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Úrsula Mascaró: En casa de la mujer que lucha contra los catalibanes

Se define como una persona sencilla y que sigue la corriente, pero no tiene reparo en plantar cara al gobierno balear y a los que imponen la lengua en Menorca: «Los de Més necesitan un gin tonic»

Se define como una persona sencilla y que sigue la corriente, pero no tiene reparo en plantar cara al gobierno balear y a los que imponen la lengua en Menorca: «Los de Més necesitan un gin tonic».

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No hay problema en admitirlo: cuando uno se documenta sobre el entrevistado y lee datos como 100 tiendas repartidas por el planeta, 1.000 clientes multimarca en los cinco continentes, 520.000 pares de zapatos producidos al año, presencia en 85 mercados en todo el mundo, el nombre de Claudia Schiffer como su primera consumidora «top model» hace varios lustros ya... Uno espera encontrarse con una diva de la creación. Y el primer «batacazo» a dicha anticipación llega nada más aterrizar en su casa, en la de Úrsula Mascaró, en el idílico remanso de Es Castell (Menorca). Pasada la puerta, mientras se avanza por el camino de asfalto que conduce a la entrada, bordeado por árboles y «adornado» por un cochecito antiguo de juguete, olvidado en el césped, se atisba a una mujer que sale por la puerta en camiseta y con el pelo alborotado por el frío y húmedo viento de febrero, que a duras penas consigue ponerse un jersey: «¡Pasad! ¡Es por aquí!», mueve enérgicamente los brazos. Hay algo en la personalidad de esta menorquina que hace sentirse al invitado como un miembro más de la casa desde que pone un pie en ese reducto de apacibles y continuos metros cuadrados, mezcla de estilo «hippie» y hogar, que se percibe nada más ver en la entrada un mueble de madera sobre el que reposa un candelabro antiguo con varias ramificaciones sin velas al lado de una carta enmarcada que dice: «A la mejor amiga del mundo. Siempre dispuesta a escuchar y a hablar durante ho-
ras». No se puede hacer una valoración del primer mensaje por motivos obvios, pero de lo segundo se puede dar fe: miles de ideas van agolpándose en su cabeza según nos dirigimos al patio exterior para hacer las fotos: «Aquí hacen mis hijos unas fiestas que flipas», dice mientras se coloca y habla sobre «Mos movem» –la plataforma ciudadana de la que es precursora– Nos movemos, en menorquín, nombre que en catalán sería «ens movem», en señal de rechazo al decreto del tripartito formado por Més, PSOE y PODEM para la imposición del catalán en la Sanidad pública. «A los de Més sí que les hace falta tomarse un gin tonic».

Más de 1.000 «likes»

Ahora se halla envuelta en manifestaciones y peticiones de reuniones con la presidenta balear Francina Armengol, todas ellas sin respuesta. Todo empezó el pasado mes de septiembre, un rutinario día en que, «como siempre», se sentó agotada al llegar a casa en el sofá del salón, después de ir a la fábrica de la firma, haberse levantado a las seis y media de la mañana para preparar a sus tres hijos «cafés, bocatas y Cola Cao» antes de que cojan el autobús para irse a las clases, y haber hecho de «mamá taxi» a su regreso. Se metió en Facebook y publicó: «Las Islas Baleares no tienen nada que ver con los Países Catalanes», tras escuchar testimonios de sus amigos médicos, que le contaban cómo un máster vale menos puntos que pasar la prueba de catalán para tener plaza en el hospital. «De repente, veo que acabo teniendo más de 1.000 “likes” por ese comentario». Situaciones como las peticiones de las señoras de la peluquería diciéndole «no nos dejes», o el guiño del carnicero al ir a comprar, le hicieron darse cuenta de que ser una cara pública podía ayudar a estas personas. Descarta rotundamente meterse en política: tiene como objetivo seguir los pasos de Sociedad Civil Catalana, plataforma con la que asegura hablar casi a diario. De unos 80.000 habitantes que tiene la isla, asegura que ya hay más de 13.000 personas inscritas en Mos Movem. «Con estas medidas fomentan el odio y la ruptura. Hablan con mucho desprecio de los españoles, me dan ganas de llorar. Yo sufro mucho».

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Una vez terminadas las fotos, prepara los cafés ella misma para entrar en calor, a pesar de tener ayuda en casa. «Yo estaba preocupada por las ventas», explica. Su gato Rasputín no le da tregua y salta sobre la mesa para estar cerca de su dueña. «Somos unas 500 personas las que vivimos de esto. Si dejáramos de vender, ¿te imaginas? Yo no voy de valiente, sino de madre que ve que a sus hijos les están imponiendo un idioma. Aquí no hay centros privados, mis hijos van a un colegio público en el que el 90 por ciento habla en catalán. Tienen libros de texto que yo necesitaría un diccionario para entenderlos. Hay niños en los pueblos a los que les cuesta hablar en castellano. Yo adoro el catalán, como el gallego o el euskera. Todas las lenguas son bonitas, pero no puede ser que nos encierren dentro de su plan de formar los Países Catalanes. Hasta la Asociación de Navarra se ha puesto en contacto conmigo porque tienen el mismo problema. España tiene que solucionar esto».

No hay que exprimirse el cerebro para darse cuenta de que el éxito de su negocio no depende de las compras de un sector nacionalista, pero es llamativo cómo nunca pierde de vista que «son una empresa familiar con mucho curre». Estudió en Inglaterra, en Milán... Habla cinco idiomas y recuerda que, de adolescente, le gustaba ir a la fábrica de su padre, Jaime Mascaró, fundador de las zapatillas de ballet que conquistaron al público femenino, a aprender. «Cargaba paquetes como la que más para ganar un dinerillo en verano». Este año la empresa cumple 100. «Nunca hemos pedido un fondo de inversión: No somos Louis Vuitton, ya lo hemos pillado. Tampoco somos Zara, también lo sabemos. Damos lo mejor que podemos dentro de nuestras posibilidades», asegura. «Nosotros no hemos recurrido a un fondo de inversión, como otras marcas sí deciden hacer».

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La diseñadora menorquina avanza a LA RAZÓN que dentro de sus proyectos más inmediatos podría figurar el diseño de unos nuevos zapatos, en azul, y que de algún modo se represente el «tsunami» de Mos Movem. «Sí, lo voy a hacer», dice con entusiasmo. «Y te envío la foto».

Úrsula es una mujer de gustos sencillos. El «mejor premio» al trabajo de toda la semana es un sábado «bebiendo buen vino y comiendo pizza con la familia y amigos de toda la vida de la isla». O haciendo yoga: «Soy muy activa y necesito recoger mi cuerpo y alma algún día de la semana». Por esa sencillez que quiere mantener se ha erigido contra el tripartito. «Zapatera, a tus zapatos, me han dicho desde ese gobierno. ¿Qué pasa, que un celador y yo no podemos hablar? ¿Tenemos que callarnos y pagar para que hablen ellos?», dice mientras conduce para llevarnos al aeropuerto, a pesar de la insistencia en coger un taxi. Son muchas las amenazas e insultos que ha recibido en las redes sociales desde entonces. «¿Miedo?», repite la pregunta, y se encoge de hombros. «Yo ya he salido del armario. No puedo volver a entrar».