¿Para qué nos sirve tener huesos?

La estructura ósea cumple cuatro funciones básicas. La más desconocida, mantener la estabilidad mineral de los órganos

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27 de julio de 2018. 03:47h

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Jorge Alcalde 26/7/2018

Sabemos que a pesar de su aspecto duro y frío, el hueso es un tejido vivo. Su capacidad de regenerarse nos acompaña prácticamente durante toda la vida. Cada día podríamos hacer la prueba de fracturar uno y observar cómo, al punto, comienza a reconstruirse.

Este aliado fundamental de nuestra supervivencia es en realidad un tejido conjuntivo cuya parte extracelular se mineraliza, es decir, solidifica. El esqueleto humano, como el del resto de los animales vertebrados, cumple cuatro funciones esenciales. La más evidente es la de sostén de nuestro organismo. Su estructura ha de luchar contra la fuerza de gravedad para mantener al cuerpo erguido y bien compuesto. Otra función evidente es la de blindaje y protección de órganos blandos como el cerebro, el corazón, el aparato digestivo... De esta misión se encargan los llamados huesos esponjosos como la pelvis o el cráneo. La tercera labor del esqueleto es servir de palanca del aparato locomotor, junto con el entramado muscular.

Pero puede que la más importante de todas sus funciones y, paradójicamente, la más olvidada por el común de los vertebrados inteligentes sea la que se deriva de su cualidad de tejido vivo. El hueso no solo protege, sostiene y mueve, sino que es el catalizador de procesos tan vitales como la generación de glóbulos rojos en la médula de los huesos largos y el metabolismo del calcio del que depende la estabilidad mineral de todos los órganos del cuerpo. Y es precisamente sobre esta función sobre la que la ciencia moderna puede desvelarnos una compleja red de interacciones bioquímicas que permiten que nuestros huesos crezcan sanos y, con ellos, todo el organismo.

Cualquier desequilibrio en la precisa estabilidad metabólica de los huesos puede derivar en enfermedades más o menos graves o en la potenciación de funciones vitales.

En esencia, el esqueleto tiene la misión de almacenar calcio ionizado y fósforo de modo metabólicamente estable y orgánicamente utilizable. Las células óseas –osteoblastos, osteocitos y osteoclastos– desarrollan su actividad en función del equilibrio endocrino, siguiendo las instrucciones bioquímicas o genéticas pertinentes. Estos procesos juegan un papel fundamental en la formación de la masa ósea. Los huesos del ser humano adquieren su madurez definitiva entre la tercera y la cuarta década de desarrollo. Para alcanzar este nivel, el cuerpo ha tenido que jugar a lo largo del crecimiento con dos factores de control clave: la formación y la resorción óseas. De manera muy sencilla puede decirse que la formación de hueso y su pertinente aumento en la masa ósea consiste en la deposición de mineral producida por varios agentes entre los que destacan como protagonistas las células conocidas como osteoblastos. Por el contrario, la resorción es un proceso de eliminación de mineral del hueso en el que intervienen otras células llamadas osteoclastos y que deriva en la pérdida de masa ósea.

Ambos procesos se han de mantener en un exquisito equilibrio porque son igualmente necesarios para que nuestra salud no se resienta. Los huesos sanos son fuente de vida.

¿POR QUÉ LAS LUNAS NO TIENEN LUNAS?

Parece casi cierto al cien por cien que no existen satélites naturales en el sistema solar alrededor de los cuales orbiten otros satélites naturales. La dinámica de planetas de nuestro entorno cósmico ha generado que los planetas más grandes atrapen en su órbita a cuerpos menores. La presencia del Sol ejerce de equilibrio. Una vez la masa protoplanetaria se repartió y una vez otros cuerpos nacidos de impactos posteriores fueron atrapados por planetas o por el Sol, no queda margen para nuevos vecinos. Los cuerpos menores habrán acabado atrapados por planetas o por el Sol o habrán escapado libremente en forma de asteroides y meteoritos. Ninguna luna tuvo la suerte de atrapar a su propia luna.

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¿DÓNDE CRECE MÁS RÁPIDO UN ÁRBOL, EN LA CIUDAD O EN EL CAMPO?

Según un reciente estudio de la Universidad Técnica de Múnich, existen muchas diferencias en el desarrollo entre los árboles que nacen en las urbes y los que lo hacen en campo abierto. En teoría, parecería más lógico creer que los árboles crecen mejor en el campo, pero ocurre todo lo contrario. Las ciudades generan con su actividad un fenómeno ambiental llamado isla de calor. Alrededor de ellas se produce una burbuja de mayor temperatura que el entorno. Eso hace que los vegetales urbanitas crezcan un 25% más deprisa que los silvestres.

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