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Literatura

Hijas, madres, esposas... y asesinas

La periodista Tori Telfer recopila varios de los crímenes más sangrientos del siglo perpetrados por damas letales que convirtieron el acto de matar en «un arte»

En el siglo XVI una condesa, Erzsébet Báthory, protagonizó uno de los episodios más sangrientos de la Historia. Según la ley húngara, los criados eran de su propiedad, de modo que podía aplicarles los castigos más rebuscados y terribles y, si se cansaba, ordenar a otros sirvientes que continuaran «la faena» gritándoles para que fueran más y más crueles o ellos serían los siguientes. Es el primer caso y el más conocido de las «Damas asesinas» que aparecen en este libro, aunque hay otras dos nobles como la rusa Darya Nikolayevna Saltykova, que en el siglo XVIII dio muestras de un comportamiento similar con sus doncellas, al fin y al cabo, los siervos pertenecían a sus amos y podían hacer con ellos lo que quisieran, pero Darya fue demasiado lejos, hasta el punto de que aquéllos la denunciaron con la fortuna de que fue castigada de forma ejemplarizante: no en vano, Catalina la Grande reinaba en todas las Rusias y se había enterado de la llegada de la Ilustración.

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La tercera asesina perteneciente a la nobleza fue la marquesa de Brinvilliers en el París de la segunda mitad del XVIII. Era bella, culta, inteligente, estaba casada con un hombre siempre ausente y había otros muchos deseosos de ser sus amantes: qué iba a hacer si los hombres le complicaban la vida y el veneno llegaba a sus manos con facilidad. Los detalles de estos crímenes son una sucesión de horrores que, sin embargo, la autora trata con un tono de humor que sorprende. Ella misma da la clave al recordar aquella magnífica película de los años cuarenta, «Arsénico por compasión», de Capra, protagonizada por Cary Grant. Aquellas dulces viejecitas mataban y hacían reír a la vez, eran asesinas, sí, qué duda cabe, pero divertidas.

Pero no existe ninguna asesina que resulte divertida entre las catorce que ha seleccionado Tori Telfer, aunque pero el tono elegido para hablar de ellas sitúa al libro en un «vitriólico humor negro» gracias a la complicidad que la autora crea con los lectores con las fórmulas conocidas como conectores del lenguaje que consiguen que el lector se sienta en su casa con un grupo de amigos a los que una dicharachera señora les interpela a cada paso: «¿Saben ustedes…?».

Pero, ¿cómo fue tan fácil hasta bien entrado el siglo XX conseguir ácido sulfúrico, también conocido como arsénico? Las normas de higiene eran bastante diferentes, las comadrejas invadían las casas, era necesario tener a mano esos polvos blancos que se diluían con especial facilidad en los líquidos y había que utilizar paulatinamente, llevando al incauto primero a la enfermedad y después a la muerte. Una muerte que tenía los mismos síntomas que el tifus o fiebre tifoidea, la enfermedad que diezmaba la población en los siglos XIX y XX.

¿Cuántas muertes fueron consecuencia del tifus? Nunca se sabrá. Pero algunos casos salieron inevitablemente a la luz. El de Mary Ann Cotton, a mediados del siglo XIX, es uno de ellos. Se trata de una de las asesinas más llamativas del libro. Con ella la criminalidad vivió su momento de gloria cuarenta años antes de que Jack el Destripador le arrebatara el título. Era una época difícil, los «hambrientos cuarenta» en una Inglaterra depauperada por la depresión económica, y algunas mujeres encontraron el asesinato como único medio de subsistencia. Una mató a múltiples maridos, la «Barbazul femenina», otra eliminó uno a uno a toda su familia política, y una enfermera administró ácido sulfúrico a sus pacientes en vez de la medicación.

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¿Dinero o libertad?

Bagatelas todas ellas al lado de Mary Ann Cotton: a los 19 años contrajo matrimonio embarazada por primera vez, pues lo hizo en muchas otras ocasiones. Utilizaba el embarazo para casarse pero sin ninguna intención de criar a los niños. En veinte días envenenó a su marido, al hijo de éste y a su propio bebé. Dominaba el arsénico como nadie y los síntomas de la muerte por envenenamiento ya sabemos que se percibían como muerte por el tifus. Asesinaba a un marido, se casaba con el siguiente, envenenaba a un niño y volvía a quedarse embarazada. Pasó casi toda su vida en estado. Es difícil seguir la cuenta de la cantidad de maridos y bebés que mató. ¿Una sociópata que necesitaba el sufrimiento de los demás? ¿Una mujer obsesionada con el dinero o la libertad? La autora se hace estas preguntas mientras muestra un contexto social y cultural en el que las mujeres tenían escasísimas posibilidades de subsistir con dignidad. Los tópicos femeninos asaltan a cada paso: las mujeres deben ser criaturas angelicales, abnegadas y sumisas. Y, aún más, bonitas. En Chicago en los años 20 una se podía pegar un tiro a un hombre y ser declarada inocente si era guapa y había ido a la peluquería ese día: la Prensa se encargaba de ello. No le pasó lo mismo a la contrahecha Tillie Klimek, otro de los casos de este libro fascinante.