Vargas Llosa y Preysler, pasión en el yate de Fernández Tapias

Isabel y el Nobel pasarán varios días recorriendo la Costa Azul gracias al empresario y a su mujer Nuria González. Podrán disfrutar de la terraza «Senequier» en Saint-Tropez y de las vistas del puerto

Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler. El Nobel y la socialité se preparan para unas vacaciones especiales
Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler. El Nobel y la socialité se preparan para unas vacaciones especiales

Espero que mañana los veamos en un despliegue en la revista de cabecera de Isabel Preysler, al aprovechar la hospitalidad de Fernando Fernández Tapias y la dulce Nuria González, ya que el naviero vigués vuelve a su pasión naútica (que abandonó hace años debido a sus problemas cardiacos) y tiene nuevo yate, parece que de alquiler, ya que vendió el suyo. No sé si Preysler y Mario Vargas Llosa se están aprovechando de la situación, pero eso parece ahora que se han subido en el yate con el que el matrimonio galaíco-palentino está recorriendo la Costa Azul. Seguro que estarán en Saint-Tropez, donde veraneé siete años inolvidables yendo de la Plage des Salins, muy cerca de «La Madrague» de Brigitte Bardot y también la casa de Jeanne Moreau, entonces aún sin deformaciones faciales. Fefé es asiduo de aquel lugar tan chic y le encanta sentarse en «Senequier» y su amplia terraza. Preysler y Mario también habrán disfrutado, o siguen disfrutando allí de la mejor perspectiva del puerto, cuyo primer amarre estaba reservado de por vida al genial Herbert Von Karajan. Tenía un yate nada epatante llamado «Arabella», como el nombre de su hija, con la que conviví en varias Romerías del Rocío en casa de los García Otero. Allí también se alojaban y compartimos litera en el primer piso la Duquesa de Alba y Rocío Jurado. Yo estaba en el mismo cuarto con Pedro Carrasco y José Antonio Revuelta, que ahora vuelve a la actualidad por las desmemoriadas memorias de Amador Mohedano. Luego surgiría el flechazo de Rocío con el hermano de Maria Eugenia Fernández de Castro. Fue un escándalo por los celos de la pareja del hermanísimo que era del coro que bailaba en las fiestas. La chipionera interrumpió una actuación, tiró el micrófono y salió de escena. De eso sí que no se acuerda Amador al mirar atrás sin ira.

Tampoco lo hace una de las que participan en «los viernes de Isabel Preysler», esa especie de merienda-cena-madrugada llena de risas, desahogos sentimentales y chismorreos varios. Por ella, que no quiere que su nombre trascienda, supe que Preysler disfruta imitando a la duquesa de Alba. «Copiaba como nadie su vocecita de pájaro herido», me cuenta y me facilita unos datos que no tienen precio: que está dispuesta y entregada al hispano-peruano ennoblecido por Don Juan Carlos, tanto que ya encargó nuevos juegos de cama con sus iniciales entrelazadas. Escondió las sábanas blanquísimas con la B de Boyer y una P en tipografía inglesa, lo que no deja de ser una curiosa forma de bordar sobre lino la inicial de los titulares. Será una costumbre de su Filipinas natal que aún mantiene. En este caso lo normal sería ver cruzada la I de Isabel con la M de Mario, que sería lo lógico, pero no es el caso. Parece que ordenó con urgencia que le llevasen sus nuevos juegos de cama a su residencia de Puerta de Hierro. Es un suma y sigue que levanta sarpullidos, ¡qué más quisieran algunas!, por no hablar de esa herida abierta que tiene Patricia Llosa y que sigue supurando sin consuelo y con mucha rabia.

La otra aportación significativa a su nuevo estatus sentimental es que el teléfono que tiene en la piscina tiene 26 botones. Cada uno de ellos contacta con otros números: la habitación del señor, el cuarto de la señora, los correspondientes de Tamarita y Ana, sin olvidar a los hijos pródigos que ya no están como Enrique y Julio José, además de otros números relativos a los cocineros, ama de llaves, doncellas y un etcétera tan preciso y minucioso como esta ya cansina exposición a dúo que Vargas Llosa debería frenar por aquello de ser un escritor de postín y un premio Nobel, que da la impresión de que está banalizando su figura literaria. Quizá es que la llamativa pareja está viviendo una «búsqueda del tiempo perdido». Debe de ser eso porque, si no, no entiendo tantas apariciones, que cada vez son más repetitivas, ya que se concentran en una sucesión de fotografías sin ningunas comillas a modo de declaraciones. Menos mal que los Fernández Tapias no son de fondear, lo que le viene muy bien a la nueva pareja, en la soleada y ya multitudinaria Ibiza donde los de «Land Rover», encabezados por Belén Lacalle, han repetido esa cena millonaria con el espectáculo gastronómico de Paco Roncero. Arrasa a pesar de que cuesta 1.500 euros. Abunda la clientela rusa que invade la isla blanca, por no hablar de los visitantes árabes entre las piscinas del hotel Hard-Rock. Es un intento de renovación de Matutes Jr., que modernizó lo que fue el hotel Playa d’en Bossa donde Smilja nos alojaba en los primeros desfiles «ab lib». Mejor que hayan frecuentado la Costa Azul, donde Isabel y Mario han pasado inadvertidos hasta cuando ellos han querido.