Fix the machine

Paisaje de Isla del Norte / Foto: La Razón
Paisaje de Isla del Norte / Foto: La Razón

Ha cambiado el mundo desde la primera y, hasta antier mismo, última visita a Oceanía. Era otro milenio, antes de que Aznar ganase las elecciones con mayoría absoluta y cuando, balbuciente Internet, los más tecnificados poseían una cosa llamada «correo electrónico» que permitía comunicarse de ordenador a ordenador, siempre que ambos ordenadores tuviesen un teléfono cerca. Las primeras impresiones al llegar a Nueva Zelanda no fueron, desmintiendo a Les Luthiers, digitales. Pero no se sentía precisamente habitante del primer mundo el pasajero al que fumigaban dentro del mismo avión y al que un hosco aduanero obligaba a limpiar las suelas de todos los zapatos de la maleta. Cuatro veinteañeros sin más horizonte que la juerga recorrimos la Isla del Norte, técnicamente sin carné, en una furgoneta destartalada con un casete de «Los Yesterday», la chirigota de Juan Carlos Aragón (qepd) por toda banda sonora. El estribillo arrancaba en inglés: «Come on baby...». Fue todo el conocimiento de la lengua de Shakespeare que alguno de aquellos compañeros de viaje se llevó de vuelta a España, porque ya estaba demasiado beodo como para escuchar la conversación de otro con el cajero de una tienda de licores que había requisado la compra al estar agotado el crédito de la tarjeta. «Fix the machine. I’ve got many kilograms», bramaba el insolvente como protesta de honradez con españolísimo pundonor de hidalgo ofendido. En Whangarei, capital de Northland, pescamos mejillones con los pies y el que no era capaz ni de pedir una hamburguesa («I am ready», repetía en bucle) se atrevió a bañarse en alta mar, el Pacífico helado y con tiburones a la vista. Allí aprendimos para siempre que cada cual tiene sus habilidades; y también que una amistad eterna puede unir a quienes sólo se han visto una vez en la vida.