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Una horita menos

Puede parecer poco, y quizás lo sea, pero el debate en torno al cambio de horario renacerá cuando termine, algún día acabará, este carrusel electoral para intentar racionalizar la vida de todos los españoles y, singularmente, de cuantos han visto cómo el turismo se convertía en el principal sustento de sus respectivas regiones. Levanten la mano los andaluces, sin excepción, de Ayamonte a Vera. Debería haber movido a la reflexión el hecho de que el reloj se atrase una vuelta en Vila Real de Santo Antonio, apenas vadeado el Guadiana, sin que los 591 kilómetros de latitud de la región –por carretera, algunos menos en línea recta– sean disuasorios, pues no lo han sido durante los últimos tres decenios los 4.000 que nos separan de la frontera entre Ucrania y Polonia, donde es la misma hora. Quiso José Antonio Griñán, de quien hoy sólo nos acordamos ante la inminencia de la sentencia de los ERE, acompasar nuestra vida a la de los vecinos portugueses impartiendo en las escuelas clases de la lengua de Camoes, propuesta que fue recibida con desprecio, pero sigue siendo necesaria la sincronización de costumbres, si no de grado, sí forzada por la necesidad de una economía que se nutre de los mismos visitantes: mesnadas de sajones y escandinavos a los que no se debe dar tormento con amaneceres tan tardíos, que acortan sus mañanitas de playa, o cenas al filo de la medianoche. Algunos estudios adelantan cómo redundaría en pro de la productividad, por ejemplo, el adelantamiento del prime time televisivo, que tiene a buena parte de la población en pie hasta la mitad de la madrugada. No es cosa baladí ni reivindicación extravagante de nacionalistas gallegos, aunque ellos hagan bandera del asunto por motivos espurios, cambiar el huso horario es –sería–una decisión política necesaria y valiente.

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