La "finlandización" forzada en el siglo XXI no trae seguridad; trae sumisión y será, sin duda, la base de un nuevo conflicto más devastador.
El Negocio de la Reconstrucción: ¿Ayuda o expolio?
Donde el plan abandona cualquier pretensión de altruismo, es en su vertiente económica. La propuesta de utilizar 140.000 millones de euros de activos rusos congelados para la reconstrucción viene acompañada de una cláusula inédita: Estados Unidos se reservaría el 50% de los beneficios generados por este fondo.
Estamos ante la privatización de la posguerra. Este enfoque transforma la ayuda internacional en una operación de capital privado (private equity) con tasas de retorno depredadoras. La reconstrucción de la red eléctrica, de las escuelas y hospitales ucranianos quedarían subordinados a la generación de dividendos para los patrocinadores de la iniciativa tanto públicos como privados.
Los críticos no se equivocan al tildar esto de neocolonialismo; es un modelo que amenaza con sumir a Ucrania en una trampa de pobreza crónica, dando prioridad al lucro de los actores externos sobre la viabilidad económica y social del país. Además, crea una fricción ineludible con la Unión Europea, que alberga la mayoría de estos activos y que se resiste a violar sus propios principios legales para financiar un esquema que beneficia desproporcionadamente a Washington.
El Frente Interno: El riesgo de implosión en Kiev
La aceptación de este plan coloca al presidente Volodímir Zelenski en una situación de peligro extremo. Su mandato se ha construido sobre la promesa de la victoria total y la integridad territorial. Firmar un acuerdo que ceda el 20% del país y perdone a los criminales de guerra sería visto por vastos sectores de la sociedad, y crucialmente por el estamento militar, como un acto de alta traición.
El riesgo de una fractura en la cadena de mando es real y palpable. Comandantes de unidades de élite, como los de la Brigada Azov, ya han calificado las concesiones territoriales y la reducción de tropas como una "capitulación humillante e inaceptable". La historia nos enseña que los ejércitos que se sienten traicionados por sus políticos en la mesa de negociación son el caldo de cultivo perfecto para la insubordinación o el golpismo.
Paralelamente, el plan abre la puerta a la reactivación política de facciones prorusas. Figuras como Yuriy Boyko y el entorno de Viktor Medvedchuk, agazapados durante la guerra, están reemergiendo. Utilizan el cansancio bélico y la retórica de la "paz pragmática" para situar como alternativas a un nacionalismo que, según ellos, ha llevado al país a la ruina. La convergencia de un nacionalismo militarizado y radicalizado por la "traición" de Occidente, frente a una quinta columna revigorizada y financiada por el Kremlin, podría arrastrar a Ucrania a un escenario de guerra fría civil, completando así el objetivo estratégico de Putin de desmantelar el estado ucraniano desde dentro.
El Cinturón de Inestabilidad: Georgia y Moldavia
Las consecuencias de esta claudicación no se detendrán en el Dniéper. En el espacio postsoviético, la debilidad se paga cara. Un acuerdo que valide las ganancias territoriales rusas enviará un mensaje devastador a Georgia y Moldavia.
En Tiflis, el partido gobernante Sueño Georgiano ya utiliza el ejemplo de Ucrania como una herramienta de propaganda del miedo: "paz con Rusia o destrucción total". La validación internacional de la estrategia rusa consolidaría el giro autoritario de Georgia, permitiendo a Moscú afianzar un gobierno títere de facto que elimine cualquier aspiración euroatlántica.
Moldavia, por su parte, quedaría en una situación de orfandad geopolítica. Sin el escudo ucraniano y con la amenaza latente de Transnistria, el gobierno pro-europeo de Chisináu se vería sometido a una presión insoportable. La estrategia rusa de "zona gris" —desestabilización híbrida, corrupción de élites y amenaza militar— se vería legitimada como una herramienta eficaz y tolerada por Occidente.
La Dimensión Global: El precedente para China y Taiwán
Finalmente, debemos elevar la mirada hacia el Indo-Pacífico. En Pekín, los estrategas del Partido Comunista Chino están tomando notas minuciosas. La guerra en Ucrania ha sido observada como un laboratorio para una eventual operación sobre Taiwán. Si la comunidad internacional acepta un acuerdo de "tierra por paz" en Europa, se establece un precedente jurídico y político nefasto.
Para China, esto valida la tesis de que Occidente, a pesar de su retórica, es adverso al riesgo y finalmente aceptará los hechos consumados si la guerra se prolonga lo suficiente. La narrativa de que las democracias carecen de "resistencia estratégica" se vería reforzada. Esto podría alterar el cálculo de riesgo de Xi Jinping, incentivando una postura más agresiva hacia la isla rebelde, bajo la asunción de que una operación rápida seguida de una negociación desde la fuerza es una estrategia viable.
Para Taiwán, Japón y Corea del Sur, la lección sería igualmente tan dramática como aterradora: las garantías de seguridad estadounidenses son condicionales y, en última instancia, transaccionales.
Conclusión: El precio de la falsa paz
El "Plan de Paz" estadounidense de noviembre de 2025 no es un triunfo de la diplomacia; es la codificación de la fatiga occidental. Al priorizar una salida rápida y beneficios económicos a corto plazo, Washington está cometiendo el error clásico de confundir la ausencia de combate con la paz.
Lo que se propone es una pausa estratégica que permitirá a Rusia rearmarse, digerir sus conquistas y prepararse para el siguiente asalto, mientras Ucrania se consume en recriminaciones internas y pobreza. Es un retorno a la política de esferas de influencia del siglo XIX, disfrazada con el lenguaje corporativo del siglo XXI.
Las alternativas existen. Pasan por alinear la propuesta con el marco europeo de "paz con justicia", rechazar la amnistía, utilizar los activos rusos como reparaciones y no como inversión especulativa, y ofrecer garantías de seguridad blindadas que disuadan verdaderamente la agresión. Pero esto requiere una voluntad política que hoy parece ausente en Washington.
Si este plan se implementa tal cual, la historia no recordará a sus autores como pacificadores, sino como los arquitectos de un orden internacional más cínico, más inestable y, paradójicamente, más propenso a la guerra. La realpolitik, cuando se divorcia de los valores, deja de ser realista para convertirse simplemente en complicidad. Y en las estepas de Ucrania, esa complicidad se pagará, una vez más, con la libertad de una nación.