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Una corona de Reina a Reina

Doña Sofía ha utilizado joyas con un alto contenido simbólico para expresar, de una manera callada, su adiós y su confianza en la continuidad dinástica.

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Hay palabras que se dicen sin despegar los labios. Mensajes que, como suspiros, emergen sin lenguaje, pero dotados de un profundo significado. Hay, en definitiva, gestos cuyo alcance es más certero y contundente que el grito más estruendoso. Doña Sofía, la reina abnegada y discreta, siempre ha sabido conjugar de manera magistral ese verbo que tintinea en las afueras del idioma, que habla en los objetos –a través de ellos– y no en la garganta.

Más que sus escuetas declaraciones tras hacerse pública la abdicación de Don Juan Carlos y, con ella, el fin de su periodo como consorte –cuando comentó a los periodistas que «todo va a seguir igual»–, la Reina ha tejido su adiós por medio de la estética y los complementos: los «looks» de sus últimas apariciones públicas están dotados de una fuerte simbología.

La visita el lunes de Enrique Peña Nieto y su esposa, Angélica Rivera de Peña, es un claro ejemplo. La Reina lució la tiara de la flor de lis, una preciada joya con la que Alfonso XIII agasajó a su futura esposa y que, desde que Doña Sofía la lució por primera vez en la visita a España de los reyes suecos de 1983, ha exhibido en contadas ocasiones.

También conocida con el apelativo de Ansorena –por la joyería en la que se realizó–, se trata de una emblemática diadema, no sólo por el guiño a la sucesión dinástica, ya que la flor de lis es el símbolo de la Casa de los Borbones, sino también porque pertenece a las conocidas como «piezas de pasar» que, desde tiempos de Victoria de Battenberg, quien así lo estipuló, se suceden de consorte en consorte y se han convertido en icono de las reinas españolas. Se trata de una tiara con esqueleto de platino y diamantes que en su momento causó auténtico furor entre las damas de la aristocracia.

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«La esposa de Alfonso XIII, de origen inglés, tenía esa capacidad de crear modas y, después de que luciera esta pieza, llegaron a la firma muchos encargos de diademas para familias nobles», asegura Gemma Corral Cordonie, responsable de subastas de la joyería Ansorena. Eso sí, si alguna quería conseguir una réplica de la original, advierten de que es prácticamente imposible: «No se hacen copias, no sólo porque se tratan de diseños exclusivos, sino porque son impagables, llevan diamantes excepcionales, tanto por su calidad como por su talla».

La otra joya clave de la colección privada de las damas regias que Doña Sofía quiso lucir a modo de despedida fue el collar de chatones, con el que volvía a hacer un guiño a los últimos monarcas que reinaron en España antes de la proclamación de la Segunda República.

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Se trata de una pieza de diamantes engarzados sobre una placa de platino, que fue aumentando de tamaño porque Alfonso XIII tenía por costumbre regalar nuevas piedras preciosas en cada fecha especial, las cuales se iban añadiendo al original. Al igual que la tiara de lises, Doña Sofía ha reservado para ocasiones muy especiales esta pieza que, por cierto, también se realizó en la madrileña Ansorena, por lo que ni siquiera ha faltado en su adiós el ensalzamiento a la marca España que la Reina siempre ha abanderado.

La joya precisa

Más allá de ser un objeto frívolo, las joyas también pueden expresar un valioso y emotivo mensaje. Por eso Doña Sofía no quiso decantarse por la majestuosidad de la tiara Cartier, ni por la distinguida diadema rusa de María Cristina, ni por la frescura de la de La Chata. Tampoco por las dos piezas más importantes que ella aportó a la colección: los deslumbrantes rubíes de Niarchos, que también utilizó en alguna ocasión a modo de tiara, o su adorada diadema prusiana, una de las más especiales para la Reina, no sólo porque fue un regalo de su abuela a su madre, Federica, para el día de su boda, sino porque ella misma contrajo matrimonio con esta pieza, que también cedió a Doña Letizia para el «sí, quiero» en La Almudena.

Ninguna de éstas transmitían el mensaje preciso: continuidad dinástica y confianza en una institución histórica. Ya lo advertía Elizabeth Taylor: las joyas no tienen propiedad, ya que «no puedes poseer su resplandor, sólo puedes admirarlo». Y pocas, muy pocas, consiguen estar a la altura sin que su brillo las eclipse.

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